¿Qué pasa si lo que hizo Hamás no es una anomalía, sino una repetición —una lógica que ya practicó Roma y que incluso dejó marcas en la historia del cristianismo?
A diferencia del nazismo —que, en gran medida, ocultó sus crímenes y hasta montó escenografías para engañar observadores, como Theresienstadt—, Hamás eligió mostrar. No esconder, sino exhibir. No negar, sino difundir.
Cámaras GoPro en el pecho. Transmisión en vivo. No solo asesinatos, sino puesta en escena: padres ejecutados delante de sus hijos, abuelos frente a sus nietos, violaciones, secuestros, saqueos. Bebés quemados vivos. No fue solo violencia. Fue narrativa.
Pero esta lógica no nació ahora.
Roma tampoco ocultó. Roma esculpió.
El Arco de Tito, en pleno Foro Romano, no es solo una obra arquitectónica: es propaganda. Allí quedó tallado el saqueo del Templo de Jerusalén, la Menorá llevada como botín, los judíos convertidos en trofeos humanos. La violencia no se escondía: se inmortalizaba.
El mensaje era claro: no alcanza con derrotar. Hay que mostrar la derrota.
Y hay algo más incómodo todavía.
Ese mismo imperio que destruyó Jerusalén persiguió a los primeros cristianos. Sin embargo, con el tiempo, parte de ese cristianismo se volvió romano: adoptó —o fue adoptado por— la estructura de poder que lo había perseguido. El perseguidor y el perseguido terminaron hablando el mismo idioma institucional.
No es una excepción histórica. Es un patrón.
Hoy en día vemos muchos cristianos que se la juegan por ideas que no les pertenecen. En lugar de repudiar al terrorismo islámico —que también persigue y asesina cristianos— toman partido, explícita o implícitamente, por quienes los tienen entre sus propias víctimas.
Porque cuando la identidad se reemplaza por consignas, pasan cosas bastante concretas: se condena a quien te protege y se justifica a quien te persigue. Se denuncia a quien te garantiza libertad religiosa y se relativiza a quien la elimina. Se elige, en nombre de la moral, exactamente el lado equivocado de la historia.
No es confusión. Es inversión.
Y la historia, cuando se invierte, no se repite: se degenera.
Y cuando se degrada, ya no hay víctimas que importen —solo relatos que conviene sostener.
¿Estamos frente a algo nuevo, o simplemente viendo —una vez más— cómo el espectáculo de la violencia encuentra espectadores dispuestos a reinterpretarlo?
Alejandro Mellincovsky
El motivo por el que Herzog recibió al exsecuestrado Bar Kupershtein


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