Crecer con una madre católica y un padre judío y no morir en el intento

Nací por Devoto, en los setenta. En esa época era como un barrio cerrado pero sin cerco. No se escuchaban robos ni asaltos. En mi barrio se respiraba aliento de inmigrantes. En casi todas las familias había alguno. En la mía estaba mi abuela: “La Bobe”. Mi Bobe es la madre de mi padre. Mi madre es católica. Mi otra abuela era “la abue”.

Mis padres eran muy jóvenes y no les preocupaba el tema de la religión. A mi Bobe, sí. A los cuatro años me anotaron en un colegio judío doble escolaridad. A la mañana aprendíamos en castellano y a la tarde en hebreo. A las maestras les decíamos “Morás”. Desde chiquita aprendí lo que era el Shabat. Lo recibíamos los viernes antes de irnos del colegio. Prendíamos las velas y las Morás decían la oración con las manos sobre las velas. Después algún hombre decía la bendición al vino y nos dejaban tomar un poquitito. Era dulce y sabroso. A veces hacíamos el vino en el colegio y era genial.

Después de dejarlo estacionarse, cada uno llevaba a su casa un frasco con “producción propia”. A mi papá no le gustaba el vino. Igual decía que estaba rico. Mi abuela lo probaba y contaba alguna anécdota de su Polonia natal. A ella le encantaba que yo fuera a ese colegio. Supongo que después de haberse escapado de una guerra, la tranquilizaba pensar que a pesar de tener una nuera no judía, yo pudiera continuar con la tradición.

Mi otra abuela tenía estampitas de Vírgenes y de Santos en el lado de adentro de su placard y en la heladera. Cuando pasábamos por la puerta de una iglesia, ella ponía cara de respeto y se persignaba. En esa época yo no entendía el significado de hacer la señal de la cruzy terminar con un beso. Pero me gustaba la manera que tenía de mover los brazos y las manos y cómo cerraba los ojos antes de dar el beso. Mi mamá, a veces lo hacía y otras no.

A mi papá no le gustaba que hubiera Santos y Jesuses en casa, entonces mamá los tenía medio camuflados: en el medio del lío de su cartera, mezclados con lápices labiales y pastillas de menta o en el cajón de la ropa interior, pero bien atrás. Una vez entramos a una iglesia. Por el barrio de Flores. Yo tenía ocho años y una curiosidad muy intensa. Mamá me dijo que no le dijera nada a papá: “por las dudas”, aclaró. Yo entendía lo que significaba ese “por las dudas” porque yo tampoco pensaba contar nada en el colegio.

Se parecía al templo del colegio pero muchísimo más grande y repleta de imágenes y estatuas. Justo en esos días nos habían enseñado que no estaba bien reverenciar estatuas: eso decía la Biblia. Pero ahí no había problema. Mamá me mostró cómo se hacía la señal de la cruz y me gustó verla. Aunque no me salía muy bien; iba a tener que practicar. Había poca gente pero a mí me parecía que esos pocos se daban cuenta de que yo no era del todo católica y que no me salía bien eso de persignarse. Mamá me agarró de la mano y me llevó adelante. Ahí estaba el cura dándoles algo a los que estaban: “Una hostia –dijo mamá–. Así se llama. Es la carne de Cristo”. Ahí me enteré de que Cristo era lo mismo que Jesús. Cuando el cura estiró la mano y me puso la hostia cerca de la boca, no supe qué hacer. Miré a mi madre, como pidiéndole ayuda, y ella asintió. Entonces abrí la boca y me la comí. No era ni rica ni fea. Parecía una galletita pero sin mucho sabor. Aunque no tenía la comunión, parecía de diez y que ya la había hecho. Pero eso lo supe después de comerla.

Nunca le conté ni a papá ni a la Bobe ni a ninguna de mis amigas. A veces, después de bañarme, me paraba arriba del inodoro para mirarme bien en el espejo y practicaba lo de la señal de la cruz. Era como un juego, pero a escondidas.

Mi otra abuela leía la Biblia, pero era otra: “el Nuevo Testamento”. La que leíamos en el colegio era: “el Antiguo Testamento”. Le pregunté a mi abuela cuál era la diferencia y me contestó: “Ustedes no creen en Cristo, por eso leen la historia de antes de que El naciera. Nosotros arrancamos cuando El nace

Eso de ustedes y nosotros me angustiaba. Porque yo era un poco ustedes y un poco nosotros.

