La ultraderecha europea alcanza un peligroso logro: la «normalización»

El avance del Frente Nacional en Francia y de otros partidos similares en el resto de la UE es recibido con calma a pesar de que ellos son movimientos xenófobos y racistas.

La verdadera victoria del Frente Nacional (FN) en las elecciones municipales francesas del domingo pasado no es haber obtenido un número inesperado de votos en centenares de comunas: es haber dejado de provocar miedo. Nunca en la historia de la Francia moderna, un triunfo de ese partido de extrema derecha, xenófobo y racista, fue recibido con semejante calma.

Su líder, Marine Le Pen, quería «desdiabolizar» la herencia política de su padre y lo consiguió. Quería que sus partidarios dejaran de ser vistos como adherentes a una secta o un grupúsculo impresentable y el FN se ha vuelto un partido «como los demás». «Nos hemos transformado en un partido de gobierno», afirmó el domingo pasado, después de la primera vuelta. En otras palabras, el Frente ingresó en la legitimidad republicana francesa.

Pero si un tercio de los franceses declara actualmente adherir a las ideas del FN, el resto de Europa no está mejor. En las elecciones europeas de junio de 2009, la extrema derecha obtuvo un score de dos dígitos en siete Estados miembros de la Unión Europea (Holanda, Bélgica, Dinamarca, Hungría, Austria, Bulgaria e Italia), y entre 5% y 10% en otros seis países (Finlandia, Rumania, Grecia, Francia, Gran Bretaña y Eslovaquia). Se podría agregar un sensible avance en Suecia en 2010 (5,7%).

En resumen, después de un notable aumento en ciertos países en los años 80 -como en Francia-, el último período está marcado por una generalización de la implantación de la extrema derecha en Europa. Una tendencia que se caracteriza por una inquietante banalización.

En varios países, esa «normalización» le permite participar en el gobierno e instalarse así en el aparato estatal. Esa tendencia también constituye una presión sobre los partidos de derecha democráticos, parte de los cuales se muestra receptiva a sus ideas, como en el caso de Francia. Al igual que en Francia, en numerosos países muchos militantes de extrema izquierda giran hacia la extrema derecha para expresar su voto de protesta.

Hace tiempo que los institutos de sondeo identificaron el perfil de los electores de extrema derecha. Se trata en su mayoría de hombres, de clase media, con frecuencia poco educados y en situación precaria. Son presas perfectas del eterno discurso extremista: «Si usted está sin trabajo, no es su culpa, tampoco es un problema coyuntural… Es porque alguien ocupa su lugar».

Esos discursos simplificadores y emocionales denigran ciertas categorías de la población en beneficio de otras y crean un clima de miedo, celos y resentimientos. Es verdad, no todos los partidos de extrema derecha son iguales. Pero, con matices, las ideas que defienden son las mismas.

DISCURSO POPULISTA

Todos coinciden en un discurso populista que propone soluciones simples -en apariencia- y casi siempre en contradicción con los derechos humanos y las libertades democráticas. El 24 de noviembre de 2013, Marian Kotleba fue, por ejemplo, elegido con más del 55% de los votos como gobernador de la región de Banska Bystrica (centro de Eslovaquia). Ex maestro de 36 años, Kotleba manifiesta cada vez que puede sus sentimientos antieuropeos.

Habla de la OTAN como de una organización «terrorista». Hizo su campaña «contra el establishment político europeo «corrupto e incompetente»» y contra los gitanos, a los que califica de «parásitos». El nuevo gobernador es un admirador del ex presidente eslovaco Josef Tiso, que aceptó enviar a decenas de miles de judíos a los campos de la muerte, cuando su país era un Estado fantoche bajo el control de la Alemania nazi.

«Su xenofobia antigitana y su antisemitismo son los motores de su carrera política», afirma Stéphane François, politólogo e investigador del Grupo Sociedades, Religiones, Laicismo (GSRL).

Simultáneamente, una parte de la extrema derecha europea, que se proclama «patriótica», decidió unir sus fuerzas para las elecciones europeas de mayo próximo. Su objeto: volver a poner el Viejo Continente «en el buen camino», explicó hace pocos meses el populista Heinz-Christian Strache, líder del partido austríaco FPO, que en 1999 llegó al poder bajo la conducción del polémico Jörg Haider. Ese episodio, en definitiva, fue el que marcó el comienzo de la banalización de la extrema derecha que, en 15 años, se extendió por todo el continente.

Representantes del FN francés, la italiana Liga del Norte, los Demócratas suecos, el belga Vlaams Belang y del SNS eslovaco (diferente del partido de Kloteba) se reunieron el 15 de noviembre en Viena para analizar esa alianza. Faltaba el partido holandés PVV, de Geert Wilders, que vio dos días después a Marine Le Pen en una reunión calificada de «histórica».

Ese proyecto de alianza defiende «el retorno a las monedas nacionales y mantenimiento de la soberanía nacional contra el centralismo de Bruselas» y una «conservación de las identidades culturales de los pueblos del continente, contra la inmigración masiva y la islamización», según anunció el líder del FPO, que insistió sobre los orígenes cristianos del Viejo Continente.

De manera general, «una mayoría de los Estados europeos, dentro y fuera de la UE, cuenta con componentes de extrema derecha o populista en sus representaciones locales o nacionales», afirma la especialista británica Pippa Norris.

LAS ELECCIONES DE HOY

Hoy, Francia se apresta a votar en la segunda vuelta de las elecciones municipales. Como el domingo pasado, es probable que los franceses acojan los resultados del FN sin una pena ni un entusiasmo particular. Para los verdaderos demócratas, esa indiferencia significa un auténtico drama. «Lo peor sería que Marine Le Pen consiga dejar de ser un enemigo para convertirse en simple adversario», afirmó esta semana Jean Daniel, el fundador del semanario Nouvel Observateur.

«No se trata de propiciar la mínima violencia contra el FN -agregó-, sino de no dejarlo ser lo que es, pues la indigencia moral de su programa es portadora de todas las violencias del fracaso». (Por Luisa Corradini | LA NACIÓN)

DEJAR UN COMENTARIO

Please enter your comment!
Please enter your name here