¿Qué sucede si el ISIS convierte su territorio en un Estado?

No es inconcebible que el ISIS acabe creando un Estado independiente. Suena exótico, pero los yihadistas actúan como si pudieran hacerlo pese a que aterrorizan, destruyen antigüedades únicas y masacran a minorías. Ya están entregando documentos de identidad para los residentes en su amplio territorio; promulgan normas sobre cuestiones alimentarias, y hasta guías sobre qué tipo de auxilio deben llevar los autos que circulan por su califato. Un ex segundo jefe de la CIA John E. McLaughlin, admitió que aunque es difícil imaginar que el ISIS se convierta en un Estado legitimo, con aeropuertos y pasaportes, “tampoco es inconcebible”.

Hay un dato interesante sobre esta banda sanguinaria: se dice de ellos que no aceptan sobornos, una diferencia notable con el estilo corrupto que ha dominado Siria e Irak, los países donde se extendió el califato. “Usted puede viajar desde Raqqa a Mosul y nadie se atreverá a detenerlo aunque lleve un millón de dólares”, dice una persona de nombre Bilal, que vive en la primera ciudad, la capital en Siria del ISIS. La otra es su centro principal en Irak. “Nadie le tocaría un dolar”, insiste.

El ISIS también conocido como IS o Daesh, su nombre en árabe, se inició como una organización terrorista aún más sangrienta que la red Al Qaeda. Luego se lanzó a conquistar territorio. Y en el proceso de toma de tierras y construir cierta capacidad de gobierno, el grupo se ha ido vistiendo con funciones de un Estado, claro que manteniendo el uso del terror y la violencia extrema como herramientas de control político. Esta distinción es más que una cuestión de perspectiva para quienes sobreviven en el Califato. Advierten que existe una relativa estabilidad al tiempo que la banda llena un vacío dejado por gobiernos corruptos que también usaban la violencia, la tortura y los arrestos ilegales. En esa línea el grupo esta imponiendo diferentes medidas asociadas con la gobernanza, como recomendaciones para preservar los alimentos, y los ya indicados documentos de identidad o el equipamiento de los automóviles.

Esta transición obliga a Occidente a repensar la forma de combatir a esta banda debido a que tiene contradictorios apoyos locales. “No hay dudas de que es una forma revolucionaria de construcción de Estado”, dice Stephen M. Walt, profesor de asuntos internacionales en Harvard. El académico integra un pequeño pero creciente núcleo de expertos que revisan la idea muy acendrada de que su propia bestialidad garantiza la autodestrucción futura del grupo. Lejos de ello, este académico afirma incluso que sólo con una intervención internacional de gran escala podría eventualmente eliminarse a la banda.

Muchos sunnitas –la rama islámica con la cual se identifica el ISIS– en los dos países que ocupa el califato no ven una alternativa viable. En Irak, debido a la grieta social que abrió la administración shiíta que discriminó a los sunnitas incluso de las fuerzas armadas. Y en Siria, porque la alternativa es una dictadura que gobierna sobre una guerra civil que ha dejado más de 200.000 muertos y desplazado a la mitad de la población.

“Honestamente, los dos son basura, el régimen y Daesh”, dijo Ahmed, dueño de un negocio de antigüedades. La aventura vital de este hombre, que no da su apellido para evitar represalias, es elocuente. Ha vivido bajo la autoridad de los rebeldes del Ejercito Libre de Siria que luchan contra Assad pero los describe tan ladrones como la propia dictadura. Y ahora que le toca experimentar la tiranía del ISIS, afirma que con esa gente la vida puede ser brutal y estable al mismo tiempo. “Ellos imponen reglas ultra religiosas: el asesino es asesinado; el adúltero, apedreado; y el ladrón, amputadas sus manos”.

McLaughlin, quien fue segundo director de la CIA entre 2000 y 2004, recuerda que en una cena con diplomáticos se le ocurrió la inquietante reflexión sobre si esta gente no podría acabar ganando.

Como marcó el propio Ahmed, dentro del espacio territorial del califato, la violencia de la banda es considerada de un modo diferente a como se la percibe en Occidente. En las comunidades bajo el control del ISIS, lamentablemente, la gente se ha acostumbrado a la violencia. Los iraquíes han vivido en medio de la guerra por más de una década, incluyendo la etapa de la violencia shiita contra los sunnitas. Y antes de eso, estuvieron bajo el poder del criminal y corrupto régimen de Saddam Hussein y su Partido Baath.
Ahora hay una sensación limitada pero cierta de orden con las calles limpias. Es poco pero relevante después de años de anarquía y la misma ausencia de futuro de ahora. McLaughlin se ha preguntado qué pasaría si el grupo cambia su conducta, deja de destruir antigüedades y modera su brutalidad. “Si lo hacen, la sensación sería que esto podría ser nada menos que una nueva realidad”.

Fuente: The New York Times y Clarin.com

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