Hace un par de miles de años, en la antigua Persia —hoy Irán—, un personaje siniestro, codicioso e inescrupuloso quiso exterminar al pueblo judío simplemente porque no podía doblegarlo. Era tal el tamaño de su ego y de su maldad que, por el solo hecho de encontrar resistencia en un hombre que no quiso rendirle honores, eligió condenar a un pueblo entero creando una ficción según la cual ese pueblo, disperso entre todas las naciones del reino, representaba un peligro para el rey.
El texto bíblico no explica por qué Hamán odiaba al pueblo judío. Probablemente, entonces como hoy, no tenía motivo alguno. No fue Haman el primero en acusar falsamente al pueblo judío. Lamentablemente, tampoco sería el último. Unos cuantos siglos más tarde, otro hombre encumbrado en el poder en Irán —la antigua Persia—, igual de siniestro, codicioso e inescrupuloso, también repitió hasta el cansancio su vocación de exterminar al pueblo judío. A diferencia del rey Ajashverosh de la historia anterior, que se ocupaba de su pueblo y le ofrecía banquetes, fiestas y abundante alcohol, este dictador moderno mantuvo oprimido al pueblo iraní. Bajo un interminable compendio de prohibiciones y restricciones, millones de hombres, mujeres y niños pagaron con persecución, cárcel o muerte el anhelo de una libertad esquiva. Solemos decir que cuando no hay aprendizaje, las historias tienden a repetirse. Y aquí estamos.
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La caída de Haman dio origen a la festividad de Purim. Y entre las ironías que a veces nos regala la historia, fue en vísperas de esta misma festividad cuando cayó Ali Khamenei, el actual dictador. Fue la acción valerosa de una mujer, la reina Ester, la que desencadenó los acontecimientos que llevaron a la caída de Haman. Fue la acción valerosa de muchas mujeres iraníes la que desencadenó los sucesos que dieron inicio a las revueltas contra el régimen del Ayatola.
Los paralelismos entre una historia y la otra, entre el pasado y el presente son muchos. Sin embargo, hay uno en particular que me produjo un escalofrío al conocerlo. La voracidad y el odio ciego del dictador Khamenei no reconocieron fronteras, provocando dos de los atentados más brutales de los últimos tiempos en la ciudad de Buenos Aires: la explosión de la Embajada de Israel y la del edificio de la AMIA, ubicado en la calle Pasteur. Dicen muchas enseñanzas espirituales que los actos, tanto de bondad como de maldad, encuentran de algún modo su retribución. El edificio en el que murió Khamenei estaba ubicado en una calle Pasteur. Mi sensación es que 32 años más tarde, nuestros muertos descansan con un poco más de paz.
El maestro Rabi Tzvi Elimelech Shapira de Dinov (1783–1841), en su obra Bnei Isajar, menciona una tradición descripta en el Zohar según la cual, en el futuro, la guerra final contra Amalek (con quien nuestros textos identifican la energía del mal y la destrucción), comenzará en Purim y culminará en vísperas de Pesaj. Ciertamente se trata de una alegoría mística y espiritual cuyo análisis excede el alcance de este artículo. Aun así, es mi deseo que esa alegoría mística encuentre asimismo expresión en la realidad. Quizás, después de todo, la historia también tenga su propia forma de justicia poética. Quizás, la lucha iniciada en defensa de la libertad, de la dignidad humana y del derecho elemental a vivir en paz esté finalmente llegando a su desenlace. Y quizás, ocurra antes de la víspera de Pesaj.
Am Israel Jai. Hoy y siempre.
Por Vicky Ludmer.
Abogada, Coach ontológico y Practitioner en PNL.

