TEL AVIV.- «Los quiero, no los quiero; los quiero, no los quiero.» Así, deshojando margaritas sobre sus propios sentimientos hacia los palestinos, se debaten muchos israelíes dos semanas después de la guerra de Gaza. Y cuando el revólver aún echa humo por los 50 días de duelo sostenido contra el enemigo jurado de Hamas, con el nacionalismo a flor de piel, no es de extrañar que la balanza tienda a inclinarse por la segunda opción.
Más allá de la milicia fundamentalista, sobre la que no caben dudas ni contemplaciones, basta hablar del tema entre la gente para percibir los ánimos, entre resignados, confusos y exaltados, sobre cómo encaminar las relaciones con el grueso de los palestinos de Gaza y Cisjordania, y llegar a una salida razonable del conflicto que lleva más de seis décadas. Un proceso sobre el que no falta la autocrítica.
«Por más que te digan lo contrario, todo el mundo acá quiere la coexistencia. Eso no significa que vayamos a andar de la mano, pero podemos trabajar juntos por nuestros objetivos en común. Todos quieren darles de comer a sus hijos», dice a LA NACION un joven inmigrante israelí-norteamericano, Alex, que acaba de terminar el servicio militar, mientras espera a su novia en un banco de la plaza Yitzhak Rabin, en el centro de Tel Aviv.
Pero no, no todos quieren la coexistencia con el ánimo de justicia e igualdad que expone Alex con soltura. De hecho, Alex representa más bien a la izquierda israelí, en buena medida partidaria de darle a cada uno lo suyo. Una izquierda que hace rato que no logra vencer en las elecciones a la derecha del primer ministro Benjamin Netanyahu.
Como en una comedia de enredos, media hora después de que Alex se fue con su novia, se sienta en ese mismo banco de plaza una mujer de 32 años, René, con su perro caniche en brazos y con un discurso totalmente opuesto. Todo es posible en el arco político israelí.
René no demora en elaborar su respuesta sobre el asunto mientras se refugia del sol del mediodía bajo los árboles de la plaza, que no son muchos. La mayor parte de la plaza es una vasta superficie que suele ser punto de encuentro de manifestaciones políticas, como varias protestas contra la reciente guerra de Gaza, que nada pudieron contra el apoyo mayoritario de la sociedad a un operativo que dejó cerca de 2000 muertos.
«No te va a gustar lo que voy a decir», se ataja René. Para ella, todos los palestinos, los de Gaza, Cisjordania y la minoría que vive en Israel, deberían irse de una vez a los países vecinos y dejarle todo a Israel. «Bueno, que se quede un porcentaje bajo está bien», concede, como quien se apiada de alguien que quiere colarse a la fiesta.
«No funciona trabajar juntos. No funciona, no funcionó y no va a funcionar.» ¿Alguna duda? Uno no puede dejar de preguntarse cómo habría sido una discusión entre Alex y René.
René también tiene palabras para Barack Obama, una persona non grata para la extrema derecha israelí. Su gran pecado para ellos fue decir, durante un famoso discurso del año 2009, que los intereses de los palestinos debían ser escuchados. «Obama es otro palestino, no lo necesitamos», sentencia René.
En esta misma plaza asesinaron en 1995 al líder israelí que más avanzó en la paz con los palestinos, el primer ministro Yitzhak Rabin, en cuyo nombre se rebautizó el lugar. El lugar antes se llamaba Plaza de los Reyes de Israel, un nombre que remite al linaje judío y que nadie cambiaría a la ligera, lo que habla de la conmoción que causó su muerte.
A Rabin lo mató un extremista judío contrario a cualquier concesión a los palestinos, sobre el final de una manifestación en apoyo de los acuerdos de paz que había firmado dos años antes con Yasser Arafat.
Las posiciones extremas como las de René son minoritarias, aunque tienen una combativa representación en el Parlamento.
Muy distinto es lo que siente Avraham Schein, un poeta de 80 años y hablar pausado que en los viejos tiempos, difícil de imaginar, peleó en tres guerras seguidas: 1967, 1973 y 1982. «No soy soldado, soy poeta, quiero la paz. A mí me gustan los árabes, me gustan los judíos. Pero la paz no parece que estuviera en el ADN de los israelíes ni de los árabes -dice-. El problema entre nosotros no es la religión, sino la economía. Mientras persistan las diferencias económicas, van a seguir los problemas.»
Ya fuera de la plaza Rabin, mientras descansa en el quiosco de un amigo en diagonal a la plaza, un remisero de nombre Shahar dice de pronto que el conflicto «no le importa nada».
Y si Avraham es poeta, a Shahar le gustan los cuentos: «La otra vez conocí a un tipo que me dijo: «Dejemos que los árabes se queden con los territorios». Era un tipo al parecer muy abierto. Pero ese mismo día va y se pelea con el vecino. ¿Te das cuenta? ¿Cómo puede negociar la paz alguien que no sabe ni llevarse con su vecino?».
(Fuente: Lanación.com.ar)


