La judería de Hervás (Cáceres): Historia de una invención por Marciano Martín Manuel – 2° parte

Al contrario de lo que manifestaron los judíos askenazíes asimilados en la cultura europea, de cuya honra judía hacían gala en sus composiciones artísticas, como los cristianos nuevos hervasenses en el Renacimiento, los mercaderes de la Ilustración, preclaros disidentes del mosaísmo, habían borrado la huella que delataba su vínculo cultural con la religión de Jacob. Los mercaderes asimilaron sin ningún remordimiento de conciencia los sacramentos y mandamientos de Dios y de su Iglesia, confesaban y comulgaban por Pascua, casi todas las familias tenían en sus hogares uno o dos sacerdotes, y morían como cristianos. Culminada la integración en la jerarquía política (Ayuntamiento), en el estado religioso (cabildos eclesiásticos, parroquias, conventos, monasterios y ermitas), en la sociedad civil (cofradías) y en la gastronomía (dietética porcina), los mercaderes cristianizaron su sangre judía por vía marital con familias nobiliarias, como los Loaysa, de Trujillo, y los Quiñones, y los Arce y Soto, de León, y se erigieron en la burguesía acomodada del siglo XVIII. Sin embargo, su irreprochable conducta cristiana, su comunión con la moralidad de la doctrina católica, no era suficiente para la sociedad cristianovieja. A la comunidad mercader le faltaba por escalar el último peldaño de la asimilación que le hiciera acreedor del lábaro del cristianismo. Al mercader le quedaba por asimilar los valores sustanciales de la cultura y del pensamiento de la sociedad extremeña del Barroco y de la Ilustración: la conducta antisemita. Los descendientes de judíos, vecinos del barrio de Arriba, profesaron sin ambages la doctrina antisemítica, si cabe, con mayor profesión de fe que los cristianos viejos antisemitas del barrio de Abajo. En las fundaciones de las capellanías de misas, los mercaderes exigieron que los curas capellanes fuesen personas de crédito, limpias «de la mala raza de judío, moro y de los nuevamente convertidos a la santa fe católica». Este, y no otro, eran los frutos inmanentes de la edad conflictiva del barroco. Esta y no otra era realidad histórica de la trágica asimilación judía.

Los mercaderes asimilados contribuyeron a la consolidación de la fe de Cristo en Hervás y en las naciones allende los mares. El canónigo mercader don Francisco Sánchez Zúñiga alcanzó el grado de chantre en la catedral de Plasencia y fundó la Escuela de Cristo en la iglesia parroquial en 1730, hoy, baptisterio. El mercader don Gerónimo Sánchez ocupó el cargo de cura rector de Santa María y de comisario del Santo Oficio, y mandó dorar a sus expensas el retablo del altar mayor que, ironías de la historia, acabaría calcinado por los republicanos anticlericales, anarquistas y socialistas, muchos de los cuales vivían en el barrio de Abajo. Otros sacerdotes mercaderes, y en menor consideración cristianos viejos, dirigieron sus pasos hacia la evangelización cristiana de las Indias Occidentales y las Islas Filipinas, como misioneros predicadores, con la labor de convertir infieles a la fe de Cristo. La redención del descendiente de judío en el dogma católico se había consumado.

La estigmatización judaica del barrio de Arriba se diluyó parcialmente en la memoria popular cristiana. Y digo parcialmente porque en la memoria oral de los vecinos del barrio de Abajo siguió latiendo tenuemente el antisemitismo. Un antisemitismo acicalado con el terciopelo de las palabras transmitido de generación en generación hasta el siglo XX. En mi adolescencia, en los estertores de la Hervás franquista, cada vez que la pandilla de amigo, vecinos del barrio alto, nos adentrábamos en el barrio de Abajo en busca de hermosas doncellas, nos asaltaban las madres guardianas amedrentándonos como si fuéramos el lobo feroz: «¿No estáis “mu” bajero?». Tras consagrarme a la investigación de la historia judía discurrí lo que encerraba la palabra «bajero». En la conciencia social quedó impresa la animadversión hacia todo lo que proyectase la más leve sombra o sospecha de judaísmo. Era notoria la fobia obsesiva, el odio visceral, las actitudes de intolerancia hacia el judío, hacia el judío imaginario, porque hacía quinientos años que no moraba un solo judío en Hervás y en las calles hablábamos del judío como si compartiese las tradiciones, ritos y costumbres locales.

