“Todos mis nombres”: un testimonio peculiar. Por Eduardo Chernizki

El impacto que produce el testimonio de cada uno de los sobrevivientes de la Shoá es indudablemente único, pues sus vivencias y la manera de trasmitirlas a sus oyentes o lectores, en el caso de que los hayan volcado en un libro, es singular y peculiar a la vez.

Mónica Dawidowicz, al brindar su propio testimonio en “Todos mis nombres”, que lleva como subtítulo “Testimonio de una sobreviviente del Holocausto”, nos permite acceder a un aspecto muy especial de aquellos que sobrevivieron a la Shoá, el de los niños que fueron entregados por sus padres a personas o familias católicas para que pudieran sobrevivir al genocidio nazi del pueblo judío y que, como en su caso, se enteraron de lo que les aconteció por intermedio del relato de  familiares y de otros sobrevivientes, a lo que sumaron la lectura de la documentación existente sobre ese obscuro periodo de la historia de la humanidad.

Rogele Mowszowicz, hoy Mónica para todos los que la conocen, fue la tercera hija del matrimonio formado por Nejama y Shaike, nació en una fecha que no tiene determinada, en e invierno de 1941 en el gueto de Jaludna, en Lida -ciudad que según el pacto Ribbentrop-Mólotov, firmado entre la Alemania nazi y la URSS por el que se dividieron el territorio de Polonia – debía estar bajo el dominio ruso, pero que fue ocupada por los nazis no bien iniciaron su ofensiva contra las huestes de Stalin, el 22 de junio de 1941.

Sabiendo o presumiendo el destino que les esperaba a los judíos, el matrimonio Mowszowicz decidió sacar a sus hijas del gueto y entregárselas a familias cristianas para salvarlas de la muerte. Rogele, con tres meses de edad, fue entregada a la familia de Antony Shipula y su esposa, Stanislawa Czajkowska, donde pasó a llamarse Irina. Sus hermanas Ester y Neja también fueron entregadas a familias cristianas, y mientras que la mayor se pudo adaptar a la nueva situación, Neja no y tuvo que ser devuelta al gueto, que fue aniquilado el 18 de septiembre de 1943 en el campo de exterminio de Majdanek.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Ester y otros parientes que se aprestaban a hacer alía logran que la familia Shipula les entregue a Rogele-Irina, pero las dificultades del viaje ala territorio del Mandato Britanico, y como tenía parientes en los Estados Unidos, Argentina y Uruguay, por intermedio del Congreso Judío Mundial, encargado del reencuentro de familias, llegó a Varsovia y de allí a Suecia, donde permaneció un tiempo en un orfanato de la Cruz Roja, en donde pasó a llamarse Mónica, hasta que finalmente pudo viajar a la casa de unos tíos en Montevideo, y de allí a Buenos Aires, en forma ilegal, donde fue adoptada por un tío paterno y su esposa que no tenían hijos, donde se educó, participo en un movimiento juvenil sionista, emigró al Estado de Israel, de donde regresó al morir su padre adoptivo, para luego casarse con un médico, tener tres hijos y ser abuela.

A lo largo de las páginas de su testimonio Rogele-Irina-Mónica nos relata la historia de su vida y de sus parientes, los que sobrevivieron y los que no, a la vez que se plantea sus dudas sobre si debía considerarse una sobreviviente, para afirmar “Con el tiempo entendí que había sido expulsada del mundo, con la muerte como una presencia poderosa, amenazante, que golpeaba a mi puerta. Comprendí también por qué soy sobreviviente: porque obedecí a mi padre y convivo cada día con aquella bebita que gritaba helada de añoranza y miedo. Ahora que soy madre y abuela, a veces le canto en idish, la lengua de los míos, abrigando su desnudez con el amor que recibí de quienes se fueron, y de quienes llegaron después a mi vida para hacerme todo lo feliz que soy” (pág. 25)

En una nota publicada, el domingo 26 de abril de 2009, en el diario La Voz del Interior, de la provincia de Córdoba, le preguntaron “¿Cómo rearmaste tu historia?”, y Mónica respondió “Nuestra generación no preguntaba. Tuve que armar mi pasado e inventé una cantidad de historias intermedias, porque hay muchas cosas que imaginaba con lo que escuchaba y leía. Con mis amigos de infancia no podía hablar de esto, porque acarreaba el «pecado» de mi historia y no estaba legalizada en Argentina. Vivimos la dictadura de Perón, luego vinieron las espantosas dictaduras militares. ¿A quién le podía decir que entré con documentación falsa? ¿Que yo no soy quién soy? Vino la democracia y las cosas cambiaron, y recuerda que “Fernando de la Rúa convocó a un grupo de sobrevivientes a la Casa Rosada y pidió perdón en nombre del Estado y de la sociedad argentina por no haber permitido la entrada de judíos.»La mayoría de los sobrevivientes llegamos de forma ilegal, mientras se permitía la entrada de nazis –afirma –. Ese gesto importante de De la Rúa legalizó la situación. A mí me dio un respiro. Me dio la posibilidad de poder contar hoy esta historia», que luego de años de brindarla en testimonios orales a lo largo y a lo ancho del país, plasmo en el libro que estamos comentando, publicado por Wolkowicz Editores en mayo pasado, sobre el que afirma que lo escribió para honrar la memoria de todos los que se unieron que pudiera sobrevivir, sus padres biológicos y sus salvadores.

Finalmente debemos decir que consideramos que “Todos mis nombre”, al igual que el resto de los libros testimoniales de los sobrevivientes de la Shoá, es un documento que permite, al lector, conocer diversos aspectos personales del sobreviviente, en este caso de Mónica Dawidowicz, que por lo general no son incluidos en el conjunto de obras o estudios de carácter histórico de la Shoá, por lo que recomendamos su lectura.


Licenciado Eduardo Alberto Chernizki
chernizki

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