Murió Eduardo «Tato» Pavlovsky

Eduardo Pavlovsky (1933-2015) murió ayer, a los 81 años, a causa de un paro cardíaco. Fue actor, director, dramaturgo, psicoanalista y pionero del psicodrama en Latinoamérica. Un referente del teatro. La despedida de sus colegas.

    “He hecho un teatro muy particular siempre. No soy tan underground ni soy un actor profesional de la calle Corrientes. Soy alguien que ha defendido una ética ideológica. Como yo era analista, la gente me miraba y quedaba como un loco”. Eduardo “Tato” Pavlovsky fue complejo de encasillar. Un artista integral, actor, director, autor de obras y métodos de trabajo con actores y grupos (psicodrama); amante y practicante de boxeo, campeón juvenil de natación, médico psicoanalista, intelectual, autor de más de 20 obras teatrales y 15 libros de teoría sobre procesos de creación y de intervenciones críticas en diferentes momentos de la historia argentina reciente. Murió ayer a la madrugada, a los 81 años, tras un paro cardíaco. Anoche lo velaban en Núñez.

    Hasta el viernes pasado mantuvo las clases habituales en su casa de Belgrano. El antecedente fue una operación cardíaca hace cuatro años, de la que estaba recuperado. De hecho este año repuso Asuntos pendientes, escrita y protagonizada por él (ver Su última obra), donde permanecía constantemente en escena, interpretando un personaje no solo atravesado por un alto nivel de violencia, sino también muy exigente. Además preparaba junto a Norman Briski, compañero de varios espectáculos, una obra sobre la infancia de Josef Stalin. “Antes de convertirse en el asesino que fue, Stalin estudió en un colegio religioso y organizó la delincuencia en Georgia. Me interesaron sus padres y empecé a escribir algo sobre eso”, contó casi al pasar en la última entrevista con Clarín.

   La conversación con Eduardo Pavlovsky era múltiple por los sentidos que abría en cada encuentro. Desplegaba una charla espiralada que generalmente bordeaba algunas de sus obsesiones: el poder, los vínculos humanos devastados por el neoliberalismo, las imágenes múltiples del verdugo, especialmente el torturador, y su relación con el teatro. Un territorio explorado por él desde que en 1957, su prima, Ana Rosa Migliore, lo invitó a participar en Tovarish, obra donde interpretó a un militante ruso. “Cuando entré a escena sentí una conmoción emocional que no recuerdo igual a nada. Puedo recordar una conmoción parecida por una mina, pero no a ese nivel. Me di cuenta de que era importante estudiar, estar al nivel. Lo hice con la gente de Nuevo Teatro, veía a (Héctor) Alterio que era vendedor de Terrabusi, y ensayábamos a la noche, muy tarde. Esas cosas románticas me enamoraron del teatro, veía una cultura de valores diferentes. Y ojo que para el elenco de Nuevo Teatro, que yo estudiara era visto como una rareza de un intelectual de derecha, psicoanalista. Me formaron, sí, pero siempre me vieron como a un extraño”.

    En 1962 formó el grupo Yenesí, nombre del delantero goleador de su equipo de fantasía, en un juego de fútbol infantil hecho con botones. Yenesí fue dirigido por Julio Tahier, el pediatra de sus hijos. En 1968 el grupo dejó de funcionar, pero Pavlovsky quedó prendido al juego escénico. Escribía y actuaba sus obras. Así llegaron títulos emblemáticos como El señor Galíndez (1973), sobre la cotidianidad de los torturadores; Telarañas (1976), dirigida por Alberto Ure. Por estas obras quedaría marcado.

    “Telarañas fue una gran puesta de Ure, pero el secretario de Cultura de la Municipalidad, después de ver la obra, nos reunió y nos dijo ‘Miren, muchachos los felicito. Si esto lo veo en Tokio o en Nueva York es otra cosa. Diría qué buen trabajo, pero de acá la tienen que sacar ya.’ Y no lo hice. Pensé, ‘Tengo hijos. ¿Cómo voy a retirarme así?’. Y me la jugué por algo bien liberal: la familia, los hijos, valores liberales. No sé si un revolucionario hubiera actuado así. No tenía, por otro lado, una militancia por fuera de lo cultural. Siempre estuve en contra de la lucha armada”.

    El 17 de marzo de 1977 un grupo de tareas intentó secuestrarlo, él se escapó por una ventana y de ahí partió al exilio. “No eludiendo lo que pasó, a ese hecho lo pude trabajar culturalmente. Nunca he sentido culpa de sobrevivir”.

    Siguió escribiendo, actuando. Así vinieron Cámaralenta (1982), El Señor Lafforgue, Circa (1983) y uno de los textos más importantes producidos en el teatro argentino tras la llegada de la democracia:Potestad (1985). Allí un apropiador de menores durante la dictadura daba cuenta de la paternidad, sobre todo de su amor por la hija sustraída a un matrimonio liquidado por un grupo de tareas en un departamento. “   En Potestad me pregunté qué sentía ese personaje al raptar a la niña: Un amor enorme. A un raptor de niños lo transformé en humano, porque él sentía cariño por la niña raptada. Es un hijo de puta, claro está, no hablemos de valores”. Esta obra se presentó en más de cuarenta festivales internacionales de teatro y tuvo una versión en cine. En los noventa siguió su producción con obras como Paso de dos, Rojos globos rojos y Poroto. Un teatro denominado de resistencia a la globalización que avanzaba en el país durante aquellos primeros años del menemismo.

    Pese a su origen, una familia acomodada de zona Norte, el boxeo fue una de sus pasiones. Su padre, incluso, llegó a boxear. De ahí tomó, tal vez, una de las lecciones más importantes: “Teníamos en la familia una cultura de no dejarse pegar. Esa era la habilidad que enseñaba papá. También la de pegar y salir, jugar con el adversario de lejos, con la distancia”. La misma relación que tuvo con el teatro hasta último momento: un desafío vital que construía el sentido de ir a fondo cada vez que ingresaba a la escena. “Cada nueva obra es la aparición de un conflicto nuevo en mí. ¿Cómo mantener ese enamoramiento vivo a los ochenta años? En eso estamos”.

Fuente: Clarín


1 COMENTARIO

  1. MI NOMBRE ES JULIO OLENDER, FUI COMPAÑER DE TATO EN LA ESCUELA PRIMARIA EL VIVIA FRENTE A LA ESCUELA EN PATERNAL VIVIA EN LA CALLE PAYSANDU Y LA ESCUELA ESTABA EN CASAFOUST HICIMOS DE TERCER GRADO AL SEPTIMO, UN COLEGIO QUE NO FALTABAN ANTISEMITAS, LO SEGUI VIENDO DURANTE VARIOS AÑOS, HOY ES EL RECUERDO DE LO VIVIDO.

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