Las puertas de Hebraica de ayer y de hoy. Por Martha Wolff

Las puertas de Hebraica de ayer y de hoy. Por Martha Wolff
Las puertas de Hebraica de ayer y de hoy. Por Martha Wolff

Hebraica quedaba a cuatro cuadras de mi casa de soltera. Mis padres murieron y cuando mi hermano y yo nos casamos nos fuimos mudando de barrio y el club ya nos quedaba lejos.

Hebraica  fue para los chicos de clase media de aquel entonces, década del 50,  la edad despuntando la adolescencia, el gran paso para entrar en sociedad.

Hebraica en pleno barrio de Once donde vivíamos estaban las instituciones judías centrales, sinagogas, asociaciones de beneficencia, culturales y otras como los farhein. Once era un barrio judío. Mis padres como los miles de judíos perseguidos progresaban y vivían en libertad. Habían podido llegar a Argentina para vivir en paz. Los rubros a los que se dedicaron era el comercio y para los hijos la escuela estatal. Ese fue un salto muy importante para que ambos alternaron con otras colectividades, religiones y con la cultura nacional. Por eso la calle de aquel entonces para los hijos de inmigrantes fue la universidad de la vida, un puente de comunicación, aprendizaje, diversión y muchas veces de discriminación.

Éramos una clase media con padres ambiciosos en la educación de sus hijos. La realidad política de aquel entonces que se vivía después de lo que habían pasado en Europa no ofrecía la seguridad para sus hijos. Y fue cuando a mi hermano y a mí nos hicieron socios de Hebraica que quedaba a cuatro cuadras de casa donde íbamos al club caminando como a la escuela. Ese fue un paso muy importante como entretenimiento y formación paras nosotros. Ser socia de Hebraica era un lujo. Los amigos de la calle seguían en la calle y solo los no judíos cuyos padres sintieron lo mismo los hicieron socios del club Gimnasia y Esgrima o de los clubs futboleros. Pero para nosotros  hijos de padres inmigrantes  que el único deporte que habían conocido era sobrevivir y trabajar duro,  ver a sus hijos en un club como Hebraica u otros de la colectividad  fue símbolo de superación.

Hebraica era un lujo. Su edificio era un monumento de ofertas sociales y deportivas. Una cita ante en su famosa puerta de bronce y vidrio que se abrían hacia el hall con paredes revestidas de mármol y con murales de famosos de artistas argentinos. Era como entrar a un palacio. Una vez adentro comenzaba la peregrinación, un recorrido por todo lo que ofertaba. El teatro era una cita con actores, concertistas, oradores de fama local e internacional.  Ese teatro también fue la oportunidad para los socios de subir a un escenario donde participábamos en las famosas Juventinas y Estudiantinas entre candilejas, vestuario, maquillaje donde representábamos obras, bailábamos y nos divertíamos hasta de nuestro humor judío. Íbamos al Salón de Actos iluminado con arañas de cristal para adultos, la prestigiosa biblioteca con acceso al préstamo de libros imposible de comprar para nosotros. Escaleras arriba y abajo para llegábamos a las clases elegidas y las prácticas de deportes y bajando llegábamos a la confitería del subsuelo para encontrarnos con amigos o para fichar el ambiente. La galería del natatorio, del gimnasia y la pista de patinaje sobre ruedas nos esperaban ya como deleite de observadores o bien para ver quienes merodeaban por allí que nos gustaban.

Entrar al vestuario era un ritual al ponernos el equipo de gimnasia, la malla o la pollerita plisada con los patines al hombro bien pintados siempre controlando la pinta en los espejos para salir al ruedo. Los días que había campeonatos era una fiesta. Nos encontrábamos en las galerías para cinchar por Hebraica y de paso conocer a los rivales.

Pero soñábamos con que llegara el viernes para apostarnos en la puerta de Hebraica que si hablara seria una especie de novela de chismes. Fue la puerta casamentera de los matrimonios que se concertaron después. Nos instalábamos en esa puerta  para hacer programas para ir a bailar, al cine, a los asaltos que se hacían las casas, nos empilchábamos y era un mirador para

ver si él o la que nos gustaba se fijaba en nosotros. Y qué hablar de los muchachos que ya manejaban y revoleaban las llaves entre los dedos haciendo pinta. La  puerta de Hebraica era la sede social extramuros donde nos hicimos amigos, novios, filos y consortes. Pero la puerta de Hebraica fue termómetro de la política vigente y fue atacada  por escaramuzas antisemitas, provocaciones y corridas. Las puertas se cerraban cuando había amenazas  de grupos organizados y más de una vez se tiraron granadas ensuciando su fachada. No faltaron trompadas, insultos y otras agresiones.  En los incidentes frente  a Hebraica nos pudimos defender y años más tarde ante los terroristas con los atentados sufridos fuimos víctimas cuando habíamos pensado haber dejado atrás tanto odio. Y fue  cuando las puertas de Hebraica y de todas las instituciones de la comunidad pasaron a ser puertas actuando como fuertes que nos separaron del afuera. Las puertas de nuestras instituciones pasaron a ser de paso y no de paseo y encuentro.  Hebraica artísticamente puso sus pilotes y le quitó a esa identidad a todo aquel que pasaba por su frente.

