Objetivo matar a Hitler: los intentos de asesinato contra el Führer durante su etapa en el poder

Adolf-Hitler-Fuhrer
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La buena suerte acompaño a Hitler durante toda su vida. Ejemplo de ello es las múltiples veces que sus opositores intentaron asesinarlo pero también en otros momentos donde simplemente la fortuna estuvo de su lado, como por ejemplo cuando su escuadra fue bombardeada en la Primera Guerra Mundial y él salvó la vida porque justo salió de la trinchera en la que se encontraba momentos antes de que cayera un obús en ese mismo lugar.O en otra ocasión en la que estuvo a punto de ser abatido por un francotirador que acabó apiadándose de él porque estaba herido.

Esquivando la muerte

Cuando terminó el conflicto, el antiguo soldado se convirtió en el líder de un partido radical que se convertiría en la mayor fuerza política de Alemania. Sus ataques contra las minorías raciales, y los métodos brutales que empleaba para aplastar a la oposición le pusieron en el punto de mira de sus opositores, y fue en noviembre de 1921 cuando se produjo uno de los primeros atentados contra su persona.

Un día en el que el futuro dictador daba un mitin una cervecería de Múnich, algunos de los asistentes se levantaron indignados y sacaron unas porras que habían ocultado de antemano para atacar a los nazis. Sus seguidores se levantaron para impedirlo, y durante la refriega las balas de un tirador anónimo pasaron rozando a Hitler, que se parapetó tras el atril hasta que la policía terminó con el altercado.

En los años que siguieron, el partido nazi expandió su área de influencia por toda Alemania, y su nuevo Führer tuvo múltiples encontronazos con tiradores, los cuales disparaban contra él en mítines o cuando se trasladaba en coche o en tren. Pero Hitler siempre salía airoso de cada ataque, protegido por su buena estrella, un nutrido contingente de guardaespaldas y un Mercedes blindado.

Envenenar al Führer

Con todo el líder nazi no era intocable. En enero de 1932 Hitler vivía en una planta del flamante hotel Kaiserhof, que se había convertido en la sede del partido tras su traslado de Munich a Berlín, cuando él y todos sus invitados se pusieron enfermos al terminar de comer.

Los comensales se empezaron a encontrar mal, y pronto se vieron afectados por náuseas, escalofríos y un grave dolor de estómago. Se ha especulado mucho sobre si este episodio fue un verdadero atentado contra la cúpula nazi o una simple intoxicación, pero lo cierto es que Hitler sorteó otra vez el golpe gracias a que comía un menú vegetariano especial.

Otro intento similar fue el del socialista Ludwig Assner, un alemán exiliado en Francia que tramaba enviarle una carta impregnada de ricino para que se envenenara con solo tocarla. Ludwig sin embargo fue traicionado por uno de sus confidentes, que puso sobre aviso a las SS para que desbarataran el alocado plan.

Fanáticos y oficiales

Las elecciones de marzo de 1933 acabaron de consagrar al caudillo nazi, que tras alzarse con la victoria electoral se convirtió en dictador de Alemania. Con la conquista del poder absoluto empezó la disensión interna, y su reinado se vio puntuado por conspiraciones como las de Beppo Römer o Hans Oster, que pretendían liquidar al dictador con hombres de su confianza.

Afortunadamente para él, la recién creada Gestapo demostró ser un eficaz escudo contra múltiples atentados, deteniendo y ejecutando a muchas personas antes de que pudieran acercarse al Führer o ponerle una bomba en la calle.

Más suerte tuvo el estudiante de teología Maurice Bavaud, quien convencido de que se enfrentaba al anticristo en persona se camufló entre la multitud durante un desfile haciéndose pasar por reportero. Pero el frenesí que Hitler despertó en la multitud cuando llegó montado en su coche le impidió sacar la pistola que llevaba, y al cabo de poco fue arrestado por la policía secreta, torturado y guillotinado.

Una solución explosiva

Otro peligro al que se enfrentó Hitler a lo largo de toda su sangrienta carrera fueron las bombas, solo en 1939 por ejemplo sobrevivió a nada menos que dos atentados de este tipo. El primero tuvo lugar en Varsovia, Polonia, donde un grupo de soldados del derrotado ejército polaco habían ocultado 500 kg de TNT en la calle por donde debía pasar su comitiva. Sin embargo se modificó el trayecto a última hora y evitaron el peligro sin ser conscientes de ello.

