Lo natural es hundirse. Por Jorge Rozemblum

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El hebreo no sólo es, como los demás idiomas, un vehículo de comunicación, sino también un gestor de identidades. Observemos, por ejemplo, el caso de la confrontación entre lo “natural” y lo “artificial”, supuestos antónimos, significados opuestos.

En hebreo, las tres letras raíces de la palabra “naturaleza” son Tet-Bet-‘Ayin (esta última letra es una consonante gutural que puede adquirir distintos sonidos vocales, por lo que está señalada aquí precedida de un apóstrofe) y forman el nombre de una multinacional farmacéutica (conocida como TEVA), es decir, dedicada a la manipulación de elementos de origen natural hasta convertirlos en productos artificiales beneficiosos para algún aspecto de la salud humana.

De ese término se derivan otros como “TiB’Oní” para naturalista o “shmurat TeB’A” para espacio natural protegido. Lo que llama la atención es que las mismas letras sirvan para describir lo que se sumerge: “liTBo’A” (hundirse uno mismo), “lehaTBí’A” (hundir a otro u otra cosa): bajar a las profundidades de un líquido. Añadamos nuevos significados con idéntica base: “maTBé’A” (moneda) y “TaBa’At” (anillo). El origen común de estos últimos vocablos debe ser muy antiguo, cuando tanto la acuñación como la orfebrería manipulaban el metal sumergiéndolo en lugar de imprimiéndolo por golpe o presión.

Llama la atención, no obstante, que un proceso industrial (por primitivo que sea) acabe asociado a la “creación”, todo eso que en el mundo hay no por nuestra obra. Quizás la respuesta es que la naturaleza no sea más que el resultado de lo que un ser supremo ha dejado que se hunda hasta la bajeza humana, entrelazando anillos para fabricar lo que entendemos por vida vegetal y animal.

Crucemos el charco semántico para encontrar una raíz hebrea distinta (en este caso, de cuatro letras) para lo artificial. “MeL-AJutí” (aquí la vocal precedida de guion representa a la consonante -Álef, cuyo sonido nunca forma diptongo con una vocal anterior), de raíz Mem-Lamed-Álef-Jaf. Resulta aceptable que lo artificial comparta origen con artesanía (“MeL-Ajá”), pero ¿en qué otro idioma estos conceptos derivan de ángel (MaL-AJ)? Traducido a mi siempre rebuscada explicación: toda creación humana artificial (artesanal, fabril, artística) no es sino el resultado de un enviado divino (que es el origen griego de la palabra ángel, a veces descrito en femenino como musa o inspiración) que intenta ayudarnos a cumplir con nuestra misión: arreglar el mundo.

Quizás esto resulte ofensivo para quienes consideran que “la naturaleza es sabia”. Pero la complejidad del mayor de los artificios (los idiomas; en este caso, el hebreo) nos empuja a bucear en lo existente y crear cadenas con los anillos de vida que encontremos, ideando incluso recambios mejorados a nuestra propia inteligencia. Nada nos resulta más natural que responder a los ángeles que nos invitan a transformarnos.

Shabat shalom

Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad
www.radiosefarad.com

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