3. SEGUNDO TRANCO. LA FALSIFICACIÓN DE LA JUDERÍA

Tras la asimilación de los mercaderes en el dogma del cristianismo, Hervás cayó en un estado amnésico, como es ley en la historia de todas las culturas y civilizaciones. Víctima del síndrome de Korsakoff, sobrevino el deterioro de la memoria judía y el lugareño perdió la rosa de los vientos. La clase política y los fabuladores del lugar cubrieron las lagunas de la historia con un rosario de invenciones, con el judío imaginario como protagonista estelar. El retrato cruel y grotesco del judío fabulesco, fruto de la incultura popular de la época y del desconocimiento de la Historia, originó en la sociedad xenófoba un corpus extraordinario de fábulas milesias, semillero de la invención de la historia judía, objetivo del segundo tranco.

3. 1. La visión del judío en la historiografía extremeña de finales del XIX

Los libros de los viajeros, manuales de Historia y cronicones religiosos del siglo XVIII desconocían la historia judía. Antonio Ponz, el hervasense Pedro de Aguilar y el italiano Antonio Conca ignoraron en sus textos la existencia de la judería. Señalaron como focos de interés histórico–artístico el convento de los religiosos trinitarios descalzos, la iglesia de Santa María, la enfermería franciscana –hoy, Ayuntamiento–, y la fábrica de tejidos, hoy desaparecida. Tampoco he hallado referencias históricas, tradiciones orales, leyendas hebraicas ni atisbos de invenciones en ninguna de las descripciones históricas y literarias de los cronistas y viajeros del siglo XIX, como Antonio de Laborde, la Sociedad de Literatos, Nicolás Díaz y Pérez, Pablo Riera y Sans y Juan Mariana y Sanz.

El proceso fabulador de la tradición histórico–cultural judía cobró alas en la región extremeña en el último tercio del siglo XIX. En la época comprendida entre «la Gloriosa» y la Primera República (1868–1874), la perspectiva del judío imaginario navegaba en las procelosas aguas del antisemitismo histórico, con el notario Romualdo Martín Santibáñez como comandante del barco, con su opúsculo Historia de la Santa Cruz del Casar de Palomero (1870). Martín Santibáñez se alineó con la literatura apologética antisemita de fray Francisco de Torrejoncillo, Centinela contra judíos, (1673), que daba pábulo a la leyenda que atribuía el apedreamiento por los judíos de Casar de Palomero a la cruz de madera del puerto del Gamo, propagada en la región por los círculos religiosos y sociales desde los primeros tiempos del renacimiento. El notario mantenía vigente la imagen abyecta del judío deicida con la proyección inveterada del odio a los judíos. Sus disparatadas teorías recibieron las felicitaciones de Vicente Barrantes (Aparato Bibliográfico para la Historia de Extremadura, I, Madrid 1875) «por la exactitud y riqueza de sus datos y la verdad de sus descripciones, que anulan todas las fábulas difundidas hasta ahora sobre Las Hurdes». En un nuevo alarde de fantasía, Romualdo Martín Santibáñez (Las Jurdes: un mundo desconocido en la provincia de Extremadura (1876), vinculó el asentamiento de las comunidades judías en la comarca de Las Hurdes con los judíos deportados de Jerusalén por el emperador Vespasiano a Mérida, los cuales se refugiaron en la comarca tras el edicto expulsorio de 1492, cuya idea repescará poco después Vicente Paredes.

