»Soy Charlie, judío y policía»

Trepado en el voladizo del Monumento a la República para escapar a la marea humana, Zakaria Akbar agita con orgullo un inmenso cartel de cartón negro, donde resumió en letras blancas el credo de la marcha: «Je suis Charlie, je suis juif, je suis flic et nous sommes la République» («Soy Charlie, soy judío, soy policía y todos somos la República»).
A imagen y semejanza de ese entusiasta deportista franco-marroquí de 34 años y confesión musulmana, París se había convertido en un crisol humano donde la única consigna era «todos unidos contra la barbarie y por la libertad».
Cientos de miles de hombres, mujeres, chicos, franceses, europeos, árabes, judíos, periodistas, médicos, deportistas o turistas comenzaron a llegar desde la mañana para participar en esa gigantesca marcha por la democracia.
«Es un verdadero símbolo de la fuerza de este país», se congratuló Abdul Traoré, otro francés musulmán.
«La única forma de convivir es compartir los mismos valores, la libertad, el respeto de cada uno y de sus diferencias», señaló Ariel. Músico, judío y de 30 años, ese padre de dos chicos blandía un inmenso lápiz, símbolo de la libertad de expresión que, como otros miles fabricados por los manifestantes, decía «free» con letras fluorescentes.
No lejos de ahí, cerca de los locales de Charlie Hebdo, mientras esperaban pacientemente que la marcha pudiera comenzar, la gente confraternizaba. «Estoy aquí por solidaridad con las familias de las víctimas, por la libertad de expresión y la libertad de prensa», decía Helle Rienge, estudiante alemana que hizo especialmente el viaje desde Berlín.
«Estoy aquí para mostrarles a los terroristas que no han ganado. Al contrario, los horrores que cometen consiguieron reunir a gente de todas las religiones», dijo Abdel Labz, un musulmán tunecino de 61 años que vive desde hace tres décadas en Francia. «Estoy aterrado de ver la terrible imagen que esto da del islam al resto del mundo. Están lejos, muy lejos de ser musulmanes», se lamenta.
A escasos metros, las cámaras de televisión filmaban una escena inédita: un hombre abrazaba con efusión a un gigante negro de casi dos metros, enfundado en un impresionante uniforme del CRS, uno de los cuerpos de elite de la policía nacional.
«Lo abrazo y quisiera besarlo porque gracias a ellos en este país podemos dormir en paz. El coraje y el precio que han pagado estos días para defender nuestros valores merecen nuestro más profundo respeto», decía el hombre, mientras una inmensa sonrisa iluminaba la cara del gigante y estallaba una salva de aplausos.
Tres policías perdieron la vida y varios resultaron heridos en los atentados terroristas de esta semana. Francia supo ayer que, al entrar en la redacción de Charlie Hebdo, donde yacían los periodistas masacrados por el terrorismo, la policía halló el cadáver de su director, el caricaturista Eric Charbonnier, cubierto por otro cuerpo sin vida: el del agente especial que lo custodiaba desde que, hacía meses, había recibido las primeras amenazas de muerte.
«Cumplió con su deber hasta el último momento», dijo a La Nación uno de los sobrevivientes de la masacre durante la marcha.
Por Luisa Corradini / La Nación

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