El cementerio judío más olvidado de Europa

Las piedras son de alguna forma, eternas. Por eso en la religión judía es lo que se usa para dejar en las tumbas a modo de ofrenda y respeto a la memoria, y es que las piedras no se marchitan, ni se secan: las piedras son, de alguna forma, eternas, como lo es para el judaísmo el alma humana. Y la historia.

«Camino a la aldea en donde vive mi abuela hay un viejo cementerio judío pero nunca lo he visitado», me dijo una tal Milja Petrovic, estudiante de español con la que me encontré para conversar una tarde de primavera camino a la antigua fortaleza otomana de Nis. Fue lo primero que supe de aquel lugar: que quedaba camino a Medoshevac. Pronto descubriría también que ese cementerio está abandonado, que ya casi no hay judíos en Nis, que muchos murieron durante la Segunda Guerra Mundial y otros se radicaron en Israel luego de la creación del estado en 1948. Pero lo más importante que aprendí en aquellos días de mayo fue que el acceso al cementerio no es tan sencillo. Al menos para los vivos.

A unos 250 kilómetros hacia el sur de Belgrado, Nis es la tercera ciudad más grande de Serbia y un cruce de caminos que ha cambiado de manos tantas veces que resulta complejo enumerarlos; pero cada civilización ha dejado un rastro imborrable: desde los romanos a los otomanos, desde los bizantinos a los búlgaros y tantos otros han construido murallas, monumentos, plazas, palacios, cementerios. Es así que las murallas de la fortaleza hoy circundan un parque con tantos juegos para niños como piezas arqueológicas, y la ciudad se constituye como parada casi obligada para cualquiera que atraviese la península balcánica de norte a sur o de este a oeste. Es, de hecho un destino relativamente turístico, sobre todo en verano, cuando locales y foráneos se juntan a beber cerveza en las orillas del río Nishava. Hay cuatro oficinas de información turística en Nis, y en tres de ellas desconocían la existencia del viejo cementerio judío.

Hoy sobreviven apenas treinta judíos en Nis, pero la comunidad local solía ser mucho más grande, de alrededor de mil personas, hasta el establecimiento del campo de concentración nazi Crveni Krst en 1941, uno de los primeros en la región y por el que pasaron cerca de 35 mil personas entre judíos, nacionalistas serbios y gitanos. La única sinagoga que sobrevive fue inaugurada en 1925 y para el final de la guerra, con una comunidad seriamente diezmada, quedó abandonada hasta finalmente ser vendida al Museo Nacional Serbio en 1970, aunque aún hoy conserva la fisonomía original, inscripciones hebreas y una estrella de David sobre el portal. Lo mismo sucedió con aquel viejo cementerio que quizás date de fines del siglo XVII o tal vez de principios del XVIII, pero que de seguro fue establecido pocos años después de 1695, cuando fehacientemente se terminó el primer templo de la comunidad en Nis.

En 1965 la ciudad prohibió en forma oficial los entierros en el cementerio pero no hacía ninguna falta: ya desde fines de la Guerra estaba en desuso. Y fue entonces que los caminos de judíos y gitanos volvieron a cruzarse como lo habían hecho en Crveni Krst. Una familia romaní construyó una casa en el espacio ocioso, donde a nadie le importaría, y esa familia fue seguida por otras. Y otras. Y otras. Las nuevas viviendas avanzaron sobre una buena porción del espacio del cementerio y pronto las lápidas se convirtieron en paredes, en puertas, en mesas, en sillas, en parte del intrincado laberinto de angostos pasillos que es el barrio gitano.

Autor: Ignacio Hutin

Producción; Vis a Vis, Infobae

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