Quienes crecimos con los Rolling Stones y Pink Floyd, y bailamos, cantamos, aprendimos y nos inspiramos con sus canciones, nos vimos en un brete a la hora de tomar partido por Mick Jagger o Roger Waters, en el reciente debate que los puso en veredas enfrentadas.
El motivo fue el concierto que los Rollings dieron en Tel Aviv el pasado 4 de junio, duramente criticado por Waters, partidario de mantener el boicot de artistas hacia Israel por sus políticas hacia la población palestina, el muro de separación y las colonias judías en los territorios de Cisjordania. El tema central de “The Wall” de Pink Floyd es una de las canciones elegidas para denunciar la barrera de seguridad israelí, calificada de “muro del apartheid” por los palestinos.
Waters exhortó a otros músicos a no actuar en Israel, en nombre de la organización BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones). “Tocar en Israel en este momento -dijo- es el equivalente moral de tocar en la Sudáfrica del apartheid”. Los críticos de estas iniciativas señalan que lo que hacen en realidad es favorecer a los sectores más intransigentes y a los “halcones” de adentro y afuera, perjudicando a los sectores de la sociedad que más respaldan el proceso de paz. En tal sentido, el mensaje de los Stones para los judíos y árabes de Tel Aviv fue: “No siempre podemos tener lo que queremos, pero intentándolo alguna vez, podemos descubrir que tenemos lo que necesitamos”.
¿Puede un concierto de rock contribuir a un cambio de época conmoviendo a una sociedad, sacudiendo a los poderes beligerantes, aplacando los odios? Los ejemplos no faltan.
En tiempos de la guerra de Vietnam, Bob Dylan y John Lennon, en estrofas icónicas nos dijo que “la respuesta está soplando en el viento” e instaron a “darle una oportunidad a la paz”. Los argentinos lo vivimos cantando con León Gieco “Solo le pido a Dios” en plena guerra de las Malvinas. Años después, el propio Waters protagonizó la caída del Muro con un memorable concierto en Berlín. Decenas de miles de israelíes –judíos y árabes- lo habrán experimentado una vez más – la gran semilla que colocaron Daniel Barenboim y Edward Said con la Orquesta West-East Divan y la que acaba de dejar el Papa Francisco en el Muro de los Lamentos- cuando Mick Jagger hizo vibrar con su música los muros que separan a su país del mundo y a unos de otros dentro de su mismo territorio. (Clarín)


