Reflexión ante el Año Nuevo Judío y el Día del Perdón. Por Martha Wolff

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Llega Iamin Noraim y como siempre un tiempo de reflexión, de balance y de deseos frente a la autoevaluación de mejorar como persona. Demasiada exigencia y demasiadas promesas para lograrlo, pero vaya el sumarse a la introspección desde lo individual a lo colectivo judío para no olvidar que hay que perdonar y perdonarse ante la imperfección humana del error, de la mala intención, del desprecio, del odio y del equívoco pensamiento y sentimiento hacia los demás.

Pero en el caudal de los 365 días del año impregnados en trabajar, amar, seguir adelante, programar trabajo y vida compensa con lo que nos lleva a repensar nuestras vidas frente a los errores.

El Día del Perdón es uno de los más sagrados e interesantes de la religión judía porque por veinticuatro horas el hombre y mujer se dan cuenta de su insignificancia ante la magnitud de lo incomprensible, de la belleza, del misterio, de la sabiduría de la naturaleza. El despojarse la soberbia que nos envuelve, porque nos creemos más de lo que somos, nos permite estar más cerca de la comprensión de que somos finitos que vamos a morir, impotentes porque la racionalidad no nos asegura que somos infalibles y que somos imperfectos porque no todo lo podemos explicar.

Iom Kipur es el más conmovedor de los días del año en el que cada uno llega a sincerarse de las propias debilidades y fortalezas y cada uno es capaz de llorar por sí mismo. El elegir estar en un templo, más allá de la fe, junto a sus familiares y ser abrazados por el manto de oración

Es predicar desde lo familiar a lo societario un deseo de convivencia en paz y pedir otro año más que no depende de nosotros para disfrutar de ese regalo que se llama Vida.

¿Quién vivirá? ¿Quién morirá? Gran cuestionamiento ante la incertidumbre del destino y el tiempo.

Y a partir del rezo de Kol Nidré con el que comienza el sagrado día de Iom Kipur hasta el día siguiente en el que cierran las puertas del cielo para recomenzar a vivir con limpieza espiritual cuando en Neilá se encienden tantas velas para volver a tener luz, poder ver a todos, abrazarse, besarse, estrechar manos que a la vez acarician, que se apoyan y rodean espaldas y hombros con cariño, afecto, acercamiento, amistad y familiaridad, se produce una atmósfera de fe y de deseo de un futuro para estar más cerca uno del otro. Son días de inmensa felicidad. De comenzar a mirarnos en el espejo del alma con el mismo rostro pero con un alma aliviada de imperfecciones y dispuesta a mejorar como persona y como sociedad.

Martha Wolff

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