Ayer escuché a mi abuelo cantar en Ioná. Por Gustavo Szpigiel

Ayer escuché a mi abuelo cantar en Ioná. Sólo tenía que cerrar los ojos. Me transportaba al patio. A ese tobogán que mágicamente unía a todos los chicos que teníamos que “hacer silencio” mientras los grandes rezaban en ese lugar donde hacía mucho calor abajo y de repente empezaban a los gritos y yo sin saber de qué se trataba.

Sólo tenía que cerrar los ojos y veía a mi bobe arriba y al medio, con su peinado de peluquería y charlando con su vecina de asiento mientras desde abajo pedían silencio.

Sólo tenía que cerrar los ojos y veía los pupitres ahí arriba, cerquita de donde estaba yo ayer y mi abuelo con su Majzor (el libro que contiene las oraciones para las altas fiestas) que después tenía mi mamá y hoy atesoro yo.

Sólo tenía que cerrar los ojos y escuchar las plegarias y cantos en idish o en hebreo, nunca en castellano.

Sólo tenía que cerrar los ojos y escuchar los llantos desconsolados en Izcor (oración por los fallecidos).

Ayer escuché a mi mamá cantar en Ioná. Fue en el mismo momento que la violinista comenzara a tocar Oifn Pripechik, que se escuchó en la película “La Lista de Schindler” y sin que nadie lo sugiriera, toda la gente comenzó a tararearla dándole una emoción difícil de describir.

Ayer escuché a mi hermana Graciela cantar en Ioná; fue cuando el maravilloso coro, donde está incluido mi amigo Claudio, entonó “Por Qué Cantamos”.


Ayer escuché a mi familia cantar en Ioná. Todo había comenzado a la mañana cuando junto a mi hermano Gaby, en la oración por Izcor, cuando abrimos el Majzor, sentimos que mi mamá “andaba por ahí”. Después a la noche, casi al final de Kipur, ese mismo Majzor lo sostenía Diego mi hijo, lo abrió y apareció un bichito de luz, se posó en su mano, lo acarició y levantó vuelo. Esta vez fue Silvia, mi mujer la que dijo “tu mamá anda por acá”.

Cerré los ojos y los vi: a mi zeide, a mi bobe, a mi papá, a mi mamá, todos en el Shil de Acevedo, todos en Ioná. Vinieron en Iom Kipur, el día más sagrado del judaísmo, a acompañarme, a abrazar a mi familia, la que yo formé. Mientras la emoción rodaba por mis mejillas rodeado y abrazado con Silvia, Diego, Mati, Niky, Mili y mi nieto Tomi en camino, cantando emocionados Adom Olam, el Avinu Malkeinu y el Hatikva. Cerré los ojos y entendí todo.

Pude compartir ese día con toda mi familia, la que me formó y la que pude formar, y el legado estaba en forma de libro, estaba en forma de Majzor.

Gustavo Szpigiel

 

 

Fotos y videos: Centro Hebreo Ioná

 

 

 

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