Marcelo Birmajer: «El fundamentalismo islámico es el nuevo nazismo «

Sus largas jornadas de inventiva -lúcida, inquietante, muchas veces hilarante- transcurren en soledad en un claustro de libros. Los propios, más de cuarenta y muchos de los cuales han sido traducidos a siete idiomas (incluídas sus corrosivas Historias de hombres casados), y los ajenos. En un podio están sus lealtades: Bioy Casares, Bashevis Singer, Somerset Maugham; luego, las biografías de Churchill, las disquisiciones de Hannah Arendt y los ensayos de política internacional. Su antiguo estudio en Once -las persianas bajas, una penumbra que procura expulsar el calor- es puro desorden y una babel de voces en idish, inglés y español. Son los autores con los que Marcelo Birmajer «conversa» desde que era un niño.

Es un conversador vehemente y categórico que guarda con celo los detalles de su vida personal. Cierta dureza se acrecentó desde que en diciembre pasado terroristas palestinos asesinaron a cuchillazos a su hermano, el rabino Reubén, frente a una de las puertas de la Ciudad Vieja, en Jerusalén.

Birmajer delimita su espacio íntimo cuando alguien intenta traspasar ese umbral. Aborda sus dolores desde la más estricta racionalidad, sin permitir que se cuele la emoción. «La porción de mi alma que padece su muerte está en carne viva y no tiene arreglo. Y no veo cómo lo pueda tener», confiesa. «El resto de mí empuja para llegar al día siguiente, aceptando que la vida es así de trágica, así de insensata y por sobre todo ridícula».

-El hombre sabe que deberá enfrentar el duelo por la muerte sus padres, pero difícilmente imagine el de un hermano. ¿Cómo fue tu despedida?

-Quince días antes de que el fundamentalismo islámico lo asesinara, Edu vino de sorpresa a la Argentina con su mujer y uno de sus siete hijos. Caminamos por Once, y en Ecuador y Lavalle, al despedirnos, lo vi mejor que nunca: completo, feliz, realizado. Es el recuerdo más lindo que tengo con él. Eso me dio alegría y tranquilidad. Nos saludamos con un abrazo, como si hubiera sabido que no lo vería más. En cuanto al duelo, no lo hice todavía. No tengo la sabiduría para procesar ese dolor. Estoy solo frente al caos, frente a la nada. La incertidumbre es total y no creo que pueda hacerlo alguna vez.

-Se te ve entero, al menos.

-No recuerdo un momento de mi vida en que me haya arrastrado. No sé si soy fuerte. En la adolescencia escribí un poema que se llama «El día siguiente»: trata de que todos los hombres afrontamos el esfuerzo de llegar al día siguiente. No hay otra meta. No sé si disfruto el día, pero llego al siguiente. ¿Qué me enseñó esto? Nada. ¿Cómo lo voy a superar? No tengo idea. ¿Hay algún orden universal por el cual su muerte sirve de algo? No. La vida no es justa. Quita porque sí y da porque sí.

-¿Nunca compensa?

-No. Uno paga precios y costos sin nada a cambio. Ese dar y quitar no se relacionan ni compensan. Y no hay nada que podamos hacer más que aceptarlo. Soy un pesimista patológico, pero la vida suele darme la razón. Hay que hacer un gran esfuerzo para ser más pesimista que la realidad; yo lo soy. Sobre la muerte de Edu no puedo agregar más.

-¿El compartía esa mirada?

-No. Ante una situación similar hubiera dicho que Dios lo quiso por algo. De hecho, lo que me alejaba de él era que viera una lógica divina en el mundo. Creía que todo tenía un porqué y que se podía respetar un orden. Yo creo que la mayoría de las cosas no tienen un porqué; no hay una lógica, hay que vivir como se puede.

-¿Cuáles eran las afinidades?

-Nuestro amor de hermanos, la mirada sobre política internacional. Compartía mi advertencia sobre el fundamentalismo islámico, nuestra defensa de la democracia, la lectura sobre la II Guerra Mundial, nuestro amor por Israel. Y, sobre todo, nuestra admiración por Churchill, por haber detectado el Mal, el nazismo, cuando la mayoría de sus contemporáneos lo ignoraban o se negaban a enfrentarlo. Churchill fue el defensor de la libertad de la humanidad en su momento de mayor peligro. Nuestra coincidencia era absoluta: laica y religiosa a la vez.

-¿Tu pesimismo es consecuencia del dolor?

-Vivo en estado de alerta; no puedo quedarme tranquilo porque siempre va a pasar lo peor. Cuando lo peor no sucede, busco otro motivo de ansiedad e incertidumbre. Digamos que mi vida está regida por el desorden, las distracciones, las obsesiones y la certeza del caos. Pero no soy caótico en mi creación; todo lo contrario. Tampoco como padre.

-¿Cuesta más esfuerzo escribir desde el desasosiego?