En las antípodas de la fábula histórico-literaria irradia la ciencia de don Anselmo Arenas López, una isla de lucidez en el maremágnum judeófobo extremeño. Desempeñó la cátedra de Historia en el Instituto de Badajoz, de 1877 a 1892. En libro de texto Curso de Historia de España (1881), el autor se alineó con las ideas progresistas de su tiempo y el revisionismo histórico. Abordó el tema de la expulsión de los judíos como una imposición de la confesionalidad cristiana de los Reyes Católicos, e imputó al Consejo de la Suprema Inquisición el fenecimiento del desarrollo intelectual y creativo en la península. En la misma línea se situaba el chantre de la catedral de Plasencia, el erudito don José Benavides Checa, con su riguroso volumen Prelados placentinos. Notas para sus biografías y para la Historia documental de la Santa Iglesia Catedral y ciudad de Plasencia(1907).

3. 2. La regencia de María Cristian: el gueto, el centinela y el fetor judaico

Durante la regencia de María Cristina (1885–1902), las obras de divulgación histórica y de creación literaria ofrecieron una imagen distorsionada del judío. El romanticismo apenas refrescó los mordaces salones de la encorsetada imagen del judío extremeño. Las Historias locales, ayunas de un consistente soporte científico, vararon en los tópicos del antisemitismo histórico–religioso de Romualdo Martín Santibáñez y el seudocientifismo de Publio Hurtado. Las aventuradas propuestas de Vicente Paredes (Origen del nombre de Extremadura, el de los antiguos y modernos, de sus comarcas, ciudades, villas, pueblos y ríos: situación de sus antiguas poblaciones y caminos, 1886), donde no faltaron los tradicionales resabios antijudaicos, contribuyeron al desarrollo del judío imaginario jurdano, aún cuando la archivística no ofrecía ningún dato veraz sobre la presencia hebrea en la comarca. Refiere Vicente Paredes que los judíos se refugiaron en Las Hurdes tras el edicto expulsorio y ocultaron el tesoro del rey Salomón que se habían traído de Jerusalén. Su tesis encontraría eco en Publio Hurtado (Supersticiones populares, 1902), cuyo autor se hizo eco del mito del judío errante y de la figura del judío usurero, a la vez que justificaba la instauración de un tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en La Puebla y el monasterio de Guadalupe. Sus postulados inspirarían someramente la narrativa teosófica de Mario Roso de Luna analizada en mi ensayo «La teosofía cabalística de Roso de Luna» (Clarín. Revista de Nueva Literatura, año XV, núm. 93, mayo–junio 2011, pp. 3–7).

Hervás no fue una excepción. Imbuido por el espíritu posromántico costumbrista y el movimiento regionalista de ámbito cultural, los noveladores de la historia hendieron la torva reja del arado en la parva de las ficciones y sembraron la historia judía con la herrumbre de las invenciones, que fructificaron como granos de mostaza. El maestro de la escuela unitaria de niños don Agustín Manzano Calzado recogió las primeras fantasías sobre el pasado judío en 1886. De la literatura proverbial espigó el vejamen antijudío: «En Hervás, judíos los más». Un lábaro antisemita que hoy enarbola la población como estandarte de su filojudaísmo turístico.

Asimismo, el maestro de niños esbozó el cliché atávico de un gueto judío segregado de los cristianos: «Desde el castillo parte otra calle que separa el pueblo en dos mitades, nueva y vieja, y a la parte opuesta una plazoleta llamada Cantón de Centiñera, donde es creíble hubiese un centinela, que en unión del que habría en el castillo, estuviesen destinados a impedir el trato de los judíos con los cristianos». El relato del gueto ficticio emanaba del tópico de los judíos y cristianos divididos en dos barrios enemigos enfrentados por odios seculares, aversiones manifiestas y venganzas religiosas. Cobraría nueva forma con la interpolación del centinela apostado en el cantón de la calle Centiñera que vigila, que «ve de lejos», a los judíos, de ahí que la calle inmediata a Centiñera se llame Vedelejos.

