¡Mir zeinen do! (Aquí estamos). Por Sergio Widder

En momentos en que atravesamos una nueva conmemoración de Iom Hashoá (el Día de Recordación del Holocausto establecido por la comunidad judía y fijado en virtud del calendario hebreo, independientemente del que posteriormente instituyó la ONU en 2005, fijando el 27 de enero –fecha de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz- como Día Internacional de Recordación del Holocausto), tenemos presente no sólo el martirio y el exterminio de millones de hermanos y hermanas, sino también los actos de resistencia a la opresión nazi.

Es legítimo preguntarse si quedan aún más cosas para decir acerca de un hecho histórico sobre el que se ha hablado, escrito, investigado y analizado tan exhaustivamente. Existen innumerables libros, documentales, investigaciones y producciones artísticas que reflejan el horror del genocidio nazi que pretendió acabar con todo vestigio de vida judía. La enseñanza del Holocausto forma parte del currículo educativo en numerosos países, Argentina entre ellos.

Sin embargo, la realidad nos muestra que ni siquiera todo aquello alcanza para que, como colectivo humano, hayamos aprendido las lecciones de semejante horror. El racismo, el odio, la intolerancia siguen vigentes y parecen fortalecidos en el mundo de hoy.

El combustible que alimentó la maquinaria de muerte nazi fue el antisemitismo. Y ese odio contra los judíos no se agotó en la pretensión de exterminar a ese pueblo en particular. Como bien suele recordarnos el profesor Yehuda Bauer (quizás el historiador más relevante acerca del Holocausto), el nazismo provocó la muerte de cerca de 35 millones de personas en Europa. 29 millones de esas víctimas no eran judías, pero su muerte fue consecuencia del antisemitismo nazi. Tal como dijo Simon Wiesenthal, aquello que comienza contra los judíos nunca se agota sólo en ellos.

En Argentina esta conmemoración nos recuerda, también, que nuestro país fue uno de los paraísos preferidos por los criminales y fugitivos nazis en general para encontrar refugio después de la caída del Tercer Reich. Criminales como Adolf Eichmann, Josef Mengele, Ante Pavelic, Josef Schwammberger, Walter Kutschmann, Erich Priebke y Dinko Sakic, entre otros, se establecieron tranquilamente. Tanto que algunos – entre ellos el propio «angel de la muerte» Mengele – se sintieron tan seguros aquí que vivieron entre nosotros con su verdadera identidad.

En el mundo de hoy nos toca vivir con los herederos de ese odio asesino, encarnado en los grupos extremistas neonazis y en el fanatismo jihadista. Recordemos, por ejemplo, el caso del periodista Daniel Pearl, corresponsal del Wall Street Journal, asesinado en 2002 por sus secuestradores en Pakistán. Su «crimen»: ser judío. Y, por supuesto, tengamos también presente el propósito genocida del régimen iraní, que ya ha repetido en innumerables ocasiones que pretende destruir al Estado de Israel. Para decirlo de otro modo: un régimen que no sólo niega el exterminio de 6.000.000 de judíos a manos de los nazis en el siglo XX sino que tiene como propósito asesinar a algo de seis millones de judíos (más toda la población no judía) que habita hoy en Israel. No debemos permitir que el mundo vuelva a ser un espectador pasivo.

La historia indefectiblemente enhebra sucesos trágicos con otros heroicos. Así como derramamos lágrimas de dolor por el destino de quienes fueron asesinados por el sólo hecho de haber nacido judíos, también nos conmovemos con las historias de valentía de quienes resistieron contra la opresión nazi.

Por eso, en memoria de todos ellos y para fortalecer nuestro compromiso, quiero compartir algo muy personal. Hay un ritual que cada año, cuando participo en el acto conmemorativo de Iom Hashoá, me emociona hasta las lágrimas. Es en el cierre, cuando los sobrevivientes –quienes no necesitan que el calendario les indique el día para recordar, dado que para ellos se trata de algo cotidiano- se ponen de pie y entonan el «Himno de los Partisanos», aquel que nos convoca a resistir a la opresión con la frente en alto y cantando «Mir Zeinen Do!» (Aquí estamos).

Lo comparto con todos los lectores, como una plegaria y un compromiso

Por Sergio Widder, Director para América Latina del Centro Simon Wiesenthal

Fuente: Infobae

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