La otra muerte de Nisman. Por Gustavo Gonzalez

Desde Platón hasta Perón el concepto de verdad nunca dejó de ser debatido a través de los tiempos: qué es de verdad la verdad, cómo encontrarla, quién la tiene.

Más allá de los debates filosóficos, fascinantes e imprescindibles, desde el punto de vista de los relatos sociales la verdad suele ser lo que la mayoría cree que es verdad. Y desde el momento en que la mayoría lo cree, lo es. Aunque sea provisorio. Aunque luego la mayoría cambie de idea y, con ello, cambie de verdad.

Apenas se conoció la muerte de Alberto Nisman, el fallo social determinó que al fiscal que imaginaba llevar a la cárcel a la Presidenta por encubrir el atentado a la AMIA, había sido asesinado. Y que lo mataron para cortar de cuajo esa investigación y para que no pudiera mostrar sus pruebas en el Congreso.

Desde el punto de vista judicial y político, será esencial confirmar si se mató o lo mataron, por acción directa o por instigación. Pero desde el punto de vista institucional, lo esencial es entender por qué una sociedad tiene motivos para darlo por asesinado sin más.

Se dice que peor que ser traicionado por alguien en quien uno confía, es la actitud de uno de desconfiar de esa persona.

Un buen porcentaje de argentinos creyó, al toque, que el Gobierno en el que la mayoría confío hace tres años, ahora sería capaz de mandar a eliminar a un fiscal que lo investiga. Puede ser vergonzoso desconfiar así de quienes fueron elegidos para gobernarnos, pero la cuestión es cómo se llegó a esto, qué señales se recibieron de este Gobierno y de la Presidenta que llevan a pensarlos como asesinos.

La negación del otro, la determinación de convertir a adversarios en enemigos, no aceptar el debate, no responder preguntas, embeber de un tono bélico a cualquier discurso, atacar a los disidentes con todo el poder del Estado.

Doce años de gritos donde todos gritan, doce años de insultos cruzados, doce años de rabia argenta, pueden hacer creer que la violencia es código de conducta. En los setenta, con mucho menos, esas señales desde el poder se traducían en batallas campales.

No significa que un Gobierno intolerante sea asesino, pero la intolerancia y la rabia son condimentos naturales, o el contexto adecuado, de cualquier crimen.

Vivir en un país en el cual resulta verosímil que quienes elegimos sean asesinos (ya con corruptos era feo), es vivir bajo la frustración de una democracia que somos incapaces de terminar de construir. Acorde con esa frustración también están los opositores y periodistas que convierten lo verosímil en verdad y la noticia deseada en noticia, antes de contar con una prueba.

Sí, puede haber algo peor a que a Nisman lo hayan asesinado. Y es que la mayoría haya dado por cierto, instintivamente y quizás con razón, que un crimen así sea posible en la Argentina.

Fuente: Perfil.com

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