El riesgo de saber cuándo entrar, pero no cuándo salir. Por Jana Beris

Luego de más de una semana en la que el gobierno de Benjamin Netanyahu dejaba bien en claro la cautela con que consideraba la posibilidad de un operativo terrestre contra Hamas en la Franja de Gaza, fueron los hechos en el terreno los que lo convencieron de concretarlo.

Primero, el rechazo por parte de Hamas del alto el fuego que Egipto había propuesto (que había sido aceptado por Israel). Luego, la actitud de fondo de Hamas en relación con los contactos diplomáticos en El Cairo destinados a conseguir una tregua, al negar cualquier fórmula que no incluyera la apertura de los pasajes fronterizos de Gaza con el exterior (Egipto especialmente) y el levantamiento del bloqueo.

Pero el detonante final fue el atentado fallido de una célula de 13 miembros de Hamas, que salió de un túnel cavado desde Gaza, contra el kibutz Sufa. La claridad con que Hamas envió su mensaje, al disparar no menos de 100 cohetes por día, y la amenaza tan palpable que se sintió ayer en Israel al ver las imágenes de los 13 islamistas saliendo del túnel convencieron a Netanyahu y a quienes lo apoyaban de abandonar la cautela.

En ese sentido, actuar por tierra amplía las posibilidades operativas y permite llegar a sitios a los que desde el aire es imposible, a menos que se decidiera no proteger a la población civil. También brinda un mayor margen de maniobra, tanto para destruir túneles -a los que primero hay que encontrar- como para llegar a las lanzaderas de cohetes escondidos entre la población civil, práctica muy conocida por las milicias de Hamas.

Por otro lado, la ofensiva por tierra pone en la línea de fuego a las tropas israelíes. En este escenario se sabe cuándo se entra, pero no necesariamente se puede vaticinar con certeza cómo se puede salir de la operación. La intención no es conquistar Gaza o volver a controlarla; tampoco derribar al gobierno de Hamas. El objetivo es “devolver el silencio y la seguridad a la ciudadanía de Israel”, como señaló el ejército, pero esta vez con el uso de herramientas que golpean con más fuerza a Hamas.

Con el ingreso terrestre se apuesta a un combate que no terminará con Hamas, pero que sí podría congelar por un tiempo sus deseos de volver a jugar con fuego.

El desafío es que Israel logre avanzar en el terreno, con muchos logros militares y la menor cantidad de bajas entre sus tropas y los civiles palestinos, manteniendo a su lado a su aliado árabe, Egipto, cuyo canciller dijo explícitamente que lo que sucede en Gaza es responsabilidad de Hamas. Esa alianza (cuya explicación radica en la visión egipcia de Hamas como otro brazo de los Hermanos Musulmanes, declarados “terroristas”) es un bien estratégico para Israel.

Mientras en el campo de batalla Israel combatirá sin ayuda, en el plano político, para conseguir una tregua prolongada en condiciones positivas, tendrá que asegurarse el apoyo de Egipto y de la Autoridad Nacional Palestina, de Mahmoud Abbas. Por eso, la cautela de Netanyahu en la esfera militar deberá ir acompañada de pasos sabios en el campo diplomático. (La Nación)

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