Oscar Ventura y una revelación escalofríante: «Necesité 25 años para poder contarlo: fui testigo y sobreviviente del 18 de julio de 1994»

Oscar Ventura fue el primer secretario general de la Fundación Tzedaká.

Cuenta por primera vez, 25 años después, lo que vivió en el atentado a la AMIA y que lo convirtió en sobreviviente solo porque una semana antes mudaron las oficinas de la calle Pasteur a la calle Ayacucho.

En un relato dramático, explica lo que vivió desde el momento del estallido hasta un año después cuando fue al primer acto. «Recién ahora me siento liberado de mi memoria», expresó.

«Corría el año 1991 y junto a varios dirigentes de la comunidad judía se creó la Fundación Tzedaka. Ocupé durante esos primeros años el cargo de Secretario General y Juan Ofman era su presidente. El desafío que teníamos en frente era obtener recursos para ayudar a los necesitados de nuestra comunidad y a partir del consejo del Dr. Luis Ovsejevich (Konex), creamos el Centro cultural Marc Chagall, en la sede de la calle Ayacucho de AMIA, como un mecanismo de recaudación, pero dando algo a cambio. Cultura por recursos.
La idea fue un éxito de tal magnitud que, durante varios días a la semana, cientos de personas participaban de conferencias y el abono se agotaba permanentemente. También llegaban sponsors deseosos de participar. Santiago Kovadloff y Marcos Aguinis fueron algunos de los primeros en aportar su talento convocante. Dado que uno de los impulsores de la creación de la Fundación fue la AMIA, la sede administrativa estaba en Pasteur 633, piso 1 al frente. Fueron 3 años de gran repercusión comunitaria y a la vez de ingresos de fondos para cumplir los objetivos planeados. Eran los primeros meses del año 1994, cuando se nos comunica que se hará la reforma del edificio de AMIA y, a partir de esa decisión, comenzamos a tratar que se nos otorguen mayores comodidades en el mismo.
La discusión duro varios meses y, dada la intransigencia de las autoridades, pretendían darnos menos espacio que el que teníamos, resolvimos mudarnos al edificio que AMIA tenia en la calle Ayacucho, que hacia años estaba vacío y renació gracias al Centro Cultural Chagall. Nos mudamos el 11 de julio de 1994. Un día lunes. La dirección ejecutiva, los empleados, los directivos y el mobiliario. Sentíamos un dolor enorme dejando ese edificio, pero nuestro orgullo era superior a la mezquindad. El 18 de julio estaba en mi oficina de la calle Pasteur al 100 y a las 9.53 hs escuché un estruendo nunca imaginado.
Bajé corriendo por las escaleras, para no perder tiempo, y al llegar a la vereda pude ver una humareda inmensa en dirección a la avenida Córdoba. Las conjeturas eran muchas, pero rápidamente me convenció la idea de la explosión de una caldera calles abajo. Subí normalmente por el ascensor y al entrar a mi oficina sonó mi teléfono que me transmitía que la AMIA había volado en mil pedazos. No recuerdo cómo, ni cuánto tiempo me llevó correr esas 5 cuadras, pero sí tengo aún en mi retina los escombros, la gente deambulando ensangrentada, otras en estado de shock y el agujero que veía y reemplazaba a todo el frente del edificio de Pasteur 633. Había sido como mi casa hasta 7 días antes y ahora quedaban ladrillos derrumbados. Volví esas 5 cuadras, sin poder entender lo ocurrido.
Miraba a gente correr sin rumbo, espectros que chocaban unos con otros.
Al entrar a mi edificio nuevamente, me llamaron por teléfono desde Tzedaká para convocarme al edificio de Ayacucho y ahí fui, ya cerca de las 11 de la mañana.
Al entrar y en calma, todo parecía no corresponderse con la tragedia de la calle Pasteur.
En esa semana previa, habíamos armado nuestras oficinas, tendido las conexiones de las computadoras e instalado la nueva central telefónica. Ya llegaban también, el resto de los voluntarios de la fundación y juntos comenzamos a pensar que hacer», contó.

Ventura explicó: «Nuestro director ejecutivo, Daniel Yoffe, nos pidió que mantengamos la calma y armemos una estrategia para poder ayudar. En esos primeros momentos comenzaron a llegar, los directivos de AMIA y DAIA, quienes ocuparon un piso distinto cada uno. Ni siquiera la tragedia lograba unirlos. A la vez recién ahí nos percatamos, que todos nosotros éramos sobrevivientes de la explosión. Lo primero que logramos obtener fue un listado de los empleados que ese día estaban trabajando en Pasteur, para con ello, armar la primera lista posible de accidentados y así la cargamos en nuestras computadoras. Luego, fuimos pensando que cosas serian necesarias ante tamaña catástrofe. Nos llevo horas de ese día ordenar las ideas y dedicamos ese tiempo a pensar en grupo. Imaginábamos con lo que escuchábamos en la radio o veíamos en la televisión, lo que debía pasar, un tiempo después. Así habíamos aprendido a trabajar durante esos primeros años de la Fundación.
En Ayacucho se centraría la ayuda:

A) Seguro que vendrían muchos familiares o amigos en busca de datos de los desaparecidos.
B) Habría heridos en hospitales.
C) La Morgue seria otro de los objetivos a cubrir.

