Trump, Israel era la clave

A picture of President-elect Donald Trump hangs on a service elevator wall as Trump holds meetings in his office at Trump Tower on 5th Avenue November 11, 2016. / AFP PHOTO / TIMOTHY A. CLARY

En marzo de 2015 Israel elegía nuevo líder. El país rezumaba ilusión. Después de varias legislaturas-Likud, se respiraban aires de cambio. Las encuestas vaticinaban lo que la calle parecía transmitir, el comienzo de una nueva era. Sin embargo las expectativas se torcieron. Unión Sionista, la coalición de centro-izquierda creada para la ocasión, fue incapaz de desalojar a Netanyahu. Al igual que con Trump, una pauta se volvió a repetir: todos los pronósticos fallaron de nuevo.Para confrontar un problema es preciso identificar su causa. Un error de diagnóstico desemboca en terapias subóptimas.

Durante las elecciones norteamericanas, politólogos, expertos en demoscopia y analistas de todos los colores perseveraron en una equivocación. Insistieron en comparar la potencial llegada de Trump con lo sucedido en las votaciones del Proceso de Paz colombiano y el Brexit. Pero era un error. La primera equivocación fue conceptual. Un referendo no es lo mismo que unas elecciones generales. Existen diferencias de matiz muy importantes. Al igual que no se vota igual en unas europeas que en unas generales, lo mismo ocurre entre un plebiscito y unas presidenciales. Realizar silogismos de premisa equivocada puede llevar a conclusiones de desvarío.Pero adicionalmente hubo errores de percepción emocional. Se repitieron varios de los que en psicología moderna se consideran «sesgos cognitivos». Se produjo así un clamoroso «recency bias», es decir la búsqueda una explicación plausible a partir del ejemplo más cercano en el tiempo. De ahí a utilizar Brexit (junio 2016) o referendo colombiano (octubre 2016), sólo había un paso. Sin embargo, puestos a buscar comparables recientes, existía un precedente mucho más descriptivo de lo que estaba por ocurrir: las elecciones israelíes de 2015.

Paradójicamente, Israel comparte similitudes importantes con EE.UU. Ambas naciones se han formado a golpe de aluvión migratorio; ambas se atribuyen un notable grado de «excepcionalismo». Pero lo más importante es que ambos líderes, Trump y Netanyahu, fueron capaces de interpretar acertadamente la psique de su electorado y condensarlo en un lema de campaña ganador. Ahí estaba la clave. Israel no es un país normal. Una nación que se levanta sobre una tragedia colectiva, la Shoa, hace que tenga unas pautas psicológicas muy concretas. Y eso lo supo leer excelentemente Netanyahu. Identificar cuál debía ser la fisura emocional que galvanizase a la población.Así, la campaña israelí se dirimió en torno a un concepto recurrente, la «amenaza existencial».

El debate se monopolizó en torno a las supuestas capacidades militares de Irán para acabar con la nación hebrea. Poco importó que destacados generales y todos los ex-jefes con vida del Mossad firmasen un manifiesto contradiciendo a su primer ministro, negando a Irán esa capacidad destructiva. El mensaje estaba lanzado. Y había calado hasta el tuétano.En EEUU ocurrió lo mismo. Donald J. Trump fue lo suficientemente intuitivo para identificar cómo llegar al alma de sus compatriotas. Con un simple lema de cuatro palabras, «Make America Great Again», le estaba diciendo a los norteamericanos todo aquello que llevaban décadas deseando escuchar. Había que pensar en grande.

El mensaje que debía calar era que sólo Trump podía garantizar algo que llegaba hasta la médula del norteamericano medio: el «dream big», el optimismo colectivo a través de la dignidad del trabajo. Pero había más. El eslogan elegido por ambos líderes debía ser absolutamente transversal en lo temporal. Aunar la virtud de conectar pasado y futuro. «Make America Great Again» lograba simultáneamente reclutar para la causa a todos aquellos, en su mayoría mayores, que siguen mirando con nostalgia un pasado idealizado que ya no volverá.

Pero además, conseguía también embarcar en el proyecto a unos jóvenes cuyo futuro en un mundo globalizado -y por tanto deslocalizable- se presenta ciertamente nebuloso. Trump había logrado en EEUU lo mismo que Netanyahu logró en Israel. Allí, su «amenaza existencial» consiguió llegar a lo más profundo de, tanto los supervivientes del Holocausto, como de sus nietos. Cualquier otro argumento palidecía frente a este.Con el mensaje emocional convenientemente inoculado en el imaginario colectivo, era evidente que el voto oculto volvería a hacer de las suyas. Nadie desea una discusión. Todo el mundo tiene amigos «del otro lado».

A ninguno le interesa enturbiar su ambiente laboral o familiar, manifestando abiertamente que votará a Trump o Netanyahu. Como en los pensamientos más sórdidos, esas cosas se reservan para la intimidad. Marx y Engels se quedaron cortos. Su famoso «un fantasma recorre Europa» debería ser corregido y aumentado. El fantasma presente no se llama comunismo sino populismo. Y no recorre Europa, sino el mundo entero. De Filipinas a Hungría, de Polonia a Venezuela, el populismo ha venido para quedarse. Lo realmente inquietante es que la nación icono de las sociedades abiertas sea ahora la que lidere el pelotón.El corolario en clave doméstica es evidente. Ningún país está a salvo. La combinación de identificar el resorte emocional que toque el alma de una sociedad y verbalizarlo convenientemente para catalizar a la masa, no es tan difícil de lograr. La suma de ambición, inteligencia política y escrúpulos cero, puede traer consecuencias hoy inimaginables. Es cuestión de tiempo que un señor con coleta dé con la clave definitiva que movilice a un número suficiente de españoles. Mientras, otro señor con barba debería comenzar a preocuparse. Quizá, a su ritmo pachón, debería ponerla a remojar.

El Mundo

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