Para que no se borren los rastros. Por Carolina Arenes

Todos los viernes enciende dos velas. Una en memoria de su madre, Rachel. La otra, por el resto de la familia asesinada en Auschwitz. Durante años trató de esquivar los recuerdos. Mantenerlos a raya. Pero se imponían en las pesadillas. En el insomnio que, puntualmente, a las dos de la mañana, lo saca de la cama todavía hoy.

Ricardo Katz vive en Lomas de Zamora. Hace poco más de 50 años que llegó a la Argentina, pero nació en París, en 1939. Tenía tres años cuando empezaron las deportaciones de judíos en Francia y tres años también cuando, junto con su padre, su madre y su abuela, logró huir del departamento cercado por la Gestapo. Pensaron que separados tendrían más posibilidades de sobrevivir. Su padre y su abuela fueron para un lado; él y su madre, para otro. Nunca más se volvieron a ver. Madre e hijo no terminaron en Auschwitz como la mayor parte de la familia (incluidos su abuela y su padre, que cayeron poco después de aquel día), pero París se convirtió para ellos en un gran campo de concentración en el que se movían como sombras.

Durante meses deambularon por las calles, luego por las rutas y los bosques. Aprendió a alimentarse con bichos, raíces, pasto. Comió de los restos que se arrojaban a los chiqueros. Más de una vez sintió el desprecio cuando se acercaba a alguna granja para pedir comida; buscaba restos y volvía luego a encontrarse con Rachel. Hasta que un día, al regreso, no la encontró más. Supo mucho después que había caído en manos alemanas. Pero ese día, el día en que no la vio más, no sabía nada, tenía apenas cuatro años, ni siquiera sabía que era judío ni mucho menos qué significaba eso. Cuando volvió a reencontrarse con su historia y su nombre, ya habían pasado ocho años en los que alguna vez encontró abrigo, pero en los que hubo sobre todo abandono, violencia, muerte.

Esos ocho años hoy pueblan su insomnio.

Al fin de la guerra anduvo solo por las calles, vagó con otros chicos como un perro perdido, dice, hasta que alguien lo dejó en el orfanato donde adultos frustrados e impotentes descargaban sobre los más débiles la herida de su imposibilidad. De allí lo rescató su madre, cuando ya tenía 12 años. Su madre a la que creía muerta. Que lo creía muerto, pero seguía buscándolo.

Con heridas, con silencios, con ausencias, con infiernos que no se contaron, empezaron de nuevo. Ricardo creció. Se hizo fuerte. Convirtió en lección una imagen que le quedaría grabada para siempre: su padre con un cuchillo de cocina en la mano, dispuesto a matar al vecino que iba a delatarlo. Hizo de esa imagen un destino: no darse por vencido nunca, no entregarse jamás.

Un día decidió probar suerte en la Argentina. Pensó que la distancia lo alejaría también de los recuerdos. No hablaba de la guerra. No contaba su historia. Aunque su historia y los recuerdos lo acosaban. Descubrió que algunas cosas nunca dejan de suceder. La soledad, el odio descargado sobre su cuerpo de niño, el abandono, el miedo, las canciones de su madre buscando olvidar el terror, la imagen del matrimonio Schwarz arrojándose por la ventana de aquel departamento de París para no entregarse a la Gestapo.

Ya grande, sintió que necesitaba dejar por escrito su testimonio. Pero escribir fue como mover una montaña. Llenaba las hojas de lágrimas. Interrumpía hasta que volvía a sentirse con fuerzas para volver a escribir. Un día su mente dijo basta. Tenía más para contar, sentía el deber de hacerlo, pero comprobó que su memoria lo había dejado huérfano de recuerdos. Así se llamó el libro que nunca pudo publicar, La memoria huérfana. «Pensé que nuestro dolor y nuestros llantos fueron como el humo de los hornos crematorios en los campos de concentración -escribió-. Al principio, es un humo denso, intenso. Humo de carne humana, de vida cegada. Humo de madre, humo de padre, humo de hijos, humo de familias enteras. Humo de esperanzas que no fueron. [?] Sin embargo, este humo de muerte, al subir, se va disipando poco a poco y de pronto es la nada. De lo que fue una persona, del milagro de la vida, sólo queda un puñado de cenizas, de polvo que el viento se lleva.»

A veces piensa que Dios lo dejó sobrevivir para mantener vivo ese mensaje, para que no se borren los rastros, para que no se los lleve el viento. Por eso dice que los aniversarios como éstos -aunque duelan- son necesarios: ayudan a que no se repita. Por eso aún hoy, desde hace tantos años, todos los viernes por la noche enciende dos velas y reza por la memoria de sus muertos. Para que no se los lleve el viento, para que no se borren sus rastros

Fuente: Lanacion.com.ar

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