Celebrar 5782 es celebrar la continuidad. Por Martha Wolff

Martha Wolff
Martha Wolff

Cuando llega el año nuevo judío afloran los recuerdos de las celebraciones pasadas desde la infancia como una película.

Los seres queridos que ya no están nos custodian para acompañarnos. Los sabores se paladean de solo pensar en la comida que preparaban nuestras bobes, madres y parientas. Los aromas que perfumaban nuestros hogares se vuelven a oler por su fragancia inolvidable. Las mesas luciendo las pobres riquezas traídas cuando emigraron nuestros antepasados. Los manteles bordados en los encierros invernarles en sus lugares natales y lo que se pudo traer de toda una vida en una maleta. Y entre los valores heredados o rescatados estuvieron los de festejar acontecimientos como los libros de rezos, el vaso para el kidush, los candelabros, el thales y el continuar con las tradiciones siempre. Ese siempre que se fue sumando a la pertenencia como el aire que se respira y la sangre que bulle en nuestros corazones.

Golda Meir contaba que su abuela tomaba el té con sal para recordar el saber amargo de la diáspora cuando emigraron y le quedó grabada la escena de ella con vaso de vidrio con la guarda griega y el samovar como símbolos de lo que fue su vida en Bielorrusia, a pesar de las persecuciones y los pogroms. Y en todas las mesas judías ante Rosh Hashaná hay un pasado y un presente en las que manos invisibles nos ayudan hacer la ceremonia como soldados del judaísmo para seguir siendo judíos.

La historia ha rescatado y destacado que en los momentos más crueles los judíos nunca dejaron de celebrar aunque sea con una migaja, un resto de vela, una plegaria en soledad o en compañía fuera donde fuese. En Yad Vashem hay fotos que atestiguan la responsabilidad histórica y el desafío de festejar en secreto solos o con su entorno cuando estaban condenados por ser judíos a estar en los campos de concentración y exterminio.

La memoria judía no renunció a dejar de ser judía a pesar del odio padecido, por el contrario a pesar de las penas que les infligieron a los judíos hasta querer borrarlos de la faz de la tierra, demostraron que por cada uno que enciende una vela representa a cien que olvidan hacerlo. Y es un misterio y privilegio que ronda alrededor de nuestro pueblo, esté donde esté, que mantiene viva la llama de sus rituales y su espíritu.

Desde 1948 con la creación del Estado de Israel todos los judíos están de fiesta cuando llega Iamim Noraim, y seguro que desde las naves espaciales deben captar, en uno punto del globo terráqueo, que lo que parece una gran luz titilante como un incendio, son las velas de Rosh Hashaná que se han prendido en el único país judío del mundo. Cuando es Iom Kipur en ese punto del Universo y el resto de la Tierra hay rezos y destellos que invaden el cosmos que son los judíos del mundo que también celebran.

¡Qué bendición ser parte de un pueblo milenario ante una sociedad que hace un culto del presente, olvida su pasado y el futuro es algo incierto mientras nosotros recordamos la creación del primer hombre!

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