Una vez, a mi Bobe la había atropellado un auto y estuvo unos días internada en un sanatorio que tenía cruces detrás de las camas y curas y monjas caminando por todos lados. Uno entró a la habitación de mi Bobe y nos saludó, después se puso a leer algo de una Biblia que, supuse, era el Nuevo Testamento porque nombraba a Jesús.

Mi Bobe le sonrió cuando terminó y le dio las gracias. Cuando el cura se fue, me dijo: “Me gusta la gente con buenas intenciones. Este hombre cree en Jesús, yo no. Pero igual si quiere rezar por mí, a lo mejor me ayuda a curarme más rápido”.

Ese día de la hostia en la iglesia se respiraba mucha paz, igual que en el templo. La única diferencia para mí era que en el templo no había estatuas ni cruces y en la iglesia la gente se arrodillaba para rezar. También me llamó la atención el confesionario. La segunda vez que fuimos, mi mamá se confesó. No llegué a escuchar lo que le decía al cura, aunque paré la oreja. Le dije que yo también quería pero me respondió que era muy chica y ya sabía que era medio judía. Entonces yo pensé que también era medio católica, pero no le dije nada porque tampoco tenía tantas ganas de contarle mis cosas al cura.

Nadie en mi familia iba al templo: ni siquiera mi abuela. Así que me colaba con alguna amiga. A ellas no les importaba que yo no hubiera nacido de un vientre judío. Ellas me querían así. Me conmovía el sonido del órgano, las canciones entre oraciones. El templo era sublime. Yo ya sabía que Dios estaba en todas partes, pero en el templo estaba más. Sentía su presencia como también sentía la capa protectora de mi abuela. En la iglesia también había sentido a Dios. Dios tal vez tenía un hermano mellizo: entonces uno habitaba en el templo y el otro en la iglesia.

Era lo que yo me imaginaba porque los percibía a los dos con la misma fuerza. Tanto en el templo como en la iglesia. Ojalá mis padres hubieran podido hablar tanto de su judaísmo como de su catolicismo, libremente, sin tabúes. Todo hubiera resultado mucho más fácil. Me hubiera gustado juntar al Dios de la iglesia con el Dios del templo y organizar una charla donde uno escuchara al otro con la cabeza abierta y sin prejuicios. Sin pretender convencer a nadie de nada. Escuchar y después poder seguir cada uno con su vida.

Pasaron los años y cada vez me conmovía más. Ya me sabía todas las oraciones y todos los cantos. Le contaba a mi Bobe cada vez que iba al templo: lo que había sentido, lo que cantábamos, las oraciones que recitábamos. Y aunque ella no entendía nada de hebreo, le encantaba escucharme y quería que le tradujera y siempre se acordaba de su Polonia y de cuando ella iba al templo con sus padres y sus amigas. Y nombraba a sus hermanitos mellizos. Todos habían muerto en algún campo de concentración. Cada vez que la escuchaba hablar de mis tíos abuelos mellizos y de sus padres, mis bisabuelos, se me estrujaba el corazón.

A los doce empezábamos a prepararnos para celebrar nuestro Bat Mitzvá, algo así como la entrada en la adultez. El rabino se llamaba Baruj y era muy agradable. Tenía barba negra y estaba siempre vestido de traje, impecable.

Mi mamá me había explicado que los cristianos tomaban la comunión.Una vez fuimos a la de una prima. Mi papá no vino. Fuimos mi mamá, mi abuela materna y yo. A mi prima le dieron la hostia. Mamá le dio plata. Yo no me sabía las canciones de la iglesia. Nadie me las había enseñado, así que me aburrí. Una señora que estaba sentada cerca, creo que era una tía segunda de mamá o algo así, me miró y me dijo: “Ah, claro. Vos no sabés nuestros rezos porque tu papá es judío, ¿no?”. No le contesté porque me dio bronca que me hiciera sentir afuera de la cosa. Otra señora que estaba al lado, que era otra tía segunda, le encajó un codazo para que se callara.

