Homenaje a Pablo Grigera Z´L, por su aporte a la investigación histórica de los inmigrantes judíos. Por Graciela Rotman y Martha Wolff

A fines del mes de octubre falleció el Arquitecto Pablo Grigera
A fines del mes de octubre falleció el Arquitecto Pablo Grigera

A fines del mes de octubre falleció el Arquitecto Pablo Grigera, quien durante muchos años a través de sus investigaciones, fue defensor de la preservación del Patrimonio Histórico, de la inmigración de los colonos llegados en el Vapor Pampa y del Hotel en Mar del Sud donde se alojaron. Su socia y amiga Graciela Rotman y Martha Wolff escribieron este homenaje para Vis á Vis. 

Pablo Grigera, fue mi amigo, compañero y socio en el estudio de investigación sobre los pasajeros del vapor Pampa hasta su radicación en las colonias judías agrícolas de Entre Ríos.

Es difícil retomar la tarea sin el apoyo de su pensamiento lúcido y el entusiasmo que le imprimió al proyecto. ¡Cuánto se te extraña querido amigo!

¿Y qué decir de él que no se haya dicho?

El artículo, Alguien tiene coronita del Rabino Marcelo Polakoff que la familia Gitlin “pampista” enviara a su esposa Silvina, podría describir el buen nombre que Pablo supo construir en su vida.

En el Pirkei Avot encontramos una bellísima enseñanza del Rabi Shimon que dice: “Hay tres coronas, la primera corona es la de la Torá que se relacionada con el conocimiento; la autoridad que destilan aquellas personas que saben. La segunda corona es la del sacerdocio vinculada a lo religioso; la autoridad que emanan quienes tienen a su cargo la conducción del culto. La tercera corona es de la realeza; autoridad que de algún modo competía con la divina. Pero al margen de estas tres coronas, el RabÍ Shimon nos susurra una cuarta, la Corona del Buen Nombre; la autoridad de dejar un Buen Nombre es coronarse de trascendencia gracias al respeto de los prójimos”.

Las últimas palabras del sabio, representan lo que Pablo se ocupó de construir en la vida. Son su herencia y su trascendencia.

¡Bendita sea tu memoria, querido amigo Pablo!

Graciela Rotman

El famoso arquitecto Amancio Williams vivió casi siempre en el palacio que perteneció a su padre, el compositor Alberto Williams, donde trabajaba en un hermoso lugar en el jardín. Y esa casona tiene que ver con mi vida.

Allá, por 1972 mi esposo, el arquitecto Guillermo Wolff, buscaba un terreno en el barrio de Belgrano en la que los palacetes se estaban vendiendo por el auge de la construcción de edificios de departamentos. Por un aviso, se interesó y fue a verlo. Era una fracción de la mansión de Amancio Williams en venta. La operación se concretó y fuimos vecinos por el edificio que luego construyó en el que nos mudamos.

Yo solía visitar su estudio- taller cuando acompañaba a mi esposo. Era una especie de gazebo con vitraux con su escritorio, su mesa de diseño y las paredes tapizadas de planos de sus obras, proyectos y arte auténtico del Bauhaus.

Por dos décadas disfruté desde mi ventanal ese edificio, jardín y esculturas de un Buenos Aires de época, en un barrio que fue cambiando con el progreso. Pasaron los años en armonía y tranquilidad hasta que una mañana me despertaron unos golpes que parecían masazos. Los Williams habían vendido su residencia, estaban empezando a demolerla, a pesar de haber sido Patrimonio de la Ciudad.

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Pero volví a esa casa con el recuerdo cuando estaba investigando sobre los 818 exilados judíos que escaparon de las persecuciones que habían llegado con el vapor Pampa en 1891 para ir vivir como colonos a Entre Ríos traídos por la Jewish Association Colonization , dato que me había dado la investigadora Graciela Rotman. Al no tener las tierras que les habían prometido los destinaron temporalmente a Mar del Sud. Los alojaron en un hotel que se llamaba Boulevard Atlántico. Busqué información por internet y encontré la Asociación Amigos de esa localidad. Les escribí y me respondió una mujer, Gloria Williams de Padilla, quien me contactó con el arquitecto Pablo Grigera. Él era el experto en el tema tanto edilicio como histórico de lo que fue, de lo que quedó abandonado y saqueado. Se había construido en 1890 pero recién en 1914 se inauguró como hotel con 100 habitaciones de lo que queda solo una estructura derruida. Eso fue lo que vi y aprendí cuando visité Mar del Sur.

Cuando aquella mujer me conectó con el arquitecto Pablo Grigera, experto en ese tema, me invitó a que la visitara cuando fuera por allí. Así fue. La llamé, me recibió en su chalet y en un rincón vi que había una mujer anciana en un sillón. Dijo que era su longeva madre, hija del escritor Manuel Gálvez y esposa del arquitecto Amancio Williams, su padre. Fue con esos datos que me reencontré con mi ex vecina y su hija. Hablamos y nos memorizamos a través del tiempo. Fue un volver a vivir por el mágico armado de tres piezas que se fueron hilando: la arquitectura, Amancio Williams, mi esposo y Pablo Grigera, un no judío que se dedicó sin tregua a rehacer la historia del hotel y de los pampistas; y la de mi vecinazgo que volvió a unirnos por el periodismo judío.

Martha Wolff- Periodista- Escritora

 

 

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