El poder de seducción del judío imaginario actuó en la memoria de los viajeros como un eficaz psicotrópico con distintas percepciones. Vicente Paredes transmitió su peculiar mirada judeófoba en 1907: «Estuve en el barrio del Ravilero (sic) y en la calle de la Sinagoga, cuyos nombres indican que pertenecía este barrio a los judíos, el cual es muy interesante para conocer cómo eran las casas que decía el historiador de los RRCC Bernáldes (sic), que olían a judío como ellos, porque sus alimentos sin grasa les daba un olor repugnante que transmitían a sus viviendas». El olor judaico que Vicente Paredes percibió en las casas del Rabilero emparentaba con el fetor iudaicus que el doctor Punch Costello diagnosticó en la orina de Bloom narrado por Joyce en Ulises.

La invención de la tradición judía prosiguió en la España franquista. Hechizado por la imagen romántica de la judería y el mito del centinela, Camilo José Cela pinceló sus peculiares impresiones en el reportaje periodístico «Del tranco del diablo a la judería de Hervás» (1951): «En la ciudad de abajo, más allá de la Puerta del Centinela, los niños de la Judería saltan, igual que núbiles bestezuelas, recortando sus renegridas y panzudas figurillas sobre el severo y nutricio verde del bosque que, quizá por umbrío, llaman Gallego». Elisa Carolina de Santos Canalejo (La historia medieval de Plasencia y su entorno geo–histórico: la sierra de Béjar y la sierra de Gredos, Cáceres 1986, p. 532) confirió veracidad documental a la rocambolesca fábula del centinela y del gueto judío de Vicente Paredes: «Los judíos de Hervás, aldea de Béjar fueron apartados del trato con los cristianos poniendo un centinela en el castillo y otro en la plaza opuesta a él». La lírica descriptiva del fértil imaginario judío ha dejado en mantillas la estética surrealista de Buñuel, Dalí y Tzara.

3. 3. La Extremadura franquista: el apólogo del machón y la conversión de los judíos

Los noveladores de la tradición judía no dieron tregua a las invenciones y ensombrecieron el mirador de la historia con recreaciones fabulescas. Alonso Sánchez mandó labrar una escultura sepulcral yaciente de granito ataviado con su armadura de caballero y con perros alanos a finales del siglo XIV. Su lápida sepulcral, conocida como el Machón, se instaló en el interior de la iglesia de Santa María, trasladada al pretil del puente de la Fuente Chiquita durante las reformas del siglo XVIII o XIX. En la España de la apertura franquista, los artificios literarios de corte judaico impregnaron con su dúctil verbo la efigie yaciente del caballero cristiano. El rapsoda Emilio González de Hervás, en su romance «Canto al amor verdadero»,ubicó la efigie fúnebre del Machón en el pretil del puente como testimonio de la conversión sincera de la comunidad judía en el fielato del dogma del cristianismo. El referente literario se convirtió en la pluma de Miguel Muñoz de San Pedro (Extremadura (la tierra en la que nacían los dioses, Madrid 1961, p. 124) en un hecho histórico veraz: «De algún templo vino este adorno, que el pueblo liga a una vieja leyenda, relacionada con la conversión al cristianismo de la colonia judía».

En Hervás no hay fronteras perceptibles entre Historia y Literatura. El rigor histórico y la literatura turística, la realidad y la ficción, la ciencia y la fantasmagoría, son una misma (in)disciplina. Que en los trabajos de investigación de Elisa Carolina de Santos Canalejo y de Miguel Muñoz de San Pedro se aprecien las interferencias de los excogitadores del pasado judaico, nos ayuda a entender el poder de seducción y la permeabilidad de las invenciones. Hervás, militante activo del bovarismo, incorporó al acervo popular la narrativa literaria del Machón, y lo asimiló en su repertorio como historia verídica, de la cual se hizo eco Juan García Atienza (Guía judía de España, Madrid 1978, p. 174): «Representa un caballero con armadura y el recuerdo del pueblo le atribuye la legendaria conversión en masa de los judíos de la localidad».

