Mi Idisher Tate. Por Martha Wolff

Idisher Tate- Martha Wolff
Idisher Tate- Martha Wolff

Homenaje de Martha Wolff en el Día del Padre. Mi Idisher Tate

Llega el Día del Padre, el del Idisher Tate, ese ser tan querido que siempre quedó en segundo plano. Porque la idishe mame ocupaba la primera plana, era la que se hacía escuchar y dirigir la orquesta familiar.

Pero calladito, el tátele estaba siempre presente, honesto, trabajador y buen padre queriendo que sus hijos prosperaran.

Por supuesto que estoy hablando de una generación a la que no llevaron a Disneyworld, pero con sus recuerdos me hizo viajar a su lugar natal del que tuvo que huir por el antisemitismo.

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Tenía una nostalgia crónica en sus ojos. Recuerdo que cuando escribí un libro que se llamó “El álbum de la oreja”  dedicado a los padres judíos, a mi padre y a todos puse como dedicatoria: “A vos Papá te dedico este bronce tierno de tinta y papel!.

¡A vos y a todos los inmigrantes judíos por lo que lograron para salir adelante! Y escribí su vida, esa que fui dibujando en palabras mientras él contaba,

Mi padre como la mayoría de nuestros gringos, eran un documento viviente de lo que fueron los pogromos. El haber sobrevivido, partir en un barco a América, llegar y empezar a trabajar sin idioma y sin familia.

Mi padre fue un inmigrante urbano. Y desde haber sido estibador en el puerto hasta viajante de comercio con lo que pudo ganar en los primeros años trajo a su familia a la Argentina. Y les puso un almacén en Juan B. Justo y Villanueva, pleno Villa Crespo.

Recuerdo cuando nos despertaba a mi hermano y a mí para ir a ayudar sacar agua del negocio de los abuelos cuando crecía el Arroyo Maldonado. Recuerdo cuando me llevaba los domingos a la Plaza Miserere, alias Plaza Once, a jugar en el monumento a Rivadavia.

Después ya bien acriollado, comprábamos ravioles y mientras él tomaba el vermut con sus amigos, yo me consideraba una princesa acompañándolo.

Nuestros paseos al Zoológico, a Palermo y al Parque Japonés.  También un día me llevó de la mano a ver lo que había quedado cuando incendiaron la Casa del Pueblo y lo vi llorar.

Me cuidaba cuando pasaban las manifestaciones por casa. Fui su oreja y viajaba con él cuando contaba historias de sus recorridos cuando iba a vender en el interior del país. Como era tan buen tipo algunos viajantes le decían que él era un judío bueno, para disimular su ignorancia alimentada a base de prejuicios.

Mi papá era un gran lector del diario La Razón de la mañana y de la segunda edición de la tarde que yo esperaba que llegara en el quiosco de la esquina. Era un coleccionista de Reader Digest y un gran oyente de la radio. Mi padre era un judío atento a todo lo que pasaba con su pueblo y le hubiera gustado conocer Israel.

Fue un papá que en su medida no hizo faltar nada a sus hijos. Siendo un empleado de comercio nos regalaba vacaciones en Mar del Plata. Nos costeó nuestras carreras universitarias y fuimos criados para estar preparados en la vida. Nos inscribió a pesar de sus ingresos en Hebraica y eso fue un lujo.

De haber tenido un padre como él aprendí lo que fue ser un hombre de clase media por aquellos años que con dignidad y sin lujo dio un ejemplo de hombre de ética. Fue un modelo de hombre, que hoy homenajeo, porque fui formada para valorar a las personas no por lo tienen sino por lo que son. Sus experiencias políticas en Ucrania y la de Argentina fueron capítulos que fui agregando a mi ser democrática. Para él la Libertad era el valor supremo y se emocionaba cuando me llevaba a ver los desfiles patrióticos del 25 de Mayo y a celebrar Iom Haatzmaut. Mi padre murió sin ver a sus dos hermanos. Retenidos por el comunismo al haber sido universitarios y pertenecer al  Estado.

¡Gracias papá haber sido mi padre!

Martha Wolff. Periodista- Escritora

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