El Azote del Diablo: la historia de Paola (Czyzewski) merecía una película

Era apasionada. Muy determinante en sus decisiones. Paola no era fácil… era algo tozuda. ¡parecida a mí! (…) Cortó la tradición familiar de estudiar Ciencias Económicas y siguió Derecho. Había llegado a la mitad de su carrera y quería celebrarlo con un viaje. Tiempo después, en agosto, encontramos un sobre con sus cuentas: estaba juntando el dinero (…) Con 21 años, tenía todo programado: ya sabía que quería tener dos hijos, Kevin y José…”.
Las voces suenan y el recuerdo sigue intacto. Paola aparece en cada rincón de este departamento que mira a la avenida Las Heras. Aunque físicamente no esté, su presencia es cada vez más grande. Digamos que el destino –si es que existe– le jugó una mala pasada. Más, si pensamos que aquel día pisaba por primera vez en su vida la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina.

Vamos en presente… Corren las primeras horas del lunes 18 de julio de 1994. Ayer terminó el Mundial de los Estados Unidos, que ganó Brasil. A las ocho de la mañana, Ana María Czyzewski (hoy 70) llega a su trabajo en el primer piso de Pasteur 633.

Ella y su marido, Luis (hoy 71), son contadores y ejercen como auditores de la mutual judía. Esa mañana, excepcionalmente, Ana va acompañada por su hija Paola (21) en su primer día de vacaciones de invierno. Su marido y su hijo Marcelo (entonces, 23) realizan una auditoría en el cementerio de La Tablada.La tercera hija del matrimonio, Andrea (19), concurrió a la Facultad de Ciencias Económicas.

Cerca de las 9.50, Ana María se separa de su hija y sube al segundo piso, para enviar un fax con una información que necesitaba su marido, pero no logra comunicarse. Afuera, una camioneta Traffic se estaciona en el frente del edificio. Un chiquito de cinco años, Sebastián, camina de la mano de su madre hacia el cercano Hospital de Clínicas. En la vereda de enfrente, Chiesa, Galarraga y Bermúdez, dueños y empleados de una imprenta, conversan en la puerta del local (A Chiesa lo va a salvar el teléfono).

Mientras, Ana María descubre el origen de la falla y llama a La Tablada: “Enchufen el fax, que está apagado y necesito señal”. Logra la comunicación, recibe la señal y, cuando aprieta el botón “send”, escucha un tremendo estruendo. “Pensé que había explotado una caldera que estaban conectando. Cuando caminé hacia el centro del edificio, aparecí al aire libre. Había volado la mitad de la sede de AMIA”, cuenta Ana en el comedor de su casa de toda la vida. Al lado está Luis; en una punta, su hijo Marcelo, que prefiere hacer silencio.

–Imagino que no bien viste el edificio derrumbado…
Ana: …empecé a gritar, desesperada. Mi hija había quedado en mi oficina. Cuando me sacan, la gente que estaba con ella me dice: “Paola bajó a buscar un café”. Me di cuenta de que había ido hacia la parte de Pasteur que se había derrumbado. Apareció un policía por la alcantarilla y me convenció de salir. Me subieron a una escalerita de soga y bajé caminando sobre los escombros.
Luis: Entonces, un periodista le prestó un teléfono para que me llamara. Ella sostiene que me dijo: “Explotó una bomba. Yo estoy afuera, Paola quedó bajo los escombros”. Yo sólo recuerdo que Ana gritaba el nombre de nuestra hija…

–¿Cuánto tiempo pasó hasta que tuvieron noticias de Paola?
Ana: Dos días, pero por impericia de la Policía. Su cuerpo fue uno de los primeros que entraron a la morgue. Un médico amigo estaba convencido de que ella estaba ahí, pero las huellas no coincidían. El miércoles a la noche autorizaron a su dentista, que la reconoció por las placas odontológicas.

–Después del atentado contra la Embajada de Israel –el 17 de marzo de 1992– Paola le había dicho algo, ¿verdad?
Ana: Me pidió que no volviera a trabajar a AMIA. El 18 de abril del ’94 fue la última amenaza que tuvimos… Ese día la llamé, se lo conté y me dijo: “¿Cuántas veces te dije que no fueras más?”.

–Entendiendo que la pérdida de un hijo nunca se supera, ¿cómo definirían el momento en que las heridas ya no están en carne viva?
Luis: Vivís sabiendo que esta situación es irreversible y la tenés que asumir. Hay personas que han muerto por no poder superarlo. ¿Qué nos pasó a nosotros? Pasamos por una situación con la que debimos aprender a convivir. De repente te aparece una mochila muy pesada, con la que tenés que seguir caminando.
Ana: No es que uno no pueda volver a sentir alegría, porque tenemos siete nietos, y son motivo de gran felicidad. Pero a mí me pasa que cuando estoy viviendo una situación linda me pregunto: “¿Qué hubiera costado que Paola estuviera presente”. Yo siento que el 18 de julio del ’94 me mataron un tercio de mi vida.

–¿Les sigue rondando la idea de que ella no debería haber estado ahí?


Ana: Sí. Nunca lo pude superar. La culpa me sigue acompañando por haber ido aquel día con Paola al trabajo. Era la primera vez que entraba a la AMIA y no salió. Yo hacía veinte años que iba todos los días… Es un sentimiento de culpa, no sólo por haberme salvado, sino por haber salido caminando.

PARA NO OLVIDAR. El atentado contra la AMIA segó 85 vidas y todavía sigue impune. “Nuestros muertos tienen nombre y apellido: no deben ser un simple número”, dice Luis.

En 2003, tras un largo proceso, todos los acusados fueron liberados y se volvió a fojas cero: “Ese juicio me hizo bajar los brazos. Se rieron de nuestros muertos. Ya no creo en la Justicia”, lamenta Ana María quien, sin embargo, fue una de las fundadoras de Memoria Activa, organización creada para bregar por el esclarecimiento del criminal hecho.

Ahora, en esa búsqueda de no olvidar, aparece un nuevo actor: el director Pablo Bustos Sack, que comenzó a trabajar en el guión de El azote del diablo, donde aparecerá reflejada la historia de Paola Czyzewski –interpretada por Bárbara Vélez– y sus padres, que serán caracterizados por Nazarena Vélez y Fabio Aste.

–¿Qué sentido le encuentran a la película?


Ana: Uno muy importante: es un homenaje a nuestra hija y a todos los que murieron en ese atentado. No podemos olvidarlos.
Luis: También sirve para que las personas desarchiven de algún lugar de sus memorias el atentado a la AMIA y que todos recordemos lo que pasó aquel 18 de julio.

Fuente: Revista Gente- Por Julián Zocchi/ Fotografía: Enrique García Medina y Alejandro Carra.

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