Borrellismo. Por Pilar Rahola

Hemos ido perdiendo el sentido del humor popular. O, al menos, esa capacidad innata de generar chistes de usar y tirar con tanta rapidez como se gestan las noticias. En especial respecto a los políticos y sus cosas, que siempre son una fuente inagotable de material cómico.

¿Recuerdan los tiempos de los ministros Morán o Moratinos? Hubo tal cantidad de chascarrillos que era un no parar de sacarles la piel, lo cual, sin duda, debía de ser tan cruel como injusto. Aún recuerdo uno sobre Morán que me hizo mucha gracia. Más o ­menos, era el ministro que iba al médico y la enfermera le hacía la ficha. La cosa iba así:

“¿Nombre?: Morán. No, nombre de pila… Hum…, no sé, ¿nombre de pila? Pues Tudor”. Y los de Moratinos eran a carne viva, además de ponerle motes al ministro del estilo “Bablatinos” o “Desatinos”. Uno, como recordatorio, ahora que el calor nos da un poco de bula: “¿Por qué Moratinos utiliza dos asientos cuando viaja? Porque cree que su estupidez es pasajera”. Y así, un sinfín de maldades a costa de los sufridos ministros, que, por mala suerte o por acumulación de errores, se con­virtieron en la diana de la humorística popular.

Hoy en día no abunda el chiste de barrio, aunque podemos agradecer a grandes profesionales del humor la acidez de espacios televisivos como el Polònia, el Està passant o El hormiguero, capaces de arrancar sonrisas a las miserias cotidianas. Pero, a pesar de estos grandes del sarcasmo, añoro el chiste fast food que nacía de manera espontánea y dejaba en cueros las sandeces de los políticos. ¿Se imaginan toda esa imaginería humorística al servicio de las meteduras de pata de don Pepe Borrell? No creo recordar otro ministro con más capacidad de incendiar incendios, pisar callos en las zonas más callosas y, sobre todo, arrastrar el fino arte de la diplomacia al ring de una lucha de barro.

Es el ministro más provocador, faltón, inoportuno, bocachancla y falto de sensibilidad que se conoce, al menos desde los tiempos en que tenemos memoria. Si Morán y Moratinos merecieron ser carne cómica de cañón durante años, Borrell podría protagonizar, él solito, una generación entera de chistes, a cual más surrealista. Habría para escoger en el muestrario, uno de indios, otro de mexicanos, muchos chistes de catalanes, algunos de periodistas alemanes, unos cuantos de belgas, y un sinfín de desinfectantes, por el gusto que el personaje tiene a la lejía.

La broma pesada de convertir al tipo más antidiplomático de Europa en jefe de la diplomacia de ídem

Chistes, pues, de todo tipo, porque el ministro da para un catálogo entero, pero el único chiste que nunca habría sido imaginable es el que, según parece, no es un chiste, sino una broma pesada: la posibilidad de convertir al tipo más inoportuno y antidiplomático de Europa en jefe de la diplomacia de ídem. Nada, lo del pirómano en la gasolinera. O el elefante en la cristalería. O el enterrador en un bautizo, el delirio del humor negro, pero con mucho negro y nada de humor.

Pilar Rahola

 

DEJAR UN COMENTARIO

Please enter your comment!
Please enter your name here