-No, he aprendido que para escribir necesito del suspenso, del misterio y la incertidumbre. Se paga un precio muy alto porque hay una relación directa entre la obsesión y la creación. Mi escritura es muchas veces premonitoria en los casos más patéticos: anticipo lo que va a ocurrir. Hace un tiempo, prologué un libro de fotos de víctimas de la AMIA y dije que sus familiares estaban en una isla. No podés comunicar el dolor. Tampoco acercarte. Ni siquiera entre ellos se pueden acercar. Hay un lenguaje del dolor que es intraducible y en el que cada uno está solo con ese lenguaje.

-¿Es últil el dolor para la literatura?

-Todo lo contrario. No hay literatura posible. Todo lo que pueda «ficcionalizar» al respecto es impostado. Tampoco tiene nada de ni terapéutico o catárquico. Uno podría hablar de apostar a la vida. Pero yo apuesto a la vida desde antes. No necesito que él se muera para hacerlo. Su muerte y el dolor son tautológicos: sólo hablan de su propia tragedia.

-La historia de la creación, sin embargo, está llena de ejemplos acerca del poder catalizador del dolor.

-El drama enseña; la tragedia, jamás. Hay abandonos, pérdidas dramáticas que no son tragedias y en las que uno aprende. Soy tan concluyente en esto como puedo ser sincero. Fontanarrosa, uno de mis autores favoritos, se enfermó de esclerosis lateral amiotrófica y llegó a una conclusión inteligente, sabia como todo lo que decía y hacía. Cuando se enfermó, se preguntaba: ¿por qué a mí? Y al final dijo: ¿Y por qué no? Ahí empieza y termina todo lo que aprendió sobre su enfermedad. Me pasa algo similar: no pretendo que la vida sea como mi literatura, que es piadosa: te explica por qué pasan las cosas; todo tiene una lógica; los personajes, un sentido. Este pequeño hombre que soy lucha contra Dios, contra el caos, e intenta implantar un mínimo orden a través de la literatura. Y eso también es una pelea vana.

-¿Hubo algo más que moldeó esa forma inapelable de ver la vida?

-Hasta los 24 años fui más romántico. No era marxista (mi estupidez tenía un límite), pero sí era de izquierda y consideraba que podía existir un mundo más justo y que el hombre tendía naturalmente al bien. Pero la experiencia me enseñó que cada persona tiende a algo distinto. Que no existe el materialismo histórico. Y que la idea de que la historia tiene un sentido y va en una dirección es una fantochada. Vi la crueldad de los socialismos reales: el estalinismo, el maoísmo, el de los vietnamitas del norte y el afán de ventaja de mis propios compañeros de izquierda revolucionaria. No tenían vocación real por mejorar el mundo; querían vivir sin trabajar, ejercer el poder sobre los demás y divertirse.

-¿Cómo llegaron los Birmajer aquí?

-Mi abuelo materno, Julio Trau, vino como polizón en el último barco que salió de Polonia en el 39, antes de la guerra, junto al campeón de ajedréz Miguel Najdorf. Vino con la idea de pagarle luego el pasaje a su mujer y a su hija, pero los nazis las mataron antes. En mi novela El alma al diablo cuento que mi abuelo primero fue sastre, luego tuvo un taller y llegó a acumular dinero, en un intento desesperado por acumular tiempo. El dinero luego se dilapidó. Creo que las grandes herencias no siempre contribuyen al crecimiento de las familias, vale la pena labrarse el propio destino. Mi abuela materna era Fortuna Babor, hija de un judío sefardí sirio y nacida en la Argentina. El padre la abandonó, su madre murió y fue criada en un orfanato. Una historia familiar bastante trágica que se completa con la muerte de mi padre cuando yo tenía 18 años. Si esa historia me determinó, no lo sé.

-¿El asesinato de tu hermano te convierte en un militante contra el fundamentalismo islámico?

-Lo era mucho antes de su muerte. Desde 2001 hasta hoy he escrito más de cien artículos en contra del fundamentalismo islámico, el nuevo nazismo, y la peor amenaza que enfrentan las democracias y las libertades públicas. El fundamentalismo islámico mató a los franceses en París, a los argentinos en la AMIA y la embajada de Israel, a miles de iraquíes y sirios. Nos van a seguir matando hasta que no nos unamos.

-¿Cómo termina esto?

-Lo peor ya sucedió. Pero va a terminar con el triunfo de la libertad, no cabe duda. En la II Guerra también sucedió lo peor, la Shoah, pero triunfó la libertad. Pero la libertad no es la felicidad, sino que la vida continúa. Pero, ¿vamos a ser felices? Creo que no.

-Algún analista podría atribuir la saña con la que mataron a tu hermano a un viejo conflicto de orden territorial entre israelíes y palestinos, anterior al surgimiento del fundamentalismo islámico.

