Aprender las lecciones de la historia. Por Claudio Avruj

El 24 de marzo de 1976, que tristemente se recuerda el próximo martes, comenzó a escribirse una de las páginas más oscuras de la historia argentina. No es una fecha para celebrar, eso correspondería al día de la recuperación de la democracia, el 10 de diciembre de 1983. Es un tiempo de recogimiento, de introspección y de homenaje, tanto individual como social. Es un tiempo de hacer memoria para educar hacia el futuro. Recordar y honrar a las víctimas de la dictadura constituye un deber sagrado, así como castigar a los victimarios.

El golpe de Estado de 1976 significó la más cruel de las dictaduras que sufrimos los argentinos, instauró un método de lucha contra el terrorismo sencillamente criminal; lo hizo convirtiendo al Estado, que está destinado a cuidarnos, a custodiarnos, a preservar nuestros derechos, en un Estado delincuente que torturó y asesinó. Lo hizo clandestinamente, lo que lo torna más grave aún.

Pocos días atrás, la sociedad democrática despedía al fiscal Strassera. Su frase célebre «Nunca más», como parte de la respuesta ciudadana al terrorismo de Estado y a la violencia, se vuelve necesaria en nuestro tiempo. Debemos desarticular para siempre todo aquello que hoy siguen siendo mecanismos autoritarios en nuestra sociedad: la falta de institucionalidad democrática, la corrupción, la discriminación, la violencia institucional, la falta de transparencia y el secretismo.

El proceso de restauración de la democracia y de la lucha contra la impunidad del pasado es un camino que hoy seguimos transitando. El Juicio a las Juntas, la derogación de las leyes de obediencia de vida y punto final abrieron la puerta para avanzar en el juzgamiento del horror y de marcar un límite al autoritarismo. Pero hoy nos quedan deudas pendientes. Conocer la verdad sobre aquello que ocurrió en esos años y pensar la verdad histórica sin relatos sesgados, escuchando la pluralidad de voces de intelectuales e historiadores que conforman las diferentes usinas de ideas de nuestro país y de los protagonistas de ese tiempo. Esto implica avanzar en una política de reconocimiento de lo ocurrido en los años de violencia política en nuestro país que empieza antes de 1976 y continúa después de 1983.

Transitar en este proceso de democratización de nuestra sociedad requiere pensar en clave de reconciliación. Una palabra esquiva estos años, pero que tenemos que reivindicar, porque nos acerca como sociedad y nos pacífica. No es el pedido de perdón entre perpetradores y víctimas, porque eso pertenece a otro proceso. Reconciliación es el encuentro de los argentinos en el reconocimiento de nuestra historia, de nuestras diferencias, de nuestras miserias, de nuestros errores. Es poder repetir, cada uno desde su lugar, el pedido de perdón desde el Estado y desde los diferentes actores (todos) que tuvieron parte en los tiempos de violencia política y terrorismo de Estado en nuestro país. Es restaurar, recuperar y reconstruir de manera continua y constante el tejido social. Aprender las lecciones de la historia exige mucho más que un mero acto de recordación. Reclama comprometerse cotidianamente con el fortalecimiento del sistema democrático, con el apego a la ley, con el rechazo a todas las formas de violencia, con el libre debate de ideas, la convivencia en la diversidad y el respeto a las diferencias.

En definitiva, consolidar nuestra democracia es instalar una cultura de derechos humanos que fortalezca la política de memoria, verdad y justicia, pero que vaya más allá, hacia el diálogo, la convivencia, la integración y el pluralismo.

Por Claudio Avruj. Subsecretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, y presidente del Museo del Holocausto.

Fuente: La Nación

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