Debíamos actuar rápido y pensar para cada punto una solución viable. Para el primer punto, acomodamos el teatro como lugar de encuentro para todos los que buscaban a alguien.
Armar un equipo con psicólogos y asistentes sociales que tendrían la misión de ayudar emocionalmente y contener a los que llegaran por ese motivo. Para el segundo, convocar a los médicos que conocíamos y que podían ayudarnos en la tarea de asistencia en los nosocomios. Para el tercer punto, abogados que colaborarían en conjunción con las autoridades policiales y las familias.

A medida que pasaban las horas nos dábamos cuenta que esta previsión se iba cumpliendo.

Principalmente el punto uno.
Eran demasiadas personas intentando conocer, que había pasado con sus seres queridos y recién llevábamos unas pocas horas desde la explosión.

Armamos 3 mesas de atención en el entrepiso, lugar cercano a la entrada del teatro.
A mi, me asignaron una de ellas.
Hacia ya 10 horas que estaba en lo que seria, el centro de operaciones del atentado a la AMIA.
Así transcurrió el primer día, nos turnamos para atender a la gente y para descansar y dormir un rato.
El segundo, comenzó para mí con la llegada desesperada de los familiares de 2 jóvenes, que antes de la explosión esperaban ser atendidos en sepelios, por la muerte de su abuelo.
La madre, entre lagrimas me explicó que al llamar al celular de su hijo, el mensaje de voz que escuchaba era distinto al que él siempre tuvo. Para ella, eso podía ser un indicio o mensaje oculto, que su hijo estuviera vivo y que lo podría haber cambiado él mismo entre los escombros. Llamé a la empresa de teléfonos y me atendieron en el call-center y no quisieron darme información. Usé la palabra mágica a los gritos: ‘Soy del centro de operaciones de la tragedia de AMIA, necesito saber, si ese celular tuvo movimientos después de las 9.53 hs. Una persona quizás pueda ser salvada’.
Inmediatamente me pasaron con un supervisor, quien me confirmó que la ultima señal de ese numero había sido a las 9.20 hs.
Tuve que destrozar la ilusión de esa madre, quien solo pudo ser contenida por una asistente social que estaba a su lado.
Todo ese día transcurrió entrevistando amigos o familiares de gente que no aparecían.
No solo de empleados de AMIA, sino otras que estaban circunstancialmente por el barrio.
Nuestro grupo de Tzedaká estaba conformado por 6 personas, liderados por Juan y coordinados por Dani.
Al mismo tiempo, AMIA también comenzaba a organizar sus fuerzas de ayuda con otros grupos de tareas.
Apoyaban el área de psicólogos, médicos y abogados, entre otras.
El tercero fue clave, arribaron a Ayacucho los soldados del ejército de Israel que venían a ayudar en el rescate e identificación de los restos.
Nos juntaron a todos los grupos y nos reunieron con ellos.
Lo primero que nos dieron, fue una especie de matriz, en donde debíamos llenar casilleros.
Era nuestra tarea a partir de ese momento, vital, esencial para los expertos.
A cada persona que viniera a pedir por el paradero de sus familiares, debíamos hacerle llenar ese formulario.
Foto del desaparecido, cicatrices, anillos, cadenas, ropa o zapatos que traían ese día, era la clave para poder identificar, a partir de los restos, de quien se trataba.
No solo memorice los nombres, sino, que tenían puesto ese día cada uno.
Esa planilla se guardaba en una carpeta que diariamente era consultada por los soldados.
Al cuarto día y sin haber salido de ese edificio, comenzó a notarse nuestro cansancio.
Nos advirtieron que la tensión y el estrés harían estragos en nosotros.
Que comenzaríamos a desarticularnos como grupo y que seguramente hasta confrontaríamos.
Y así fue.
Ese día fue el que jamás olvidaré.
Los soldados, como un premio nos llevaron al lugar del desastre.
Entramos por la parte de atrás del edificio que da a la calle Uriburu.
Caminábamos al lado de ellos, entre escombros , esquivando los pozos que ya habían abierto para conectar la zona que se derrumbo, y también, pudimos ver en primera persona, la dantesca imagen de los cuerpos desmembrados que iban apareciendo.
En un abrir y cerrar de mis ojos, apareció la imagen de una cabeza, sola, sin cuerpo y logré traer de mi memoria la foto de una desaparecida.
Nunca dije que la ví.
Ni a mi grupo, y menos a la familia que había entrevistado con ese dato.
Llegamos inclusive hasta el precipicio que anteriormente había sido el frente de Pasteur 633.
Justo ahí debían estar nuestras oficinas, nuestros empleados y nosotros.
La madrugada de la quinta noche decidí volver a mi casa.
Discutía con cualquiera, me enojaba todo lo que no se podía hacer y cada vez la presión crecía.
Desde ese día nunca más pude contar esta historia.
En el primer acto de la AMIA en 1995, al escuchar los nombres de los muertos, la gente gritaba ‘Presente’, y yo, recordaba su cara en la foto o la ropa o sus zapatos.
Decidí no ir nunca más a los actos.
Sus fantasmas siempre me acompañaban.
Mi mudez duró hasta hoy.
Necesité 25 años para poder contarlo.
Fui testigo y sobreviviente del 18 de julio de 1994.
Recién ahora, me siento liberado de mi memoria».

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