-Los fundamentalistas islámicos palestinos mataron a centenares de judíos indefensos en Jerusalén y Tel Aviv, entre 1929 y 1936, con cuchillos y hachas, igual que ahora, antes de que existiera Israel. ¿Cuál era el conflicto territorial? Y mataron a más de mil judíos civiles desarmados entre 1948 y 1956, dentro de las ínfimas fronteras del Estado de Israel, sin que hubiera ningún conflicto territorial. El Mufti palestino de Jerusalén le pidió ayuda a Hitler para exterminar a los judíos de Palestina durante la II Guerra, antes de que se fundara el Estado de Israel. No tiene ninguna relación con ningún conflicto territorial: es el anhelo islamofascista y nazi de exterminar a los judíos y a las democracias. Considerar que se puede matar a un judío civil desarmado, por ser judío, es la ideología nazi, no importa si sucede en un supermercado kosher de París o en la ciudad vieja de Jerusalén; así pensaban los fundamentalistas islámicos del siglo VII. Dominaron España y la mitad de Europa durante siete siglos; ése fue el primer intento de imponer un Estado Islámico mundial, muy anterior al actual. Lo aterrador es que tantos occidentales que se creen progresistas busquen justificarlos.

-Tenés, al parecer, una personalidad bastante dominante, un rasgo que para nada asoma en tu literatura.

-Tengo firmeza, pero no soy dominante. Sé que soportarme a mí no es fácil. Estoy casado hace 22 años y mi mujer, Débora, que es psicóloga en el Garraham (atiende a los niños con cáncer), soporta el incordio de mi desorden y mis obsesiones. En todos los casos, eso es molesto, pero no dañino. Por otro lado, no escribo para reflejar mis confictos, sino para entretener al lector, inquietarlo, a veces. Soy un narrador realista, un cartonero de la realidad, que se vale de esos elementos para hacerle la vida más digerible al lector. Porque en un mundo feliz no existiría la literatura.

-¿Enfrentaste tensiones internas cuando el periodista se impuso al escritor?

-No, también soy periodista. La realidad es tosca, áspera, aburrida, pero yo le saco brillo. Mi humor se basa en la realidad, pero tiene invención, si no no podés hacer un chiste. Pero en el periodismo tengo un apego por los hechos. La izquierda filosófica y académica ha hecho un gran daño imponiendo el relativismo. Creo que existe la objetividad y que verdad hay una sola. Las cosas no son según el cristal con que se miren. En El perjurio de la nieve, Bioy ironiza: «La realidad, como las grandes ciudades, se ha extendido y ramificado». Así es el relativismo. Todo es opinable, interpretable; no lo creo. Ahora, como escritor, la invención siempre tiene prioridad. Ahí podés arreglar un poco la realidad y eso sólo puede hacerse en las novelas.

-¿Cómo fue tu estreno en la profesión?

-Había hecho un año de Sociología en la UBA cuando empecé a escribir en la revista Fierro. Ahí me dije: «Quiero escribir, que nadie me moleste y cobrar por lo que escribo». Pero la certeza de que había nacido escritor la tuve a los 8 años. Escribía el diario del aula: un chiste, un chisme y una noticia. Como perdía los útiles, alquilaba mi diario a cambio de lo que me faltaba. En una ocasión una de mis lectoras, me dijo que no me iba a pagar porque el chiste no tenía gracia, la noticia era vieja y el chisme no era escandaloso. Entonces me prometí: «Nunca más voy a entregar un papel que no tenga sorpresa (suspenso), ni humor (porque la vida es ridícula), ni escándalo (revelación). Escribía sin parar. Fue un talento innato que siempre disfruté. No me sangran las manos cuando escribo; no lo haría si lo padeciera.

-En tu literatura pasás del humor al policial, del cuento al ensayo y de allí a la literatura erótica .¿Qué valoración hacés de tu producción?

-Soy ante todo un cuentista, un narrador, y dentro de mi generación soy el autor que más cuentos publicó. Y mis cuentos se venden más que mis novelas. Creo que eso lo hago muy bien. Y ésa es la valoración que tengo de mi carrera: sé que puedo entretener. Ahora, mi gran anhelo es poder impactar en el lector como lo hicieron en mí Bashevis Singer, con Enemigos, una historia de amor; Bioy, con Dormir al sol y Somerset Maugham con La luna y seis peniques. A Bioy llegué solo. Pero mi padre y mi madre fueron quienes me aportaron dos de las tres lecturas más importantes de mi vida.

-¿Por qué el apego por el Once?

-No soy un ciudadano del mundo. Soy judío, porteño, argentino, de clase media. Son los elementos que definen mi identidad como escritor. El Once es mi escenario, mi vocación; la intersección entre la mística, las sinagogas y lo profano de los negocios. Me encanta ver el dinero cambiando de manos, la acumulación de telas en los negocios, el ir y venir entre laicos y religiosos, los coreanos mezclados con los peruanos y los bolivianos. Eso viene de mi primera infancia. Constituye mi vitamina y mi alma. El Once es el escenario que quedará como la marca de mi literatura. Y una de mis esperanzas es que mi literatura termine marcando el Once.

– «Todas nuestras desdichas provienen de la búsqueda de la felicidad», escribiste tiempo atrás. ¿Seguís creyéndolo?

-Sí, porque la búsqueda de la felicidad nos hace cometer muchos errores y saltar más lejos de lo que podemos. Es ahí cuando caemos mucho más profundo de lo que hubiésemos caído de habernos mantenido dentro de la tranquilidad. Por eso en mi novela Las nieves del tiempo escribí: «No trates de vivir. No trates de vivir.»

Fuente: La Nación

Autor: Loreley Gaffoglio

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