«Los Nombres Prestados”: mucho más que una ficción (Análisis de Eduardo Chernizki)

Cuando el lector comienza  la última novela de Verónica Sukaczer ,“Los nombres prestados”,  editado por “Nube de Tinta”seguramente no se imagina que este corto texto, pues son poco más de 150 páginas, lo introducirá en una problemática desconocida para muchos, lo que significa la Shoá para quienes no la padecieron directamente, pues como explica la autora en los “apuntes sobre Los nombres prestados” que incluyó al finalizar la trama: “cuando recorro escuelas y me reúno a conversar con los alumnos por otros libros que he escrito, surge el tema y los chicos no saben. Tienen alguna idea si han visto ciertas películas, pero en verdad no saben…”, y por eso consideran necesario e imprescindible que lo sepan, y Verónica Sukaczer hace posible que esos jóvenes al leer este libro lo sepan.

Independientemente de sus antecedentes literarios, ganadora, entre otros, del prime r premio de un concurso de cuentos organizado por Editorial Colihue; la novela que estamos comentando posee un excelente ritmo que facilita su lectura por un lado e impide, por lo menos en mi caso, dejar de leerla hasta arribar al final.

Pero como bien los dice la propia autora, no es una tarea fácil la de escribir pese a lo cual “Los nombres prestados” parecería que fue escrita sin dificultad, cuando de acuerdo a sus palabras: “Hace más de 15 años que vengo pensando en esta historia, armándola de a poco, buscando el tono y los personajes. Quería narrar una historia que no tratara sobre héroes, que es lo que suele retratarse en las películas y libros que hablan sobre la Shoá, sino sobre gente común que vive circunstancias excepcionales, haciendo lo que pueden para sobrevivir y cómo ese dolor y ese horror te acompaña el resto de tu vida. Recién el año pasado se acomodaron todas las piezas en mi cabeza y sentí que ya poseía las herramientas como para ponerme a escribir y contar la historia como quería contarla”.

Estructurada en cortos capítulos describe los avatares de una nieta, Nina, la protagonista, que tiene que desarmar la biblioteca de su abuelo, y que al terminar la tarea encuentra un pequeño libro apologético  de los soldados nazis y ocho cartas, escritas indudablemente por una sobreviviente de la Shoá, dirigidas a su abuelo, también sobreviviente de la Shoá, que no quiere contar porque estaban en su poder.

Al leer las descripciones de lo que les ocurría a los judíos comunes durante la barbarie nazi, evidencia un profundo conocimiento de testimonios brindados por los sobrevivientes, y una  bibliografía acorde, que también detalla en los “Apuntes”.

Seguramente para muchos de quienes conocen testimonios de sobrevivientes, este texto les puede parecer poco profundo, pero  hay que tener en cuenta a quienes estaba destinado, no lpara os especialistas y conocedores de lo ocurrido sino para aquellos jóvenes  que desconocen el tema casi por completo, pero también “Po que para ser escritor había que tener una historia que contar” y Verónica luego de quince años, quizás de sin proponérselo, lo encontró, y pudo contarlo.

Mucho se ha escrito sobre la manera en que los judíos, y los miembros de otros colectivos perseguidos por los nazis por considerarlos miembros de razas inferiores, resistieron sin formar parte de la resistencia armada. Sin definirlo como resistencia, las alternativas que Verónica Sukaczer  describe al referirse a la estada en Auschwitz del abuelo de Nina, es un ejemplo de lo que los tratadistas intentan explicar en decenas o centenares de páginas, mientras que ella lo hace en muy pocas, pero muy ilustrativas líneas.

El abuelo de Nina es un hombre común, que guarda un secreto porque le parece innoble contar un aspecto de su trágica historia en los campos de la muerte, que no culminó ni con un balazo recibido por un nazi que practicaba tiro al blanco, ni muriendo por inanición, ni en la cámara de gas, sino que tuvo la suerte de sobrevivir. La manera en que Verónica Sukaczer lo plantea es la de una ficción, algo que afirma al iniciar los “Apuntes” cuando dice “Todas las historias y los personajes que aparecen en esta novela son ficticios”, si bien se inspiró en hechos y personas reales e historias que le contaron y leyó; lo que no significa que no existan o existieron situaciones conceptualmente similares, y como bien dice Eiugenia Unger y muchos otros sobrevivientes de la Shoá, quien no padeció la Shoá no debe juzgar.

Pero a la vez tengo que reconocer que para mí el mayor mérito de “Los nombres prestado” es el dilema que se les plantea a Elena y a su compañera de cuarto en el convento, Ida; y que cada una resuelve a su manera. Un dilema que debieron tener miles, por no decir centenas de miles de los judíos que fueron enviados a los campos de trabajo, pero que en esta novela surge en la soledad del cuarto de un convento, donde fueron entregadas por sus padres con la finalidad de que salvaran sus vidas.

Por todo lo antedicho considero que “Los nombres prestados” es una novela que no solo se debe leer, sino recomendar, en especial a los jóvenes, y por qué no, servir de material para debates sobre la Shoá, por qué es mucho más que una ficción

 

Lic. Eduardo Alberto Chernizki

Chernizki

 

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