Hitler pasa revista a las tropas durante su visita a Varsovia
Hitler pasa revista a las tropas durante su visita a Varsovia

Más cerca de conseguirlo estuvo la bomba de relojería que Johann Georg Elser escondió en un columna de la cervecería Bürgerbräukeller, donde el jerarca nazi debía dar un discurso para conmemorar el putsch ocurrido allí en 1923. Elser se pasó las 35 noches anteriores al gran día ahuecando la columna en secreto, y luego programó el artefacto para que estallara justo en el momento preciso en el que Hitler estuviera dando su discurso. Con todo el destino volvió a sonreír al autócrata, pues el orador que le precedía se había retrasado y Hitler terminó su arenga 13 minutos antes de que la bomba estallara, eliminando a ocho nazis e hiriendo a sesenta.

Atentados durante la guerra

A partir de 1943 la guerra se volvió contra Alemania, y presionados por los avances de rusos, ingleses y americanos, muchos comandantes nazis intentaron asesinar a Hitler para poder iniciar conversaciones de paz con los aliados.

El primer magnicidio de este tipo se produjo el 13 de marzo durante una visita del Führer al frente oriental. Los oficiales habían acordado asesinarlo a tiros a una señal durante el almuerzo, pero el siempre impulsivo Adolf prefirió comer con su escolta. Sin apenas tiempo, uno de los conspiradores, el teniente Fabian von Schlabrendorff, decidió recurrir al plan B: un explosivo escondido en una caja de Cointreau.

Con la excusa de que era el pago por una apuesta que había hecho con uno de los acompañantes de Hitler, Fabian logró que la caja subiera a bordo de su avión con la secuencia de detonación iniciada. Todo fue en vano, pues al cabo de pocas horas el Führer aterrizaba sano y salvo en Alemania: el frío sufrido por el mecanismo durante el vuelo lo había desactivado. Sin inmutarse, el teniente acudió a recoger el paquete, antes de que nadie lo pudiera abrir y se descubriera la conspiración.

Una tercera tentativa tuvo lugar en agosto. El Führer había planeado una visita al frente ucraniano (donde los alemanes resistían como podían al Ejército Rojo). Allí los generales Hubert Lanz y Hans Speidel planeaban rodearlo con sus tanques y acribillarlo o arrestarlo, pero el carácter impredecible del dictador dio al traste con sus planes, pues decidió visitar un cuerpo de ejército situado un poco más al norte que el de Lanz.

Valquiria

El último intento de acabar con su vida es sin duda el más famoso, popularizado por la película de Bryan Singer estrenada en 2008. El plan de los oficiales conjurados era aprovecharse de la operación Valquiria para derrocar al gobierno nazi una vez hubieran eliminado a Hitler.

Esta serie de medidas de emergencia permitirían al ejército de reserva hacerse con el control del Reich en caso del asesinato del Führer, con lo que podrían eliminar al partido nazi y convertir al país en una democracia.

El 20 de julio fue el día elegido para el atentado, Hitler había reunido a sus oficiales en su búnker de La Guarida Del Lobo para discutir la situación en el frente del este. A esta conferencia había sido invitado uno de los conspiradores, el coronel Claus von Stauffenberg, quien acudió a la reunión equipado con dos maletines bomba.

Claus von Stauffenberg - intento - asesinato - adolf - hitler
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Stauffenberg se retiró con su ayudante a una sala privada para armar las bombas, pero fue interrumpido cuando solo había podido activar una. Con gran sangre fría el coronel se situó junto a Hitler dejando el maletín a sus pies, tras lo que se ausentó con la excusa de que debía responder a una llamada personal.

Inmediatamente se dirigió al aeródromo, y de allí a Berlín para dirigir la supresión del régimen nazi. Mientras tanto uno de los conspiradores bloqueaba las comunicaciones desde el búnker, y las tropas de reserva tomaban los ministerios y el cuartel general de las SS.

Pero la bomba no había acabado con Hitler, después de que Stauffenberg saliera alguien ocupó su lugar y la situó al otro lado de uno de los espesos tablones de roble que sostenían la mesa. Esto amortiguó la fuerza de la explosión, y el líder supremo de Alemania solo sufrió unos pocos cortes y contusiones. La noticia de la milagrosa salvación del Führer se extendió entre las tropas, y más de 5.000 conjurados fueron arrestados, encarcelados y ejecutados.

Al final la muerte no le sobrevino a Hitler por ninguno de los 42 atentados que sufrió, sino que él mismo se tomó una pastilla de cianuro y se disparó a la cabeza el 30 de abril de 1945, prefiriendoel suicidio a rendirse frente los rusos que tenían rodeado su Búnker durante la Batalla de Berlín.

Fuente: National Geographic.

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1 COMENTARIO

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