La gran mitomanía. Por Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich

La gran mitomanía. Por Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich.
La gran mitomanía. Por Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich.

Hay anécdotas que, por su sencillez, revelan más que cualquier tratado académico. Una de ellas la cuenta Amos Oz en Una historia de amor y oscuridad. Su padre recordaba que, en la Europa de los años 30, los muros estaban cubiertos de graffitis que decían: “Judíos, marchaos a Palestina.”

Décadas después, cuando Oz visitó Gaza en 2005, tras la retirada israelí, encontró el mensaje invertido: “Judíos, fuera de Palestina, vuelvan a Europa.”Y en las grandes ciudades europeas, los muros repetían la misma melodía disfrazada: “Judíos, dejen de ocupar Palestina.”

La geografía cambiaba; el odio no.La frase era distinta; la intención, idéntica.La paradoja era tan grotesca que solo podía explicarse con una palabra: mitomanía.

La compulsión de inventar relatos que justifiquen prejuicios antiguos.

La historia demuestra que la mentira política no es un accidente: es un método.

En enero de 1919, Antón Drexler fundó el Partido Obrero Alemán, un pequeño grupo que se reunía en cervecerías de Múnich para alimentar resentimientos: nacionalismo extremo, odio al Tratado de Versalles, nostalgia moralista y, sobre todo, antisemitismo.

Hitler llegó allí como un infiltrado del ejército.Se quedó porque encontró un terreno fértil para su oratoria.Transformó un grupo marginal en una maquinaria de propaganda.En 1920, el partido cambió su nombre a Partido Nacional Socialista Obrero Alemán.

El resto es historia conocida: un mito racial convertido en política de Estado.

Hoy, un siglo después, la estrategia es inquietantemente familiar.
Sectores de la izquierda radical —no toda la izquierda, sino su ala totalitaria— han adoptado la misma lógica: crear relatos que sustituyan la realidad.

Hablan de genocidios imaginarios, pero callan ante las masacres reales.
Denuncian hambrunas ficticias, pero ignoran a las mujeres de Afganistán, a los cristianos asesinados en Nigeria, a los presos políticos de Venezuela o a los opositores colgados en Irán.

La pregunta es inevitable:¿Cuál es la diferencia entre aquella maquinaria de mitos y la actual?

La respuesta es incómoda:la tecnología cambió; la lógica es la misma.

Cuando Dios le preguntó a Caín por su hermano, él respondió:“¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”

Esa frase se convirtió en la primera coartada moral de la historia.La indiferencia como ideología.La negación de responsabilidad como sistema.

Ese espíritu sigue vivo.Se expresa en quienes miran para otro lado cuando la injusticia no encaja en su narrativa.En quienes exigen moralidad selectiva.En quienes convierten el sufrimiento judío en un argumento descartable.

Presten atención, como muchos saben a lo largo del año cada sábado – Shabat – se procede a leer en las sinagogas una porción de la Torá, denominada Perasháh Hashavua, porción semanal de la Tora. Esta semana leímos Mishpatim que significa leyes. La Perasháh Mishpatim, la porción que transforma la ética en estructura.

No es un capítulo de buenas intenciones; es un plano de ingeniería moral.

  • La justicia no es un sentimiento; es una práctica.
  • La dignidad no es un ideal; es una obligación.
  • La sociedad no se sostiene por riqueza, sino por confianza.
  • Y la confianza nace cuando el poder tiene límites y el vulnerable tiene protección.

Mucho antes de que la filosofía moderna hablara de “contrato social”, la Torá habló de Berit, pacto.

Mishpatim es la expresión más terrenal de ese pacto:un compromiso de responsabilidad mutua.

En un mundo donde las instituciones se erosionan, donde la desigualdad crece y donde la tecnología vuelve impersonal la vida, Mishpatim nos recuerda que la justicia empieza por lo concreto:cómo tratamos al trabajador, al extranjero, al débil, al que depende de nuestra palabra o de nuestro silencio.

Entre todas las leyes, una resuena con fuerza especial:“No oprimirás al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto.”

La memoria del dolor se convierte en sensibilidad moral.
El pueblo que conoció la opresión está llamado a construir una sociedad donde nadie sea tratado como ellos fueron tratados.

Esa insistencia en la dignidad humana es una de las contribuciones más profundas del judaísmo al mundo.

Y, paradójicamente, también una de las razones por las que el antisemitismo persiste.

El judaísmo incomoda porque exige límites éticos.Incomoda porque recuerda que el poder no es absoluto.Incomoda porque insiste en que la vida humana tiene un valor que no se negocia.

Hoy, cuando el antisemitismo vuelve a ocupar espacios que creíamos superados —en redes, universidades, calles y foros internacionales— Mishpatim nos recuerda quiénes somos.

La identidad judía no se define por el odio que recibe, sino por la justicia que exige.La respuesta al antisemitismo no es renunciar a nuestros valores, sino profundizarlos.

No es responder con resentimiento, sino con integridad.No es caer en la mitomanía del mundo, sino sostener la verdad del pacto.

Porque la fuerza de Israel no está en su poder, sino en su compromiso con la justicia.Y la fuerza del judaísmo no está en su capacidad de defenderse, sino en su capacidad de iluminar.

Por Rabino M.Ed. Rubén Najmanovich.

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