La increíble novela del St. Louis: los judíos que huían del nazismo que rechazaron Cuba, Estados Unidos y Canadá

De los 937 pasajeros del barco Saint Louis, que partió de Hamburgo rumbo a Cuba el 13 de mayo de 1939, sólo seis no eran judíos.

Todos tenían un permiso para desembarcar en La Habana como refugiados.

Durante las dos semanas de la travesía se sintieron seguros por primera vez después de muchos años, tras el ascenso de Adolf Hitler y la persecución en Alemania, cuyo rumbo era inequívoco desde el pogrom de la Noche de los Cristales Rotos, del 9 al 10 de noviembre

Viajaban en un transatlántico de lujo, donde recibieron un trato que ya habían olvidado: respeto, alimentos hace rato restringidos, música y tranquilidad. El capitán Gustav Schöeder había dado la orden de que así fuera, aunque hasta el momento de embarcar habían sido maltratados por las autoridades. Los consideraba desterrados cuyos problemas acaso sólo habían comenzado.

Una semana antes de zarpar, el gobierno del presidente Federico Laredo Brú había revocado los permisos que había vendido el director de emigración, Manuel Benítez. La noticia llegó al barco en la mitad de su trayecto.

Cuando el St. Louis atracó en la bahía de La Habana, los pasajeros esperaron y desesperaron. Durante seis días, se negoció inútilmente con Cuba, con los Estados Unidos y con Canadá.

Ningún país aceptó a los perseguidos.

Cuba impuso un costo de 500 dólares a nuevos permisos, que casi nadie pudo pagar porque las familias habían liquidado sus bienes para subir al St. Louis.

El barco debió volver a Europa.

Por la gestión del American Jewish Joint Distribution Committee, el Reino Unido, Francia, Bélgica y Holanda aceptaron a parte de los pasajeros. Sólo los 287 refugiados en el Reino Unido lograron escapar del nazismo.

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Armando Correa contó esa historia en su novela La niña alemana, que se presenta en castellano e inglés el 18 de octubre en Miami. Él nació en Cuba, y el eco de la historia lo ha perseguido desde que su abuela —quien vivió la historia mientras estaba embarazada de la madre del autor— le dijo que la isla pagaría con 100 años de desgracia por lo que le hizo a esas personas.

«Para mí no era una maldición, lo interpreto como una vergüenza —dijo a Infobae—. Tanto Cuba como los Estados Unidos como Canadá nos debemos sentir avergonzados por lo que se hizo. Aunque no tenga que ver con mi generación: es algo que sucede todavía. Se trata del miedo del ser humano ante el otro: el que tiene un dios diferente, un color de piel diferente… Se reacciona con miedo, con rechazo ante el que no es parecido a uno».

Correa, autor también de En busca de Emma (la historia de las dificultades que él y su pareja, Gonzalo Hernández, pasaron para poder tener a su primera hija con una madre de subrogación y comenzar una familia que hoy tiene tres niños), lamentó que Cuba no haya hecho un reconocimiento oficial de la tragedia del St. Louis. «Antes de la Revolución todos los documentos relacionados con el caso desaparecieron del Archivo Nacional. Y luego de la Revolución nadie que tuviera una religión era bien visto, por ello tampoco los judíos».

Uno de ellos vivía cerca del autor en El Vedado. «Cuando comencé la escuela secundaria se estudiaba ruso, y mi abuela me decía que el ruso no servía y que debía estudiar inglés. Me puso en clase con un alemán alto, canoso, de ojos azules, con un acento muy fuerte, que vivía solo. Todos los niños en el barrio lo llamaban el Nazi. Mi abuela le pagaba lo que era casi una fortuna, 25 pesos la hora, y lo ayudaba en los mandados. Yo detestaba aquellas clases con aquel hombre rudo… Y cuando fui a la universidad me enteré que era un judío refugiado. Mi abuela lo ayudaba por eso. Creo que esta memoria terminó de envolver la historia»

Infobae

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