Los submundos judíos. Por Martha Wolff

Marta Wolff, Submundos judíos
Marta Wolff, Submundos judíos

Hace años tuve un amigo con el que compartí la vida comunitaria. Debido a vaivenes de su historia, se fue a Nueva York, y no tuve noticias suyas por un largo tiempo. Pero un día recibí un llamado de su mamá para que fuera a visitarla porque tenía novedades para contarme.

Fui a verla mezcla de curiosa e inquieta por saber qué le había o estaba pasando. Me estaba esperando con fotos de él en medio de miles de ortodoxos mirando y escuchando extasiados a un rabino que les hablaba, que supe era el Rebe Menajem Mendl Schneerson. La mamá con su dedo índice me lo señaló en medio de la multitud y fue cuando descorrí el velo de mi incertidumbre sobre su paradero. También supe que le habían presentado a una chica, que se había casado y que había tenido dos varones. Pensé, muy bien, había elegido cómo seguir su vida.

Cuando viajé a Estados Unidos no pude dejar de ir a verlo por dos razones: por cariño y curiosidad. Siendo como soy, una mujer del movimiento conservador, no quería perder conocer los barrios en los que los ortodoxos viven en Nueva York. Lo llamé, me aclaró que no podía besarlo y que me esperaba en un lugar donde nos dimos cita para ir a buscar a sus hijos al colegio. Fue un encuentro afectivo pero medió la diferencia entre una porteña y un hombre religioso ajustado a las reglas que debe cumplir como hombre, como esposo y perteneciente a esa rama ortodoxa del judaísmo. Nuestras miradas delataban los mismos ojos con diferentes contenidos ya que lo que yo veía no tenía nada que ver con la suya. Se habían cruzado en esa cita dos mundos. A mí alrededor yo era la única de civil, para decirlo de alguna manera y los demás eran todos iguales y parecidos. Yo a la moda y ellos a una obediencia vestimenta seriada. Todo me interesaba. Cuando salieron sus hijos y su padre fui presentada como una especia de tía lejana. Saludos de por medio les conté que había venido de Buenos Aires y paraba en un hotel en Nueva York, en Manhattan. Fue cuando intrigados me preguntaron adónde quedaba eso. Nunca habían salido del gueto americano en el que habían vivido. Fue una gran experiencia y me constó entender la falta de interés de saber qué hay un poco más allá de la frontera a la que pertenecían con su forma de vida tan cerrada.

Lo mismo sentí con el escándalo que suscitó la noticia del casamiento en el Barrio de Once, en plena pandemia mundial. El haber nacido en ese barrio, el haberme criado entre judíos religiosos y laicos, cristianos, turcos como les decían a los sefaradíes y la mezcla de inmigrantes y descendientes que se mueven en ese perímetro comercial por excelencia, hizo de mí una mujer que convivió con la realidad de su país. Concurría tanto al templo en los días festivos nuestros como cuando con los amiguitos de la cuadra íbamos a ver los casamientos a la iglesia de la otra cuadra de nuestras casas. Pero volviendo a ese casamiento en plena prohibición de contactos para evitar contagio y la amenaza del peligro de muerte, me indignó. Porque para quien como yo ver pasar a los chicos de familias religiosas con sus numerosos hijos, a los jóvenes ir a estudiar a sus yeshivot, comprar en los numerosos negocios de comida kasher, consumir en sus restaurantes, asistir a sus sinagogas, siempre lo sentí natural y parte de un judaísmo que no practico. Pero el considerarse ellos salvados de contaminarse porque en cada respuesta está el Baruj Hashem, no los exime de ser culpables de no sentirse parte de una la sociedad ni de su comunidad. La pregunta que me hice fue cómo el padre de la novia, al ser rabino, no eligió suspender la boda para cuidar a sus familiares, o es que tal vez, tuvo miedo de cambiar lo profano de esa decisión invalidando lo sagrado que es un casamiento. Gran pena fue ver a los que asistieron a la fiesta sin barbijo, tanto madres con sus hijos, chicas y muchachos sin el mismo.

Todo estuvo planeado. Todo estaba destinado a ser esa fecha y así debía ser. La duda no tuvo lugar. Si estaba paga la comida hubieran hecho los famosos pekalajas de la fiestas de antaño para cada uno, y si la pasión de los novios fue irrefrenable, entonces nos encontramos ante un amor de película. Pero nada justifica semejante ofensa a la preservación de la vida por sobre todas las cosas. Así al igual que los hijos de mi amigo que no conocían más que su mundo ese casamiento también habla de un submundo judío al que la mayoría de los judíos abiertos no pertenecemos.

Martha Wolff- Escritora- Periodista

4 COMENTARIOS

  1. Qué buen artículo Martha. Muy buena analogía entre las dos historias. Realmente son submubdos, los cuales se nos tornan muchas veces incomprensibles.

  2. Naci en el seno de una familia tradicionalista y de joven estudié y comence a observar los preceptos judíos. Entiendo lo que plantea en el articulo, pero los casamientos que hubo no pertenecen a comunidades tan cerradas o Sub- mundos, como usted lo ve. Esas comunidades en general son respetuosas de la ley del país y cerraron como otras, sus templos y colegios sin protesta. Yo ,más bien creo que ocurrió porque hay ya un desgaste en el cumplimiento de la cuarentena por ser ésta tan extensa y sin fecha de termino. Si ésto continúa van a verlo mucho más y no solo en comunidades cerradas.

  3. totalmente de acuerdo con tus conceptos, indudablemente no represen tan a todos los que integramos y participamos del judaismo total y absolutamente pero que indudablemente no podemos compartir desconocer la realidad en la qu e vivimos.- Cariños como siempre

  4. El tio del Rabino de esa fiesta , papá de la novia, tiene internado en terapia intensiva y entubado, en el sanatorio Guemes dsde vrs.dias antes de la boda , por Covid-19
    Joel

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