La verdadera guerra dentro del mundo musulmán. Por Sergio Romano

ROMA.- Después de haber llorado a los muertos y condenado su asesinato, es tiempo de decisiones. Si la estrategia adoptada hasta ahora no sirvió para impedir los ataques de París, hay que volver a hacer cuentas con la realidad. A una amenaza tan arbitraria y difusa se responde con otros medios y programas. Debemos saber, sobre todo, qué quieren nuestros enemigos. ¿Destruir las democracias occidentales? ¿Convertir o asesinar a todos los fieles de otras religiones? ¿Sacar al Papa de Roma, como parece ser la intención del «califa» Abu Bakr al-Baghdadi? En mi opinión, cometeríamos un error si creyésemos que somos el principal objetivo del islam jihadista.

La verdadera guerra, hoy, es aquella que se libra en el interior del mundo musulmán. Es la guerra entre una secta fanática y regímenes políticos usualmente inciertos, titubeantes, pero todos más o menos relacionados, por razones de afinidad o conveniencia, con Europa, Estados Unidos y Rusia. Es una guerra civil sin cuartel donde las víctimas musulmanas son incomparablemente más numerosas que las causadas por los atentados terroristas en nuestras ciudades. Y se complica aún más por el antiguo odio entre las dos familias religiosas del islam: los sunnitas y los chiitas.

Esa guerra se libra en la frontera sur de Túnez, en Cirenaica, en el Sinaí, en Siria, en las provincias que separan la región de Bagdad del Kurdistán iraquí, en Yemen, en el Cáucaso, en Afganistán, en Paquistán, Somalia, Kenia y Nigeria, con focos imprevistos que estallan también en los estados musulmanes del sudeste asiático.

La guerra contra Occidente, en este cuadro, es un conflicto paralelo directo contra países que los jihadistas consideran protectores o amos de sus odiados hermanos. Es útil para su causa, porque sirve sobre todo para demostrar la vulnerabilidad de Occidente y la potencia homicida del movimiento islamista.

Pero el principal objetivo estratégico es el reclutamiento de nuevos adeptos de las comunidades musulmanas de Occidente que querrían convertirse en sus quintas columnas. Cada atentado es un llamado a las armas, un llamado a concurso. El verdadero enemigo está en otra parte.

Si ésta es la situación en la que debemos combatir, nuestras opciones no son muchas. Nuestros amigos y aliados son todos los países musulmanes o cristianos que luchan en el mismo frente, que se ven amenazados por el mismo enemigo y que están en riesgo de sucumbir frente a la oleada islamista.

Winston Churchill dijo un día que si Adolf Hitler hubiese invadido el infierno, él no habría dejado de hablar gentilmente con el diablo en la Cámara de los Comunes.

El presidente de Egipto, Abdel Fatah al-Sisi; de Siria, Bashar al-Assad; de Rusia, Vladimir Putin, y de Irán, Hassan Rohani, no son diablos. Todos ellos están a la cabeza de regímenes que a nuestro entender son policíacos y represivos, regímenes donde falta democracia.

Pero todos ellos conocen el islam mejor que nosotros, ya han tenido dolorosas experiencias en el pasado (¿o acaso olvidamos lo ocurrido en la escuela de Beslan, en Osetia del Norte?), y tienen buenas razones para luchar, para que sus países no se vean continuamente infiltrados por el extremismo sunnita o esté destinado a convertirse en una provincia del califato que promueve el grupo Estado Islámico.

Si algún país occidental estuviese dispuesto a poner tropas sobre el terreno, podríamos al menos colaborar con esos regímenes. Pero desde que Estados Unidos descartó esa opción, no tenemos más remedio que sostener con todos los medios disponibles a las tropas que ya se encuentran en el terreno.

EXCLUIDA, LE PEN MARCHÓ EN EL SUR DE FRANCIA

El partido de extrema derecha Frente Nacional (FN), excluido de la convocatoria de la gran marcha que reunió ayer en París a más de un millón y medio de personas, se manifestó en una pequeña localidad del sur de Francia.
La presidenta del FN, Marine Le Pen, denunció durante la semana pasada que su partido fue excluido de la «marcha republicana», y encabezó una convocatoria en Beaucaire, una localidad de 16.000 habitantes gobernada por un alcalde de su formación política.
«Gracias por venir a recordar los valores de la libertad», dijo Le Pen a sus seguidores, en un breve discurso desde la alcaldía de la localidad, donde colgaba una pancarta que decía «Yo soy Charlie, homenaje a las víctimas del terrorismo islamista».
Pese a que el FN no fue invitado por los organizadores de la marcha de París, Le Pen sí fue convocada por el presidente francés, François Hollande, para consultas en el Palacio del Elíseo sobre la política antiterrorista a seguir tras los atentados.

Fuente: Lanación.com.ar/Corriere della Sera

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