El techo de ramas. Por Marcelo Birmajer

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Especial para la Sociedad Hebraica Argentina

En Sucot volvemos a construir, a modo de recuerdo, las precarias tiendas de ramas que nuestros ancestros, los hebreos recién salidos de Egipto, alzaron para protegerse de la intemperancia del sol del día y del frío de la noche en el desierto. Cualquiera que haya estado en el Sinai, de día o de noche, puede imaginar lo azaroso y arriesgado que habrá sido depender de la frescura o el cobijo de esas chozas para enfrentar los rigores del clima del Medio Oriente. Pero corrían cualquier albur con tal de alcanzar la libertad. No hubieran podido sobrevivir sin esas chozas, es decir, las cosas concretas, las maderas, las hojas, las telas, resultaban imprescindibles, como el Maná o el agua; pero abandonaron sus escasas comodidades de esclavos por las mínimas circunstancias necesarias para vivir en libertad, incluyendo un par de milagros. Sus chozas estaban hechas de hojas y maderas, pero también de libertad. Las chozas podían levantarse y deshacerse en un instante, pero la libertad conquistada era trascendente y perdurable. La vida humana puede acabarse por cualquier cosa, no son necesarias grandes epopeyas o eventos extraordinarios para acabar con un hombre: desde un mosquito hasta una piedra lo pueden ultimar. Por el contrario, para que una vida alcance un destino pleno, son necesarios un par de milagros. Se puede o no creer en ellos, pero nadie sobrevive sin ellos. La historia del pueblo judío está hecha de materialidad precaria pero imprescindible, de valores sustanciales y eternos, y de un par de milagros inexplicables. En ese pasado remoto de los hebreos salidos de Egipto, las chozas eran lo mínimo y máximo que necesitaban. Pero hoy, con opciones, abandonamos la real comodidad de nuestras casas para habitar las sukot de nuestros ancestros. Curiosamente, dado que en Argentina es primavera, y la temperatura y el aire son de lo más amables, desayunar, almorzar y cenar en la suká, puede resultar incluso materialmente más reconfortante que hacerlo en casa. Corre la brisa, las hojas sueltan su perfume, la sombra es grata. No son las chozas concretas las que heredamos, sino la libertad.

Aquellas chozas precarias, inmediatas, urgentes, tuvieron una réplica en 1948 cuando, recién creado el Estado judío, en la misma tierra donde llegaron los hebreos cinco mil años atrás, las chozas de madera y lona recibieron a millones de inmigrantes de todo el mundo, para comenzar una nueva historia. Hoy esas chozas son casas inteligentes, tecnología de punta, un sistema educativo que admira a la humanidad, y un sistema político que es un ejemplo de democracia para todas las naciones. No obstante, la enemistad de la mayoría de los vecinos de Israel, la perseverancia de las dictaduras y califatos que rodean al pequeño Israel, la única democracia del Medio Oriente, nos recuerda que la existencia del pueblo judío continúa siendo precaria, tan precaria como las chozas de Sucot. Ataques antisemitas nada menos que en Alemania; ataques antisemitas en nuestra Argentina, y la continua hostilidad de factores académicos y políticos contra la existencia del Estado judío. La amenaza contra el Estado judío es la amenaza contra cada uno de nosotros. Continuamos viviendo en esa dicotomía: prosperamos hasta alcanzar un nivel de prosperidad y seguridad que los hebreos anteriores a la creación de Israel nunca hubieran imaginado, pero nuestros enemigos persisten. En este Sucot, una vez más, se mezclan el recuerdo de la precariedad y la libertad, con la necesidad de mantener una casa segura: ambas experiencias son parte imborrable de nuestro pasado, presente y futuro.

 

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