Poco más de una hora después, terminamos a tiempo toda mi agenda y viajamos al aeropuerto. Tomé mi valija y pregunté dónde debía dirigirme. Luego de pasar la puerta 6 y entrando en el salón principal, me sorprendió ver a dos personas correr hacia el lugar por donde recién yo había entrado. Luego fueron 10 y se empezó a transformar en multitud, y yo no entendía qué sucedía hasta que una mujer gritó: “¡Es un terremoto!”.

“¿Cómo un terremoto?”, pensé. “Si hace unas horas hicimos el simulacro. ¿Hoy? ¿Justo conmigo aquí?”. Mientras, me di vuelta y corrí con la multitud y mi equipaje. Antes de llegar a la puerta, de la que estaba a escasos 20 metros, no podía sostenerme derecho. Mi cuerpo se movía de 60 grados a la izquierda y a la derecha simultáneamente. No podía correr hacia delante porque me desviaba.

Como cliché de película, una mujer se torció el tobillo delante de mí y se cayó al piso cuando los demás corrían y podían atropellarla. Alguien la levantó. Yo seguí corriendo en ese primer piso mientras preguntaba si alguien sabía cuál era un lugar seguro.

Casi llegando a la rampa de descenso de autos, vi a un grupo de trabajadores de un local de comida abrazados alrededor de uno de los monolitos que impiden que los autos suban a la vereda. “Será eso un lugar seguro”, pensé, mientras advertía que el temblor había cesado.

Sin embargo, un tremendo rugido me quitó de mi pensamiento. Venía de abajo y justo en la calzada de la planta baja el asfalto se partió en dos, levantando una nube de polvo que no pude evitar respirar. Bajamos todos la rampa y luego de descender vi junto con otra gente que tenía rajaduras. Al llegar a campo abierto, toda la gente se iba sumando, la policía y las fuerzas de seguridad inmediatamente evacuaron la terminal.

Era la 1.20 de la tarde y el sol estaba muy fuerte, pero advertí que no podía ponerme bajo ningún árbol, poste o construcción, porque no eran seguros, especialmente si aparecía alguna réplica.

Vi a un joven que tenía su celular. Desde ya, no había conexión telefónica y no existía posibilidad de pagar por wifi ni accionar el roaming de mi celular. Todos mis intentos fallaban. Le pregunté si tenía WhatsApp y me dijo que de a ratos. Le pedí si podía intentar mensajear a mi familia para avisar solamente que estaba bien y que me comunicaría en cuanto tuviese novedades.

“Por supuesto”, me dijo. Pudimos hacerlo con mi hijo, quien inmediatamente comunicó a los demás y mantuvimos una serie de contactos periódicos. Escribí: “Soy papá. Me prestaron este celular para avisarles que estoy bien”.

Este joven, oriundo de Hermosillo, en el norte y casi en el límite con Estados Unidos, estaba tratando de llegar a su casa desde Medellín, donde fue a estudiar. Perdió un vuelo el día anterior porque el aeropuerto de Panamá no tuvo electricidad y ahora estaba varado.

Mientras yo no paraba de toser por el polvo que tragué, Daniel, así se llama, dudaba si subirse a un ómnibus que fuera hacia el centro o quedarse. Inmediatamente sugerí que lo más seguro era no movernos de ahí. El camino hacia el centro está lleno de puentes, túneles y autopistas que pueden colapsar.

 

Justo cuando recibió un llamado de sus padres, Daniel se mostró seguro con los argumentos que yo le daba. Con un poco de vergüenza, le dijo a su padre que una persona mayor estaba a su lado y que nos estábamos cuidando mutuamente. Daniel me contó que tiene novia, quien le decía que parecía destinado a no llegar a su casa, y que yo tenía aproximadamente la edad de sus padres. Claramente, Daniel tiene la edad de mis hijos. Yo sugerí cubrirnos la cabeza. Él buscó agua para ambos. Extrañas relaciones genera uno en momentos de dificultad.

Comenzaban a llegar las noticias sobre la magnitud del sismo, el epicentro, gente que lloraba o gritaba y todos tratábamos de tranquilizar, sin estar nada tranquilos. Al rato noté que podía respirar bien.

Mi familia me preguntaba qué iba a hacer y les expliqué que, aunque tuviese que pasar la noche en ese lugar al aire libre, lo haría porque era lo más seguro. Notamos que inmediatamente llegaron los de mantenimiento y comenzaron a arreglar la grieta, a inspeccionar el aeropuerto y a trabajar para habilitarlo cuanto antes.

De pronto, nos dimos cuenta de que no sólo empezaron a funcionar los teléfonos, sino que también habilitaron wifi sin restricciones. Comenzaron a llegarme mensajes de gente que se preocupaba por mí. Y se activó uno de esos grupos de WhatsApp que nos resultan significativos, el de mis amigos del secundario, que tal como lleva su nombre somos “Más unidos que en el aula”. Una de mis compañeras, “la Profe”, me hizo pensar que efectivamente este Rosh Hashaná de veras será un año nuevo. Como dice la frase hecha, casi: “Año nuevo, vida nueva”. Literalmente.

Lo demás es anécdota. Salí a las 21.15 rumbo a Panamá, donde pasé la noche. Cuando me levanté, hablé con mi familia. Les dije que no esperaba otra cosa que abrazarlos fuerte. Cuando corté la comunicación, lloré.

Pero termino de escribir esto en el avión, a menos de dos horas de llegar. A casa, a ellos, a la vida, a un verdadero año nuevo.

Fuente: Infobae.com- Nota escrita por Ariel Gelblung, director para América Latina del Centro Simón Wisenthal.

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