Inmigrante africano: «Prefiero la cárcel en Israel a volver a mi país»

Tras sobrevivir a la dictadura en Eritrea, la guerra en Sudán, el terror yihadista en Libia y los disparos de soldados egipcios, Mekonen Nirai (44) se aferra a Israel de todas las maneras posibles. Diez años después de cruzar la frontera del Sinaí, este eritreo rechaza el plan de gobierno israelí de expulsar a aquellos que entraron ilegalmente en su territorio

Pasaje de avión a un tercer país y 3.500 dólares o la cárcel. A este dilema, Nirai debe responder ahora que se le acaba el visado. «Lo tengo muy claro. No firmaré ni les diré nada. No soy un criminal. No voy a Ruanda y si quieren, que me detengan», nos dice en un fluido hebreo.

Nirai, que huyó del servicio militar obligatorio de su país, es uno de los 38.000 eritreos y sudaneses en Israel desde el inicio del flujo migratorio hace 11 años. Para unos, infiltrados ilegales en busca de trabajo. Para otros, refugiados que piden asilo. El plan, , afecta a entre 15.000 y 20.000 personas al no incluir a los niños, mujeres y adultos con familia.

Israel indica que por un lado no quiere enviar a nadie a una zona peligrosa sino a países reconocidos por la ONU para el asilo y por otro no ser «destino de migración masiva».

El reciente dictamen de un tribunal en Jerusalén sobre una apelación de un eritreo que estima la deserción de su ejército como base para ser reconocido refugiado proyecta una luz de esperanza en el piso de Nirai en Petaj Tikva. «En Eritrea no hay libertad, sólo oscuridad. En mi país es normal si eres preso pero es una vergüenza que en una democracia como Israel refugiados vayan a la cárcel. Los dirigentes del Estado de los judíos quizá olvidan lo que les pasó en el pasado», critica. Su enfado con las autoridades israelíes es proporcional a su agradecimiento a los habitantes. «El trato de la gente ha sido muy bueno. En diez años no he sufrido ningún acto de racismo en Israel. Amo este país», explica destacando a los que le ayudan.

Como Hanna Raz. Nacida en un kibutz de tendencia religiosa, esta israelí nunca olvidará una visita al sur de Tel Aviv en 2007. «De repente vi un grupo de africanos en la Plaza Levinsky. Me acerqué para saber quiénes eran. Desde ese momento mi vida cambió», cuenta desde un barrio que, una década después, es llamado por sus vecinos más veteranos e indignados como ‘la pequeña Eritrea’.

Mientras en el Parlamento en Jerusalén hay diputados que pronostican que el plan será anulado, suavizado o aplazado, Nirai y Ahmed esperan en Tel Aviv con preocupación y ansiedad. En juego, su futuro.

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