3. 4. De cómo el Estado circuncidó el barrio cristiano de Abajo en judería

Ante la importancia que adquirieron las leyendas judeófobas en la nación, y especialmente su barrio judío, debido a la agresiva campaña de promoción en prensa por el Ilustre Ayuntamiento, el consistorio decidió delimitar el marco de la judería para dar acomodo al judío fabuloso. En el estío de 1966, la clase política tomó conciencia del «tesoro histórico–artístico que representa el barrio bajo o barrio judío de esta villa», como empezaron a intitular al barrio de Abajo, y tramitó la declaración oficial como conjunto histórico–artístico en la Real Academia de la Historia, con la siguiente reseña: «Barrio Judío. De época medieval, visitado constantemente por nacionales y extranjeros. Se halla situado en la parta baja del pueblo, a la orilla del río Ambroz. Es curioso y pintoresco por su gran número de casas de dos pisos, la mayoría saledizos en el primero y aleros prolongados en el tejado. Los muros son de adobes o barro sin cocer y entramado con madera de castaño, que parece incorruptible por los siglos que por ella han pasado sin apenas deterioro. El barrio ha sufrido escasas consideraciones; siguen con sus nombres las calles de la Sinagoga, en la que estaba su templo, y la del Rabilero, donde habitó el Rabino». Pese a las incoherencias históricas, el Estado entronizó el barrio labrador de Abajo como judería, en el BOE número 53 de 3 de marzo de 1969. Un nuevo ciclo se abría en la memoria colectiva oral. El Ayuntamiento y los lugareños modificaron la etiqueta de «Barrio de Abajo» por la de «Judería», consolidada en la memoria oral y guías turísticas.

3. 5. La Transición española y la Red de Juderías «Caminos de Sefarad»

Tras el ingreso de Hervás en la Red de Juderías «Caminos de Sefarad» en 1996, la judería imaginaria alcanzó el rango de VIP de la historia del judaísmo español codeándose con las ciudades de Ávila, Córdoba, Gerona, Palma de Mallorca, Segovia, Sevilla, Toledo y Tudela. En lugar de eliminar las fabulaciones antisemitas que tan flaco favor están haciendo a la historia, y de circunscribir el marco de la judería únicamente a la calle del Rabilero, el Ayuntamiento decidió judaizar siete calles del barrio de Arriba incrustando la estrella de David en los rótulos del callejero. De esta manera, la Plaza de la Corredera y las calles Asensio Neila, Vedelejos, Centiñera, Convento, Pizarro y Relator González (como se aprecia en la fotografía), se han agregado al judaísmo turístico.

¿Qué ofrece Hervás como atractivo a sus honorables visitantes, al margen de su judería mitológica, calificada sin rubor por los políticos locales, a rebufo de las promociones comerciales, como la judería (imaginaria) mejor conservada de España? Aparte del mercadillo bufo de «Los Conversos», más próximo al carnaval de Purim que a historia, la Hervás de los «Caminos de Sefarad» nada tiene que envidiar a personajes ilustres de la talla del naguid Ibn Nagrella, del cabalista don Moisés de León, del astrónomo Abraham Zacuto, del poeta y maestro talmúdico don Isaac al–Baliah, del historiador Abraham Ibn Daud, o del viajero Benjamín de Tudela. En la Hervás de los «Caminos de Sefarad» ha nacido una egregia figura que rebasa en sabiduría, esplendor, ciencia, erudición, estudios talmúdicos, pensamiento, mística, filosofía, cartografía, raciocinio, arte e historia, a todos los autores judíos que figuran con bordado de oro en la Enciclopedia Judaica: la judía Maruxa.

3. 6. La Alianza de Civilizaciones y la judía Maruxa

En el lenguaje coloquial de la Hervás de los años 40 del siglo XX, «la maruja» era la onomatopeya del sonido generado por el viento invernal proveniente de Pinajarro. Otros autores prefieren el étimo gallego Maruxa. El fenómeno atmosférico sirvió como decorado narrativo a varios cuentecillos populares editados en la Revista de Ferias y Fiestas de 1951.

