Las relaciones peligrosas. Por Marcelo Birmajer

El proceso de adopción de modalidades autoritarias por parte del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner despuntó en 2008, en las postrimerías del voto no positivo de Cobos, durante la crisis con el campo -cuya génesis y consecuencias atribuían Néstor y Cristina, con una mirada obsesiva, básicamente a los medios de comunicación independientes-. Pero la radicalización y ramificación hasta el extremo de determinar la posición de Argentina en el contexto internacional, sucedió luego de la muerte de Néstor, que funcionaba como moderador de los desmanes a nivel nacional: los amagaba, pero no dejaba que descarrilaran.

Pasamos del Néstor que le preguntaba irónicamente a Clarín si estaba nervioso, al Capitanich ya no nervioso sino histérico, que rompe el Clarín con sus propias manos. Kirchner era un político con el sueño presidencial ya cumplido que, aunque no del todo inocuamente, podía manejar la sorna. El jefe de gabinete representó lo peor del gobierno de Cristina: la pérdida completa del control de sus impulsos (y de sus tweets).

La historia del peronismo ha estado marcada por esta oscilación entre el autoritarismo y sus éxitos electorales. Perón accedió por primera vez, no a la presidencia sino al poder, como integrante de un gobierno dictatorial. Acumuló su primera órbita de poder popular a través de la Secretaría de Trabajo y Previsión de una dictadura militar. Pero ganó las primeras elecciones a las que se presentó como presidente. Y, desde entonces, el favor indiscutible de la mayoría del pueblo argentino, hasta su muerte.Tanto Perón como Evita hicieron alarde, personal y político, de su cercanía con los dictadores de distintos continentes y épocas: Primo de Rivera y Franco fueron dos de los referentes de Eva Duarte; Perón exponía su sólida amistad con el sempiterno dictador paraguayo Stroessner. La izquierda peronista, en particular los Montoneros, prefirió resaltar las coincidencias -poco visibles para el resto de los mortales- entre Perón y Mao, e incluso forzarle similitudes con Fidel Castro; a ninguna de las dos se negó el caudillo en su momento de romance con «la juventud maravillosa». Pero tampoco ocultó el hecho de que su relación fue mucho más afable con el golpista Pinochet que con el electo Salvador Allende.

La diferencia total entre los devaneos misceláneos de Perón y el actual Memorándum con Irán, es que el Perón presidente nunca permitía que sus relaciones con dictadores determinaran el rumbo de las relaciones internacionales de la Argentina. Aún cuando durante su primera presidencia mantuvo una rivalidad, más vocinglera que efectiva, con Estados Unidos, en ningún caso permitió Perón que Argentina ocupara un lugar en contra de las democracias occidentales durante los primeros escarceos de la Guerra Fría. Tampoco en su última presidencia, luego de su espectacular triunfo electoral. Desde su primer período presidencial, nunca alentó conflictos bélicos ni alineó al país con ningún Estado que propiciara el terrorismo o el totalitarismo. La presidente Cristina Fernández de Kirchner se dejó llevar por la influencia iraní a la firma del Memorándum, y desde entonces el país recorre una etapa oscura que acaba de alcanzar su punto álgido con la muerte del fiscal Alberto Nisman de un tiro en la sien, en la inexplicable soledad de un departamento céntrico. La huída hacia adelante de la presidente a China -pese a sus bloopers-, su elocuente acuerdo contra los periodistas con el autoritario líder ruso Vladimir Putin, como su política de Estado de asociación con la Venezuela de Chávez y el inestable Maduro, no son meras fintas de las que puede regresar fácilmente, sino saltos desdichados que estancan la posición de Argentina entre las naciones.

A partir de la llegada a Teherán y al poder del Ayatollah Khomeini, en 1979, y la aparición del fundamentalismo islamista como movimiento competidor por la hegemonía mundial, una rama de la izquierda optó por esta bizarra irrupción como una alternativa revolucionaria a las democracias occidentales. A mediados de los años 80, esta vertiente tuvo su expresión argentina en una revista peronista dirigida por el líder montonero Rodolfo Galimberti, llamada Jotapé; ya por entonces en directa alianza con Mohsen Rabbani, luego uno de los acusados por el atentado contra la AMIA. ¿Cómo se concilian la terminología de izquierda, la simpatía por el nazismo, por Khomeini, y el ideario montonero? Alcanza con leer la colección de Jotapé para demostrarlo empíricamente.

En los comienzos del período kirchnerista, la «acusación» de montonerismo contra los Kirchner resultaba más una expresión de rechazo irreflexivo que una realidad. Pero en el auge del cristinismo, el propio gobierno auspició la celebración del esotérico Día del Montonero, y Aníbal Fernández los definió como «unos tipos de puta madre». La historiografía oficial los situó en un podio y denigró a los ensayistas que revelaban su naturaleza antidemocrática y criminal. El gobierno y sus acólitos ya no rechazaban la «acusación»; la reivindicaban. Se trataba de los mismos Montoneros que celebraban al Ayatollah Khomeini y su modelo; y cuya tendencia geopolítica fue marginal y sin más consecuencia que su propia derrota.

Pero basta escuchar los discursos de D´Elía y Esteche, ya sea en la Mezquita de Al Tahuid, en 2013, o alguna de sus alocuciones radiadas o, más coyunturalmente, las escuchas que conformaban la denuncia de Nisman, para deducir que aquella desatinada opción montonera por el Ayatollah original, ya sea inorgánicamente en el inaugural 1979, o en la menos seria remake de mediados de los 80, continúa vigente en estos cercanos exponentes del kirchnerismo: el D´Elía que figura en las primeras filas de los actos presidenciales y oficia de fuerza de choque contra los manifestantes, y el Esteche que asegura tener las puertas abiertas a la Casa Rosada.

Quizás inicialmente asumida por el cristinismo como un gesto de esnobismo político, esta prédica derivó en la nefasta ilusión de una alianza sorda con la República Islámica de Irán. Es una parábola escalofriante que aquellos esbozos nihilistas hayan surtido efecto en el gobierno precisamente en esta instancia, cuando la Justicia argentina reclamaba la entrega de ocho altos funcionarios iraníes sospechosos de haber masacrado 85 personas en nuestro territorio.

Fuente: Clarin
Autor. Marcelo Birmajer

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