Mónica Gutiérrez: «Los disfraces de la ignorancia»

Los chicos de la ORT saben bien de qué se trata. Muchos de los que pasan en estos días su viaje de fin de curso en Bariloche han conocido y recorrido los campos de concentración y exterminio. Participaron de la “Marcha por la Vida” en Polonia y tienen vivencias muy profundas en relación a la Shoá.
No todos son judíos, pero conocen la historia y las atrocidades que el nazismo infringió al pueblo judío. Algunos de ellos, incluso, llevan impreso en el ADN, el sufrimiento de sus antecesores directos.
Los chicos del Colegio Alemán, que entraron disfrazados de Hitler y con consignas nazis al Boliche Cerebro, jugaron con fuego. Los adultos responsables de no frenar la movida a tiempo, también.
Entre la ignorancia, la picardía y la mala fe late la violencia que anida a la vuelta de todas las esquinas. La menor reacción de alguien que se siente humillado o atemorizado puede terminar en tragedia.
Son jóvenes, son impulsivos, si a eso le sumamos un mundo adulto que se desentiende o distrae el combo es incendiario. De hecho la fiesta de disfraces terminó a las piñas.
Un tema del que poco se habló porque compromete a los adultos responsables, muy especialmente porque los chicos de ORT pidieron que se los sacara del boliche para evitar problemas luego de recibir una seguidilla de provocaciones verbales que venían de arrastre de hoteles y excursiones y que uno prefiere no reproducir pero que resultan fáciles de imaginar.
Según los mismos chicos, tras despojarlos del cotillón neo nazi se le permitió seguir en escena. Kerosene sobre el fuego. Las empujones, insultos y trompadas, no tardaron en llegar. Víctimas y victimarios terminaron involucrados en una trifulca que solo por fortuna no pasó a mayores.
Lo ocurrido gatilló todos los mecanismos de prevención.
Bariloche recibe en esta época un promedio de 10.000 chicos por semanas dispuestos a despedirse de su secundaria.
Con 135.000 adolescentes al año todo recaudo que se tome resulta insuficiente para acotar situaciones indeseadas en los sitios donde todo debería ser una fiesta. Mucho para perder si la cosa se va de las manos.
El director de la ORT Adrián Moscovich puso el dedo en el lugar justo.
Propone recurrir a una herramienta que no falla: el conocimiento, y sugiere que son los chicos los que deben instruir a sus padres en estas cuestiones. Confía más en la formación de los más chicos y en su capacidad de sacar a sus padres de la ignorancia, que suele ser el huevo en el que anida la discriminación.
Un camino parecido propone Daniel Rafecas, a quien hace diez años le tocó intervenir en el caso en que tres skinheads atacan al hijo de un rabino de solo 15 años.
El Juez les bajó una “probation” que incluyó en clases de historia del Holocausto no solo a los agresores, todos menores, sino también a sus padres.
En una semana caliente, en la que cursaron amenazas, intimidaciones y agresiones directas contra dirigentes, y en el mismo día en que un corte y piquete terminaba con vehículos destrozados y automovilistas golpeados por manifestantes y un periodista trompeado por un ex funcionario en pleno vuelo, este episodio, que algunos pretenden menor, enciende una luz de alerta.
Todos sabemos como se enciende la hoguera de la violencia cuando este tipo de hechos escala pero nadie sabe a ciencia cierta cómo y dónde termina.

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