La glorificación de la muerte Por Marcos Aguinis

Indigna la parálisis mundial frente a la glorificación de asesinatos. Con la excusa de que luchan por una justa causa y del respaldo de algunos párrafos del Corán, no se ponen en marcha acciones que desmonten esta perversión. Detrás de cada «mártir» existe una educación tenaz y alienante para que especialmente los jóvenes se arrojen a matar la mayor cantidad de personas, sean ancianos, mujeres o niños.

El Corán tiene muchas contradicciones, que se podrían interpretar como el resultado de haber sido dictado por el Profeta en diversas circunstancias de su vida. También tiene contradicciones la Biblia. Ambas obras pueden conducir al fanatismo o el diálogo, según su interpretación. Hubo guerras de religión entre los cristianos, como las hubo entre los musulmanes. Hubo y existen firmes impulsos hacia la coexistencia y la paz en las diversas denominaciones cristianas, y lo mismo podría darse en las zonas de predominio islámico.

En el Corán aparece la práctica del suicidio, pero también afirma que «nadie puede morir, sino con el permiso de Dios y según el plazo fijado» (3:145). Refuerza esta afirmación otra frase en contra del martirio: «No os matéis a vosotros mismos» (4:29).

Sobre fines del siglo XI apareció la secta de los «asesinos», término que proviene de la droga hachís o hashish (palabra árabe que dio origen a ashashín). Sus integrantes mataban a personalidades y dignatarios políticos, tanto cristianos como musulmanes. El orientalista norteamericano B. Lewis equipara los métodos y argumentos de esa secta con el actual fenómeno del terrorismo suicida. Sus practicantes usaban el cuchillo como arma porque querían perecer en la acción, convertirse en «mártires».

Debe enfatizarse, sin embargo, que pese a la importancia histórica de la yihad (guerra santa, a la que el martirio se encuentra integrado), el concepto de terrorismo suicida e indiscriminado está ausente en los textos sagrados islámicos y también en las obras de derecho y jurisprudencia musulmanes.

Pareciera que el origen del terrorismo suicida se vincula en especial a las tendencias del chiismo desarrolladas en Persia, donde el martirio tiene un papel destacado, pese a que en ese país se desarrollaron mucho el arte, la ficción y el hedonismo. Estas tendencias se vinculan con el Irán posterior a 1979, tras la reaccionaria toma del poder por los ayatollahs. Durante la guerra de Irak contra Irán, por ejemplo, Khomeini distribuyó medio millón de pequeñas llaves a centenares de miles de niños para que avanzaran de frente contra las posiciones enemigas, con la promesa de que cada llave les abriría la puerta del paraíso. Eran un escudo humano, porque tras ellos avanzaban las tropas. Hay testimonios estremecedores de soldados iraquíes que huyeron del campo de batalla ante el espectáculo de la masacre que se empezó a cometer contra esos niños. Esta práctica comenzó a extenderse en el contexto de la guerra civil libanesa de 1975-90. Y luego, en los sitios desde los cuales se lanzan misiles contra Israel, para que la respuesta produjera la muerte de esos niños-escudo, así de inmediato se denuncian como víctimas especialmente elegidas por la barbarie israelí.

Desde entonces la técnica del suicidio se tornó cada vez más frecuente. En diciembre de 1981 la embajada iraquí en Beirut fue objeto de un atentado suicida con coche bomba perpetrado por el Partido Islámico Da’wà, de tendencia proiraní. Después, en 1983, tuvieron lugar otros dos atentados suicidas con camión-bomba contra objetivos político-militares extranjeros, también protagonizados por grupos vinculados al gobierno iraní. El 18 de abril, un suicida se estrelló contra la embajada estadounidense en Beirut y causó 63 muertos y 120 heridos. Pocos meses después, el 23 de octubre, se produjo el doble atentado suicida en Beirut contra el cuartel general de los marines norteamericanos y contra el puesto de mando francés en Ramlat Al-Abida, que provocó la muerte de 241 estadounidenses y 58 franceses. En Buenos Aires fueron voladas la embajada de Israel y la sede de la AMIA mediante atentados suicidas. Gran conmoción produjo el ataque a las torres gemelas de Nueva York por aviones conducidos por «mártires».

Los primeros atentados de esta locura tanática fueron dirigidos contra objetivos políticos y militares concretos. Pero luego esto degeneró en el actual terrorismo indiscriminado, que busca el máximo número de víctimas sin importar su condición. Este terrorismo indiscriminado es fogoneado por líderes palestinos y la consciente o inconsciente complicidad de las agencias noticiosas, que no lo denuncia con claridad.

La lista de atentados cometidos contra Israel y los judíos de todo el mundo ha tenido un crecimiento análogo al del antisemitismo bajo la propaganda nazi, salvando las distancias. Antes eran la «raza inferior»; ahora, los «descendientes de cerdos y monos». En ambos casos se empieza con descalificaciones suaves que suben rápido la intensidad. Y en la última etapa se grita «barrer el Estado de Israel» y «limpiar el mundo de judíos». El Holocausto no habría sido posible si se lo hubiera denunciado y combatido a tiempo, con firmeza. Hay un perverso silencio ante las campañas que impulsan a jóvenes alienados, desocupados y sin futuro a convertirse en presuntos héroes de una causa justa.

Los presuntos «mártires» son objeto de diversos homenajes en los territorios palestinos. Allí la educación tiene mucho en común con la que se imparte en las tierras dominadas por el ISIS. El resultado es fabricar asesinos. Con lasintifadas sólo se logró demorar o paralizar las negociaciones de paz. Ahora están consiguiendo que hasta los israelíes que apoyaban a los palestinos empiecen a callar. Hoy, el presidente Mahmoud Abbas es conciliador en inglés y guerrero feroz en árabe.

Algunos opinan que es diferente la mentalidad del mundo islámico de la de Occidente. Pero no es ético frenarse ante ese discutible obstáculo. Los esfuerzos por la vida, por el progreso, por la convivencia y por la tolerancia -aunque sean descalificados por los fanáticos de cualquier tiempo y lugar- no deben conducir al silencio, la ceguera o la indiferencia. La verdad es fácil de entender -decía Galileo-, pero es difícil descubrirla. Ayudemos a descubrirla.

Fuente: La Nación

Autor: Marcos Aguinis (Editorial)

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