Cada año, durante Pesaj, el pueblo judío se reúne alrededor de la mesa para recordar la salida de Egipto. No es solo una conmemoración histórica: es un ejercicio de memoria activa. La libertad no se da por sentada; se construye, se defiende y, muchas veces, se vuelve a poner en riesgo.
Pero este Pesaj llega atravesado por una realidad que incomoda. El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 marcó un antes y un después para Israel y para las comunidades judías del mundo. No solo por la magnitud de la violencia, sino por lo que vino después: una reacción global que, en muchos casos, excedió la crítica política y derivó en un resurgimiento abierto del antisemitismo.
La posterior Guerra entre Israel e Irán —con ataques directos e indirectos, amenazas cruzadas y una tensión regional sin precedentes en años— no hizo más que profundizar ese clima. Lo que ocurre en Medio Oriente ya no queda confinado a su territorio: impacta de lleno en la vida cotidiana de la diáspora.
En ciudades de Europa, América Latina y Estados Unidos, judíos volvieron a preguntarse si es seguro llevar una kipá en la calle, colgar una mezuzá visible o expresar públicamente su identidad. Lo que debería ser una obviedad —la libertad de ser quien uno es— vuelve a convertirse en una decisión calculada.
El fenómeno no es nuevo, pero sí más visible. El antisemitismo ya no se esconde: circula en redes sociales, se filtra en espacios académicos y, en ocasiones, encuentra legitimación bajo el disfraz de discursos políticos. La línea entre crítica a Israel y hostilidad hacia los judíos se vuelve, para algunos, peligrosamente difusa.
Y ahí es donde Pesaj adquiere una dimensión distinta.
Porque la historia que se narra en la Hagadá no es solo sobre la esclavitud en Egipto. Es también sobre la resiliencia, sobre la capacidad de un pueblo de mantenerse unido incluso en contextos adversos. “En cada generación, cada persona debe verse a sí misma como si hubiera salido de Egipto”, dice el texto. Esa frase, repetida durante siglos, hoy resuena con una fuerza particular.
El desafío para la diáspora judía es doble. Por un lado, sostener la identidad en contextos donde el antisemitismo vuelve a crecer. Por otro, evitar caer en el aislamiento o el miedo como forma de respuesta. La historia demuestra que cada retroceso en términos de convivencia social termina afectando no solo a una comunidad, sino al entramado democrático en su conjunto.
Pesaj invita a hacer preguntas. Quizás este año, más que nunca, haya que agregar algunas nuevas: ¿qué significa ser libre en un mundo donde el odio se amplifica? ¿Cómo se construye identidad sin resignar seguridad? ¿Y qué responsabilidad tienen las sociedades en las que viven las comunidades judías?
Porque si hay algo que enseña Pesaj es que la libertad no es un punto de llegada. Es un proceso permanente.
Y hoy, para muchos judíos en la diáspora, ese proceso vuelve a estar en tensión.
Gustavo Szpigiel
Director de Vis á Vis
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