A pesar de que el hebreo no fue lengua coloquial durante milenios (hasta su modernización en el último siglo), marca y ha pautado entre sus hablantes (mayoritariamente, rezantes) no sólo estilos, expresiones y gramáticas, sino una forma de significación constructiva de una identidad, tan etérea (por falta de asentamiento en un territorio propio durante tanto tiempo) como ávida de pilares comunes en una dispersión planetaria. El objetivo es revisar los propios cimientos del edificio lingüístico, los átomos primigenios de la comunicación (y su valor) que son las letras.
Para empezar, y usando como hacemos ahora el abecedario romance, nos llamará la atención el propio orden del listado, ya que si bien hay una coincidencia en los dos primeros escalones (alef – a, bet – b), el tercero (guimel – c) marca una primera bifurcación que, aun siendo un lego en historia es lógico atribuir a los latinos, ya que incluso el griego clásico prosigue su alfabeto (alfa, beta) con gamma. De allí que en lugar del término “alefato” que suele usarse para el orden hebreo (y que suena casi más a una forma de gobierno), me atreva a proponer un “abeguedario”.
Este orden, como tantas otras características de la lengua y cultura de los judíos, no es un invento original. Las propias letras hebreas se obtuvieron transformando las de los vecinos norteños (más o menos donde hoy está Líbano), los fenicios. Otros pueblos de la zona aportaron lo suyo, por ejemplo, de los babilonios nos quedamos con los nombres de los meses (tamuz, jeshván, etc.) y cierta querencia por la astrología. Y seguramente, como sugiere Freud, la propia idea del monoteísmo tenga que ver con el culto a Amon Ra en el Imperio Nuevo faraónico. Y qué decir de las tradiciones culturales diaspóricas, capaces de crear nuevas lenguas mixtas con literatura propia, como el ídish o el judeoespañol, o músicas populares que se funden y confunden con las de su entorno.
Sin embargo, y más allá del edificio teológico de las Escrituras, la práctica religiosa cotidiana ha convertido al hebreo en un esqueleto que, como el que estructura nuestra anatomía, se mantiene oculto en vida tras la carne, pero es quien la mantiene en pie. Allí, plegado e invisible en la jamba de la puerta, en la memoria sonora de la cantilación (la forma casi musical de rezar), en el amén de quien sólo se atreve a sumarse en el coro, en el Shemá Israel que guardamos en la memoria como último recurso ante el suplicio.
Sirvan estas palabras de bienvenida a una serie de reflexiones no necesariamente científicas, sobre la ley de la gravedad que sobre nuestro ser colectivo han impuesto los ladrillos con los que edificamos el mundo tal como lo vemos (dada la imposibilidad filosófica de conocer la “realidad”): las letras del abeguedario, dulces como la miel con que los judíos del Atlas, en el sur de Marruecos, las pintaban en una bandeja para que los niños las lamieran y quedarán para siempre sometidos a la sabiduría que mana de su justa combinación.
Jorge Rozemblum
Director de Radio Sefarad


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