Durante el servicio en el templo, Baruj me guiñaba el ojo. Para mí era como: “seguí adelante que vas bien, lo otro ya veremos cómo lo solucionamos”. Lo otro era el temita del vientre no judío (el judaísmo se hereda por vía materna).

Un año antes de nuestro Bat Mitzvá, Baruj citó a mi madre y le explicó que para pertenecer a la comunidad y poder hacerlo, tenía que convertirme al judaísmo. El bautismo consistía en una pequeña ceremonia en otro lugar. Me iban a tirar un poco de agua y Baruj me bendeciría con unas oraciones y nada más: eso fue lo que ella dijo. Le dije que sí sin dudarlo un segundo. Era lo que yo había esperado:legitimar mi situación y ser una más. Pertenecer. Mamá me ayudó en todo.

Un lunes falté al colegio y fuimos en taxi con mamá a una casona vieja en Belgrano. Nos abrió la puerta una señora con peluca que no pronunció palabra, solo con señas nos pidió que esperáramos. Al rato apareció Baruj y mi corazón se relajó. Si él estaba, todo estaría bien. Nos hicieron pasar a una habitación que parecía un baño gigante con un agujero en el medio, que resultó ser la bañera. Baruj se acercó a mi mamá y le dijo algo al oído que adiviné: tenía que desnudarme. Eso no era lo que habíamos pactado pero si ya estaba ahí no podía retroceder. Dejé que mi madre me quitara la ropa y que me llevara. Caminé hasta los escalones de la bañera. Mi madre me dio un leve empujón para que me metiera.

El agua estaba caliente; la habitación, llena de vapor. Sentí la mano de la señora en mi cabeza mientras me decía: “Sumergite tres veces. Bien adentro, tres veces y que te cubra toda la cabeza”. Lo hice sin pensar. De fondo escuchaba las oraciones en hebreo que Baruj pronunciaba. Funcionaba como un mantra. Cuando salí, me envolvieron en un toallón y Baruj felicitó a mi madre: “Mazal Tov”, le dijo y a mí me sonrió con esa sonrisa de bueno que tenía y me dio un beso. Me dijo: ya sos una de nosotros.

Yo estaba feliz. Al otro día fui al colegio y les conté a mis amigas lo que había vivido con mucha emoción. Todas estaban muy contentas de que ya fuera una más. Igual siempre me habían considerado una de ellas. Cuando estaba saliendo del colegio, vi a unas madres de chicas de otro grado que conversaban y me miraban. Pasé por su lado y sin querer escuché que una le decía a la otra: “Ves, esa es la chica de la que te hablé. La goi, la que se bautizó para ser judía. Pobrecita, ella no tiene la culpa, pero mirá si un poco de agua va a hacer la diferencia.” Volví corriendo al colegio y me metí en el templo. Ahí estaba Baruj. Apenas me vio, me abrazó y me pidió con mucha calma que le contara por qué lloraba. Le conté. Me dijo que a veces la gente habla sin saber bien lo que dice y sin darse cuenta de que podría lastimar a alguien. Me dijo también que siempre hay que tener mucho cuidado con lo que uno dice, porque equivocarse es humano y no pasa nada con eso. Pero el corazón de las personas y sobre todo de un niño es muy frágil y no hay derecho a lastimarlo. Me aseguró que yo ya era una más de la comunidad y que me olvidara de lo que había escuchado. En el sermón del viernes, Baruj habló muy disimuladamente de lo que yo le había contado.

Esas madres no estaban ahí. Baruj me sonrío y me guiño un ojo cuando terminó el sermón.

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Mariela Dorfman. Siempre le atrajo escribir pero hace siete años no pudo ignorarlo más. Empezó a concurrir a talleres literarios y escribió la novela “La Goi”, aún inédita. Luego del secundario, había estudiado Administración de Empresas pero no terminó; trabaja desde hace años en la empresa familiar. Divorciada, tiene dos hijos que –asegura– adora: Nicolás, de 20, y Tobías de 16. Visita seguido a su abuela (la mamá de su papá) que con sus 96 años le sigue contando historias. Además de los libros –siempre vuelve a los clásicos–, le gusta dedicarles tiempo a los dos perros callejeros que adoptó en un hogar canino.

Fuente: Clarin

Por: Mariela Dorfman

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