Por algo será. Por Alberto Fernández

Hubo un tiempo en que la sociedad argentina tranquilizó su conciencia cargando culpas sobre las víctimas del terrorismo de Estado. Eran tiempos en donde algunos eran detenidos y torturados, muchos otros eran obligados al exilio y miles eran asesinados o simplemente desaparecidos de la faz de la tierra. La dictadura, que causaba tantos males, se ocupaba de sembrar dudas sobre esas víctimas. «Por algo será» o «algo habrán hecho», repetían hasta penetrar el inconsciente colectivo y lograr la pasividad social ante tantos atropellos. Tanto éxito tuvieron en esa práctica que millones de argentinos lavaron cínicamente sus culpas y acabaron haciéndose cómplices de los perseguidores.

Aquella «acción psicológica» desplegada por los genocidas acaba de ser revivida por el gobierno nacional. Ahora se trata de tapar tan sólo una muerte: la de un fiscal que denunció el objetivo final del inexplicable pacto firmado entre el gobierno argentino y el iraní. Alberto Nisman, el fiscal del que hablamos, murió hace 90 días de un tiro en la cabeza. Su vida acabó seis día después de haber promovido aquella denuncia y un día antes de tener que fundamentarla ante los diputados de la Nación.

La Presidenta dijo inicialmente que se trataba de un suicidio. Casi inmediatamente se corrigió y aseguró que estábamos ante un asesinato del que no tenía pruebas, pero sobre el que no tenía dudas. Agregó algo más: la causa de ese asesinato era una disputa entre servicios de inteligencia que, sin duda, dependían de ella.

Una sola conclusión debería sacarse de tamañas afirmaciones: según la Presidenta, a Nisman lo mataron los servicios de inteligencia que dependían de ella.

A partir de ese instante, tal vez advertidos del acto fallido presidencial, el Gobierno se ocupó de sembrar dudas sobre el muerto. Entonces Nisman fue sospechado de ser víctima de un crimen pasional en una relación homosexual de la que era parte. Cuando la idea no cuajó socialmente, lo mostraron rodeados de mujeres bonitas y de homosexual se convirtió en «mujeriego». En esa carrera de descrédito, un ministro se animó a plantear que pagaba esas compañías femeninas con dineros públicos, y para avalar la historia plagaron las calles de la ciudad con afiches que mostraban al fiscal muerto rodeado de mujeres en un escenario festivo.

Nada de eso les bastó. Descubrieron después que el fiscal tenía una cuenta en el exterior junto a un colaborador, su madre y su hermana, y sembraron más dudas sobre su ética pública.

Días atrás, un periodista norteamericano me consultó sobre la muerte de Nisman. Empezó con un comentario: «La imagen del fiscal ha quedado dañada». Entonces creí entender lo «exitoso» de la campaña de descrédito que el Gobierno lanzó sobre el fiscal que lo acosaba. Me animé a preguntarle si creía que esa muerte era el resultado de la violencia emergente de una relación homosexual, de la acción de un proxeneta que le reclamaba deudas al asesinado o de algún financista de Wall Street que se había enojado con el titular de una cuenta. Obviamente sonrió casi avergonzado. Sabía que la razón del deceso era la denuncia realizada y advirtió rápidamente lo desafortunado de su comentario inicial.

Ninguno de los hechos que el Gobierno atribuye a Nisman tiene que ver con su muerte. Sólo los exhiben para mostrarlo frívolo y turbio y así restarle veracidad a su relato incriminador. Lo hace para tapar que su muerte sólo se originó en la denuncia que hizo y que hasta aquí nadie se dignó a investigar.

Recurriendo a argumentos teóricos, los jueces interpretaron que el delito denunciado no había comenzado a ejecutarse porque el Parlamento iraní no lo había aprobado. En consecuencia han dicho que si ello hubiera ocurrido el delito se hubiera perfeccionado. Siendo así, ¿quién investiga la maniobra dolosa de los que promovieron la concreción del delito?

En un sistema judicial que investiga ligeras denuncias anónimas cuando cargan culpas sobre opositores, es lamentable ver que la imputación de tres fiscales no basta para dar inicio a una pesquisa, si cargan responsabilidades sobre la rígida Presidenta, su patético canciller y algunos de sus marginales seguidores.

Es obvio que la calidad institucional de la justicia federal está en tela de juicio por la conducta de muchos de sus miembros. Pero no cabe duda de que en el caso en el que se ventila la muerte de Alberto Nisman el dislate judicial que parece irreversible acaba minimizado en el imaginario público por la demoledora acción de desprestigio que el gobierno nacional lanzó sobre la víctima.

Entonces una vez más aparece la circularidad de la historia argentina, y todo vuelve a repetirse. Casi cíclicamente, como ratificando «el mito del eterno retorno» de Nietzsche. Pero esta vez no son los genocidas los que inyectan la idea de «que algo habrá hecho» la víctima. Esta vez lo hace un gobierno que aunque propicia el castigo de esos genocidas acaba repitiendo una de sus más infames prácticas, que consiste en enterrar la memoria del muerto en el mar de los infames y dejar impunes a sus perversos asesinos.

Así procede el Gobierno. Por algo será.

El autor fue jefe de Gabinete (2003-2008) y hoy es referente del Frente Renovador

Fuente: Lanación.com.ar

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