Un pueblo que expresa una y otra vez la sumisión constituyente al orden de la ley y el respeto a la Palabra bíblica, no puede ser sino objeto de fuertes persecuciones.
La permanente fidelidad de los judíos al mensaje de redención que anuncian las escrituras, genera el odio visceral de aquellos que sostienen ideologías asentadas esencialmente en el desprecio a la legalidad simbólica.
Se ha establecido así una intensa confrontación entre las corrientes neopaganas – que descreen de la Palabra y exaltan la violencia del instinto- y el pueblo del Libro, que ha elevado a éste como su causa.
De modo que los judíos denuncian – con su devoción a la letra y los mandamientos – la inconsecuencia de las masas embrutecidas que sólo pretenden la satisfacción de sus instintos más elementales.
El “progreso en la espiritualidad” que significó el monoteísmo judaico, padeció reiteradas recaídas en su devenir, producto del odio que despierta el pueblo que encarna el mensaje de la Ley escrita.
Se entiende entonces, que todas las políticas antijudías comienzan con los ataques a los libros, tal como como lo patentiza al extremo la quema de los mismos durante el nazismo.
No debe extrañar pues, la persistencia a través de todas las culturas y todos los tiempos, del rechazo a la escritura, dado que siempre anidan en los seres humanos fuertes corrientes narcisistas, que sólo apetecen el goce y siempre rechazan el Pacto con la Palabra, que impone la renuncia a los instintos y a los caprichos egocéntricos.
La profanación de decenas de ejemplares del Diario de Ana Frank en Japón durante las últimas semanas, nos alerta sobre la perdurabilidad del odio antijudío, pronto a renacer una y otra vez.
Este violento acto deviene no sólo en un ataque al judaísmo, sino que simboliza una advertencia de los siniestros mensajeros de la muerte, que ni siquiera vacilan en destruir el conmovedor y entrañable testimonio escrito de una niña judía, que sólo deseó vivir y amar.
Finalmente, los que destruyen el libro de Ana Frank, están gobernados por las mismas pasiones brutales de aquellos, que sin piedad, condujeron a un millón y medio de niños judíos a las cámaras de gas.



