Libertad. Por Marcos Aguinis

PESAJ 5776 – En exclusiva para la CADENA JUDÍA DE INFORMACIÓN VIS A VIS, el escritor y ensayista, Marcos Aguinis, quien presentó hace pocos días un nuevo libro, en este caso autobiográfico, llamado «La novela de mi vida», escribió una nota acerca de la festividad de Pesaj que comenzará este viernes y se extenderá por ocho días en el calendario hebreo.

A continuación el texto:

Entre las palabras que se consideran bellas y significativas figura “libertad”. En todas las lenguas y culturas se la exalta. Sin embargo, no siempre se la busca o cultiva. Ni siquiera se comprende su inmenso valor. Pareciera que guarda una relación estrecha con el hambre: la comida alegra más cuando hay hambre. La libertad se aprecia más cuando falta.
Uno de los relatos más antiguos sobre la conquista de la libertad abarca una dilatada parte de la Torá. Empieza con la descripción de la esclavitud a que fueron sometidos los descendientes de los patriarcas que se habían afincado en Egipto siglos antes. La opresión era inclemente; hombres y mujeres estaban condenados a morir precozmente por causa de las penurias que les infligían. Reinaba un clima de tristeza y resignación. No obstante, el anhelo profundo y quizás vago de conseguir romper cadenas seguía latente. Entre los miles de condenados fluía la débil esperanza de que vendría un libertador.
La epopeya se desarrolló como un thriller, anudándose conflictos, peripecias, misterios y revelaciones que son motivo de conjeturas hasta el día de hoy. Lo cierto es que algo extraordinario sucedió y columnas de esclavos accedieron a la añorada y desconocida libertad. Dieron un “salto” prodigioso, incomparable, mítico. De ahí viene la palabra Pésaj.
Esa historia se ha contado y celebrado generación tras generación. Se ha constituido en el núcleo de la identidad judía. Y alcanzó un nivel emblemático en la mitad del mundo, por lo menos. Tanto el cristianismo en todas sus denominaciones como el Islam –también en todas sus denominaciones- veneran aquel lejano acontecimiento. La libertad lograda por un pueblo pequeño que en aquel tiempo ni merecía la denominación de pueblo, se convirtió en un patrimonio que se extiende como pocos, sin límites de tiempo ni de espacio. Puede afirmarse que es curioso. Pero no hay dudas que refleja algo tan importante, que no pudo sustraerse a la atención de la humanidad en su conjunto.
Cuando los judíos fueron expulsados de su tierra y debieron vagar por muchos países donde al principio se los acogía y luego ultimaba o volvía a echar, retornaba con fuerza la historia de la esclavitud padecida en Egipto. Ya no se trataba de construir pirámides y palacios para los faraones, sino subsistir con los más rudimentarios medios al alcance o producir méritos que los hicieran queribles. No les permitían poseer tierras ni cultivarlas, eran pocos los oficios que les dejaban practicar. Pero nunca se consiguió hacerles olvidar la historia de Pésaj. Porque esa historia demuestra que la más atroz de las esclavitudes puede avanzar hacia la ansiada libertad.
Durante casi dos mil años se arraigó en el mundo el prejuicio de que los judíos eran incapaces de defenderse. Con el nazismo llegó al pináculo, porque esa locura ideológica los definió como infrahumanos, como una raza perversa, maldita y patológica. El exterminio era el único método que existía para salvar el planeta de esa pestífera gente.
Hace poco me puse a releer Mila 18, la gran novela de Leon Uris. Nuevamente me produjo emoción, cólera, lágrimas y orgullo. Describe la constitución del guetto de Varsovia y la progresiva degradación a la que son sometidos sus pobladores. El trabajo esclavo llegaba a ser un privilegio frente a otro tipo de destinos. La tragedia no tenía fin. Las tradicionales divisiones que suelen enfrentar a los mismos judíos entre sí facilitaban el trabajo de los asesinos.
Hasta que renació el espíritu de Pésaj. Los fantasmas a que habían sido reducidos quienes aún sobrevivían en el ghetto, decidieron rebelarse. Sin armas, sin apoyo externo, sin comida. Querían demostrar a los tiranos que eran dignos, capaces de enfrentarlos aunque sea por unos cuatro o cinco días. La rebelión del ghetto de Varsovia coincidió con Pésaj. Y su resistencia enloqueció a los opresores. Porque no duró cinco días, sino una, dos, tres, cuatro semanas. Esos héroes estaban impulsados por el hambre de la libertad. Son un modelo que merece inmortalizarse de la misma forma que se inmortalizó la gesta comandada por Moisés. Es otro hito que entroniza la fuerza incombustible de la libertad.

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