En «La leyenda de la Fuente Chiquita», creación literaria de Miguel Álvarez Encina, «la maruja» es la metáfora de la princesa romana Clodia que desciende rumorosa por el cauce del Ambroz. En el cuentecillo de la reina Violante, de José Sánchez Matas, es el sonido producido por el viento invernal en la campana de la chimenea. La Maruxa cobró un giro espectacular en el apólogo «Amor y sangre en la judería» (Leyendas extremeñas, León 1987), de don José Sendín Blázquez, que se inspiró en «Canto al amor verdadero», de Emilio González de Hervás. En la versión de Sendín Blázquez, Julián es un cristiano viejo que moraba en el barrio de Arriba y el rabino Ismael, «hombre soberbio poseído de su cargo e influencia, intransigente, fanático, que sostenía a pulso el poderío de la grandeza de su raza», vivía en el barrio de Abajo. «Maruja o Maruxa» y Julián se comían los ojos de amor. Una noche «los sicarios del rabino» apuñalaron a los enamorados en la Fuente Chiquita y Maruja fue inhumada a la vera del Ambroz. Desde entonces, «en determinados días, sobre todo de invierno, baja desde el Pinajarro un vientecillo fresco, salpicado de lágrimas, que produce un extraño rumor como de alguien que llora. Los lugareños lo llaman “el quejío”, equivalente a grito o suspiro, y dicen que son los suspiros de Julián y de la Maruja que recuerda a toda la villa el incomprensible martirio de la pareja de enamorados».

La fantasía de la judía Maruxa cobró nuevo diseño con Carlos Aganzo (Por los caminos de Sefarad, Turesepaña 2007). El romance, presentado como un hecho histórico veraz, se intitulaba «la judía errante», y lo reeditó en Rutas por las juderías de España (El País, Aguilar, Madrid 2008, pp. 142–151), con este formato: «La historia de la Maruxa o de la judía errante forma parte también de las tradiciones más arraigadas en la villa. No faltan vecinos que, en sus paseos nocturnos junto a la fuente Chiquita, afirman haber oído en alguna ocasión el quejido lastimero de aquella joven judía que, enamorada de un galán cristiano, le protegió con su cuerpo y encontró la muerte junto a él cuando su padre mandó a un grupo de sicarios a que acabaran con su vida; enterrada en un lugar secreto junto al río Ambroz, lejos del cementerio, la Maruxa sólo se aparece para prevenir de alguna desgracia». De esta manera, el onomatopéyico viento de «la maruja» ha mudado en el epopeyico lamento de la judía Maruxa; y la Fuente Chiquita (que muestra la fotografía), en la flor y nata del patrimonio cultural, cuya visita está recomendada por la Red de Juderías «Caminos de Sefarad»[2]}

La fábula judaica ha explorado nuevos caminos en la ficción teatral. Miguel Murillo ha dado vida al imaginario judío en la tragicomedia La estrella de Hervás, representada en la explanada de las traseras de la calle del Vado, a la vera de la Fuente Chiquita, durante la fiesta de «Los Conversos» de 2008–2012. Maruja, Baruch, Esther, Sara y los cristianos Maricuera, Labán, Gil el condenado y Álvaro han cobrado vida en el escenario de la Fuente Chiquita como emblemas de las raíces judías de Hervás. Las ideologías, como la política, hacen extraños compañeros de cama. Miguel Murillo, imbuido por el espíritu conciliador de la Alianza de Civilizaciones de Rodríguez Zapatero, ha cargado la autoría del crimen judío sobre la conciencia del cristiano viejo Gil el Condenado, rebasando con su sugestiva propuesta teatral la bonhomía del católico conservador don José López Prudencio. En el teatro profano de la Alianza de las Civilizaciones, en el teatro profano de la Fuente Chiquita, es el labrador, el cristiano viejo Gil el Condenado, el que vaga errante por el mundo cargando con la culpa del hermano judío.

(Fuente: CHDE Trujillo – Asociación Cultural Coloquios Históricos de Extremadura / ESefarad.com)

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