Testigo viviente, a 75 años del horror. Por Guillermo Borger

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Hoy se cumple un año del fallecimiento de mi mamá, a los 93 años. Seguramente no sea casualidad que su partida de este mundo coincida con el Día Internacional de Recordación del Holocausto, Iom Hashoá, la más trágica de la humanidad.

Su brazo derecho tenía estampado el número A26053, era su identificación como prisionera de guerra. No tenía nombre. Ella era mi testigo viviente de la existencia del horror de la Shoá. Ella lo padeció en los campos de concentración de Auschwitz, Bergen Belzen y otros.

Mi mamá fue guía de numerosos grupos de Latinoamérica para Yad Vashem, acompañándolos a Polonia mostrando y relatando su adolescencia en estos campos de concentración, hoy testigos silenciosos del sistema de asesinatos masivos practicados por los nazis.

Se cumplen 75 años de la liberación de Auschwitz y me viene a la memoria el brillante discurso del rabino Israel Lau, también sobreviviente de la Shoá, quien habló en el acto oficial en Yad Vashem ante los mandatarios del mundo diciendo que “así como en la época del diluvio Noé refugió a todas las especies de animales y bestias del Arca, compartiendo el espacio zorros, leones, tigres, víboras y osos, y nadie siquiera intentó molestar o desplazar a alguno ya que entendían que el enemigo común estaba fuera del Arca”. Es decir, el diluvio donde todos perecían.

Hoy, a 75 años de la peor barbarie de la humanidad transitamos momentos donde nuevamente el antisemitismo asoma en gran parte del mundo con actos de terrorismo y discriminación.

Es el momento de concientizar que el enemigo común debe estar fuera de nosotros. Luchemos por la vida. Recordemos.

Am Israel Jai

Guillermo Borger
Ex presidente de la AMIA

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