500 palabras sobre los guettos. Por Delia Sisro

«Adoro y detesto los guettos voluntarios, los pueblos, las mesas chicas, los clubes, los reductos de pocos. Ofrecen un mundo y lo limitan. Todo al alcance de la mano, incluso el infierno.
Me fascina lo que ocurre adentro por un rato, por la infancia, por el principio.
No pueden durar mucho, no ofrecen vuelo, terminan por oprimirlo todo.

Otorgan una fuerte pertenencia y sin embargo, obturan otras identidades que pueden conformarnos. Me detengo en esta palabra, en su ambigüedad, en su natural doble intención. Nos constituye y nos hace resignados, nos hace conformes.

Pienso en la paradoja de que estos espacios suelen ser expulsivos y también nos imprimen nostalgias que implican retornos, o deseos de volver, incluso hasta erigirlos en paraísos perdidos.

Admiro a los que saben cuándo irse, admiro a los que saben cuándo volver, siento piedad por los que no se animaron y viven en el mundo de los colores pasteles, tengo mucha curiosidad por los equilibristas que se quedaron porque eligieron quedarse.

Para la madurez, para la vida adulta me gusta la impersonalidad de las ciudades, la fuerza de la movilidad, el maravilloso anonimato sobre el que se puede elaborar lo privado, lo íntimo, sin ojos juzgadores, con miradas que interpelan a distancias prudenciales.

Tal vez ser libre no sea más que escapar de los ojos déspotas de los vecinos, de la familia, de los que prejuzgan, de los que esperan cosas de nosotros, de los que proyectan sobre nuestra vida.

Me gusta el club, la casa, la escuela, la plaza, todo al alcance de la vista. Me gustan los inaccesibles recovecos que están en el club, en la casa, en la escuela, en la plaza al alcance de todos pero sin poder advertirse. Me interesan las cosas que pasan sin saberse.

Me gustan las identidades perimetrales, las complicidades de barrio, los amigos de toda la vida a los que no hay que contarles nada. También me gustan los amigos nuevos a los que hay que contarles todo. O contarles la versión que queremos inventar de nosotros.

Viví muchos años en un guetto sefaradí, un mundo que en verdad ya no existe, un mundo que he perdido y que me constituye. Ahora aparece en forma de recuerdos, mixturado en mi vida de hoy llena de diversidades, de medias tintas, fuera de todo absoluto.

Llevo la computadora al patio para terminar de escribir este texto. Me molesta el reflejo del sol. No me gusta quejarme de lo que suele denominarse un “día lindo”, pero ciertamente la pantalla necesita un poco más de sombra, como la escritura misma.

Se escribe recluido, ensimismado, sin mundo exterior, o con una distancia de ese mundo para poder verlo y poder contarlo, para objetivarlo un poco, se escribe desde el anonimato de la ciudad, pero a su vez, cuando me siento con hambre de escritura, a pesar de lo acertadas o luminosas que aparezcan y parezcan las palabras nacen de esos espacios reducidos, recluidos, íntimos, ese ghetto escritural, ese pueblo chico en el que entra todo junto el espanto y la belleza de la vida. Para escribir y para vivir siempre se necesita un poco de escondite, un poco de sombra».

Lic.Delia Sisro- Escritora- Docente
Co-autora de “Asesinaron al Fiscal Nisman. Yo fui testigo.”

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