También Hebraica representó para los hijos de los judíos tradicionalistas el espacio donde respiraba otro aire que en nuestra casa. Hacía cinco años que se  había creado el Estado de Israel cuando me hicieron socia y la alegría y la libertad de ser judía se transmitía a través de un judaísmo en el que se celebra los shabatot, había cursos de historia sobre sionismo que completaban los testimonios de nuestros padres y familiares con sus  historias personales.

Hebraica fue para nosotros un lugar de aprendizaje, de contención y de realidad política de turno. Por las calles de mi barrio desfilaba el gobierno que movilizaba multitudes que ya mis padres habían pasado y nos advertían sobre el totalitarismo y debo decir que en Hebraica consolidé el concepto de democracia para ser una judía  y argentina plena. Y fue en Hebraica  donde consolidé la amistad de los que hasta hoy siguen siendo mis amigos. Los que ya no están siguen estando en mi corazón por lo compartido, con otros hubo distanciamiento por cosas del destino,  pero todos al reencontrarnos a pesar del paso del tiempo nos reconocemos porque tenemos cara de carnet de Hebraica.

Para mí fue un orgullo haber sido por dos periodos secretaria de  cultura y seguir colaborando.

Hebraica es un mundo dentro del mundo.

¡FELIZ 100 AÑOS HEBRAICA!

Por Martha Wolff.

7 COMENTARIOS

  1. Comparto con Martha cada palabra de su texto. Viví en ellos cada momento de mi infancia y primera adolescencia. Fuera de ese edificio hay también recuerdos como el bar de Eloy y los pletzalaj y licuados después de la pileta o el bar de la esquina de Uriburu donde se juntaban los mayorcitos. Recuerdo que allí se juntaba mi primo con su novia a los 14 años luego su esposa y madre de sus tres hijos
    Gracias Hebraica. Felices 100 años

  2. Felices 100 años hebraica! Yo iba a los bailes de los domingos a la tarde El locutor era leonardo simons! Q hermosa época!

  3. Memorias de Daniel H. Fruman
    En 1949, nuestros padres nos inscribieron a Beatriz y a mí en la Hebraica, una institución judía cultural y deportiva a la que asistíamos algunas tardes a la semana. Yo estaba en la sección de cadetes y Beatriz en la de menores. En cuanto a los deportes, aprendí a jugar al tenis de mesa, aunque no muy bien, y a nadar, y participé en algunas clases de educación física. Desde el punto de vista social, lo más difícil era ser aceptado en alguno de los muchos grupos de chicos y chicas que salían juntos, generalmente al cine, y que organizaban fiestas en sus casas los sábados por la tarde y luego por la noche. Fue en este ambiente donde surgieron relaciones, algunas más románticas que otras, algunas de las cuales, mucho después y tras muchos altibajos, culminaron en matrimonio. Eran tiempos de poca libertad sexual, y las muestras externas de estas relaciones eran el intercambio de pequeñas fotos de identificación, que los chicos más emprendedores coleccionaban y exhibían. Por supuesto, con el tiempo y el cambio de sección, los castos besos y caricias de los «cadetes» fueron reemplazados por las acciones más atrevidas de los «menores». Pero «esa es otra historia», como diría Rudyard Kipling.

  4. En 1949, nuestros padres nos inscribieron a Beatriz y a mí en la Hebraica, una institución judía cultural y deportiva a la que asistíamos algunas tardes a la semana. Yo estaba en la sección de cadetes y Beatriz en la de menores. En cuanto a los deportes, aprendí a jugar al tenis de mesa, aunque no muy bien, y a nadar, y participé en algunas clases de educación física. Desde el punto de vista social, lo más difícil era ser aceptado en alguno de los muchos grupos de chicos y chicas que salían juntos, generalmente al cine, y que organizaban fiestas en sus casas los sábados por la tarde y luego por la noche. Fue en este ambiente donde surgieron relaciones, algunas más románticas que otras, algunas de las cuales, mucho después y tras muchos altibajos, culminaron en matrimonio. Eran tiempos de poca libertad sexual, y las muestras externas de estas relaciones eran el intercambio de pequeñas fotos de identificación, que los chicos más emprendedores coleccionaban y exhibían. Por supuesto, con el tiempo y el cambio de sección, los castos besos y caricias de los «cadetes» fueron reemplazados por las acciones más atrevidas de los «menores». Pero «esa es otra historia», como diría Rudyard Kipling.

  5. Excelente pintura de una trayectoria. Cuantos recuerdos nos asoman!!!! Gracias marta.por saber ponerle palabras a los sentimientos

  6. Hermoso recuerdo. Me hicieron vitalicio cuando hubo una convocatoria de socios para el nuevo edificio. Mis viejos entendieron que había que colaborar. Una vida allí y grandes amigos de los grupos que aún nos seguimos encontrando y abrazando. Parejas, amores y desamores… La juventud!!! Y yo también iba a los bailes que animaba Leonardo Simons con todas las chicas rendidas a sus pies.Gracias

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