A 28 años del atentado a la embajada de Israel: la humanidad salva. Por Claudio Avruj

28 aniversario atentado a la Embajada de Israel en Argentina
28 aniversario atentado a la Embajada de Israel en Argentina

El ex secretario de Derechos Humanos de la Nación y presidente honorario del Museo del Holocausto, Claudio Avruj, escribió esta columna antes de la suspensión definitiva del acto central en conmemoración al 28° aniversario del atentado a la embajada de Israel en Argentina.

Como cada año, la plaza Embajada de Israel de la calle Arroyo silenciosa y doliente testigo de la hecatombe, sitio de memoria permanente de la tragedia del terrorismo en nuestro país, será el escenario para el homenaje y el recuerdo al cumplirse un nuevo aniversario.

En intimidad, casi en soledad, obligados por la crisis que impone mayores cuidados, el homenaje repetirá los sagrados rituales, necesarios e imprescindibles. Sonará penetrante el sonido lacerante de la sirena a las 14:45, la lectura de los nombres de las 29 víctimas fatales reafirmará sus presencias y las flores de siempre testimoniaran la presencia de los seres queridos.

El público será esta vez de los familiares más cercanos y los sobrevivientes, muchos de ellos con sus cabelleras blancas y el descreimiento marcado en sus rostros estarán solos, como lo están desde aquel fatídico día. Estarán acompañados por los funcionarios de la Embajada.

No estará el Estado cuyas palabras y compromisos, que muchas veces por ineficiente y otras más por pensada perversidad, hicieron que sean sólo declaraciones al viento, ignorando al mismo Sartre que un día dijo que “el compromiso es un acto y no una palabra”.  Estará entre todos la maldita impunidad, ama y señora en nuestra Argentina de hoy.

Y se sentirán alivianadas esta vez, por la obligada intimidad, las conocidas ausencias indiferentes e indolentes que confrontaron desde siempre con el llanto de los familiares de las 29 víctimas, la pena insalvable de los cientos de sobrevivientes y la incredulidad de los más jóvenes. Y Así será otro acto de memoria y exigencia de justicia este 17 de marzo, a 28 años del atentando contra la Embajada de Israel, el primero de los dos capítulos del mismo libro escrito con sangre por el terrorismo fundamentalista de Irán.   Para los distraídos, olvidadizos y negadores, el segundo es la AMIA-DAIA. Nos convoca este año el lema “El Terror Mata. La Humanidad Salva”. Es brillante. Afirma León Tolstoi: “Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad y nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Buena y oportuna reflexión para nuestro tiempo, y en este aniversario.

El término de humanidad es un llamado a lo personal, a lo individual, al compromiso con los valores más altruistas y sanos del hombre.   “La Humanidad Salva” es una invocación casi desesperada a terminar con el odio, la mentira, y el desprecio, a trabajar en base a los sentimientos, los principios éticos y morales.

En estos tiempos de gritos, prepotencia, mentiras y engaños; de instalación de teorías absurdas e imposiciones políticas a la Justicia, y de sordera, ceguera e indolencia de ella, que deja hacer sin importar el impacto; de indiferencia y adormecimiento de la opinión pública con abandono al pensamiento profundo y al análisis crítico, se impone volver a la humanización de la sociedad.  La humanidad salva, vaya que sí.  Lo hace cuando santifica la vida como valor en sí mismo y lo asume de verdad como el primer derecho humano a defender. Salva cuando el abrazo y la capacidad de comprender el dolor del prójimo duele como propio.  En la Plaza Embajada de Israel, otro año más se honrará a las víctimas, señalando a Irán y Hezbollah, como ya lo dijo la Corte Suprema de Justicia, y pidiendo castigo. Poniendo límite a la impunidad, enfrentando con valentía y dignidad al terrorismo y sus cómplices de siempre.  Y en la distancia, a través del corazón, la reflexión y la oración, estaremos todos en la Plaza, fundamentalmente los que reivindicamos aquella cita del escritor George Orwell: “No se trata de estar vivo se trata de ser humano”.  Así tendremos justicia y paz.

Autor: Claudio Avruj
Fuente: Clarín

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