Rosh Hashaná: volviendo a lo elemental. Por Rabino Daniel Goldman

Rab Daniel Goldman
Rab Daniel Goldman

Con la aparición de las primeras estrellas del lunes 6 de septiembre, comenzará el nuevo año judío.

Hace 5782 años, según nuestra tradición, Dios con su palabra creó el mundo. La cantidad de tiempo se vincula al cálculo numérico que hicieron los rabinos del siglo II, a través de la simbólica suma de generaciones que se retrotraen a Adán y Eva desde el jardín del Edén.

En este sentido, nuestra tradición no intenta recuperar verdades científicas, sino realidades valorativas. Ello, en definitiva, nos conduce a la esencia de esta conmemoración, que se relaciona con la confirmación de las preguntas raigales de la condición de nuestro ser: ¿Cuál es nuestro lugar como humanos dentro del esquema de la creación divina? O sea, el dilema no se arraiga en el interrogante «¿hace cuánto que estamos?» sino «¿para qué estamos aquí? ¿Cuáles son los valores que rigen la vida para la cual fuimos creados? ¿Somos consecuentes con esos valores?»

A partir de allí, Rosh Hashaná atesora una doble característica. Por un lado, la alegría de poder festejar con vida un renovado ciclo, y a su vez, el profundo reconocimiento que en estas jornadas somos estimados por aquello a lo que consideramos el Poder Sublime, dando cuenta de nuestros hechos, corrigiendo los que fueron errados y solicitando misericordia a quienes hemos dañado con nuestras acciones.

Hay una cantidad de símbolos en esta conmemoración que nos ayudan de una manera didáctica a comprender el profundo valor del festejo.

El primero de ellos es el Shofar. Registrado en la Biblia, este instrumento antiguo se utilizaba como aviso para congregar al pueblo. Es un cuerno de carnero cuyo sonido intenso y desgarrador conmueve a todo aquel que se aproxima para escucharlo. Con su resonancia nos convoca a un despertar del alma del letargo y el egoísmo.

El segundo es el Majzor, el libro de oraciones que se utiliza durante esta época del año. Contiene una cantidad encantadora de plegarias y otras creaciones literarias que nos impulsan a comprender nuestra condición humana. Las palabras de este libro-guía funciona como un espejo que no es difuso ni deforma nuestra imagen, sino que nos permite descubrir cuáles son nuestras deshonras. Y paralelamente es una brújula que marca la senda de la humildad que debemos dar con pasos firmes y esclarecedores, para poder recuperar los sueños e ideales que se van deteriorando con el correr del tiempo. El lenguaje del texto nos embarga a un espíritu de conciencia en la afirmación que nuestras plegarias no son individuales, sino inclusivas a toda una humanidad: “Y es por eso cólmanos de temor reverencial para que nos prosternemos todas tus criaturas”.

El tercer elemento es el pan untado con miel. La miel, descrita en los textos sacros, es el símbolo de la dulzura. Junto a un pan redondo, distintivo de esta época, simboliza la circularidad del mundo y de la existencia, anhelando un tiempo cordial y grato, en el que se repita lo bueno y quede en el camino aquello que no lo fue.

Nos saludamos con el tradicional Shaná Tová, deseo de un buen año, un nuevo momento de vida, lleno de actos y gestos que con amor, dignidad y alegría nos enorgullezcan. Es mi anhelo para todos.

Rabino Daniel Goldman

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